miércoles, 10 de octubre de 2012

LOS REPORTES DE RADIO CISNEROS
 
Desde que lo leí por primera vez, hace 7 u 8 años, siempre he pensado en Antonio Cisneros ante todo como un inmenso cronista. Es un poeta fuera de serie, sin duda, un poeta encantador, de los pocos a los que el escepticismo y las usanzas y combinatorias posmodernas se le dieron de manera tan duraderamente afortunada. Espiritual y mordaz, parabólico y realista, cerebral y cebolla, a ratos eminentemente musical y a ratos, más que prosaico, tabernero, es además un poeta eficaz: desde el punto de vista del montaje, de la cita y la parodia, de la caja de cambios y de la puesta en escena, Cisneros es un maestro de la eficacia; un poeta, en fin, entrañable, quién lo duda, cómico y conmovedor cuando quiere, pero para mí ha sido siempre ante todo un cronista. Y no tanto por su trabajo periodístico, muy apreciable por cierto, ni porque cuente mucha historia en sus poemas, sino porque trabaja con el tiempo (cronos) o más específicamente desde el tiempo, y no tanto, como otros poetas, contra el tiempo: los poemas de Cisneros (“ronco para el canto”) se pueden leer como noticias viejas que por arte de birlibirloque, como quería Pound, no han perdido novedad. Ricardo Piglia me dijo una vez en una entrevista que “César Vallejo escribe en una lengua privada, una especie de castellano futuro (que en el futuro ya no se llamará así) en el que se podrá por fin decir lo que todos hemos tratado inútilmente de decir”. En esa línea, puede decirse que desde una frecuencia del dial muy cercana a ese Vallejo son transmitidos los reportes de Cisneros. Vale la pena escuchar su radio: noticias del futuro en lenguaje del pasado y noticias del pasado en lenguaje del futuro y noticias del presente en los múltiples lenguajes del presente. Es cronista porque da noticias sin renunciar a ser parte él mismo del reporte y es poeta porque se resiste a acatar “el plano regulador del lenguaje” (la expresión es de Marcelo Mellado) y permanentemente lo ensancha o lo repavimenta o abre bifurcaciones insospechadas. En su país, transitó libre y llegó por senderos propios a la gran ruta de Martín Adán y de César Vallejo, de Adolfo Emilio Westphalen, de Jorge Eduardo Eielson, de José Watanabe, pero de todos modos lo pienso –lo veo, y clarito– definitivamente más cerca del Inca Garcilaso de la Vega, de cuyos Comentarios reales no sólo tomó el título de su segundo libro, sino también ese espíritu del que W. R. Prescott predicó esto que en toda ley puede endosársele a Cisneros: “Escribe de todo corazón e ilumina cualquier punto que trata con tal variedad y riqueza de ilustración que deja poco que desear a la curiosidad más importuna”. Cisneros hace relaciones y cuenta historias, propias y del Perú, pero también de afuera, y de otros tiempos, propiciando incluso en ocasiones la curiosa sensación de un presente bíblico; en algunos libros echa a correr la tiza, llamando al pizarrón, en versos cadenciosos o lo mismo en una prosa tijereteada hasta ser verso o en un verso estocado hasta ser prosa, a la casta Susana o a su propia abuela, a la meteorología o a un señor arrepentido.
Cisneros es un poeta de gracia mayor, especialmente agraciado en la visualidad. Si en la obra de Enrique Lihn, con quien su trabajo está tan emparentado (partiendo por la versatilidad), siempre he pensado que podría inventariarse y reflexionarse en torno a la elocuente recurrencia de gallos y gallinas, en la poesía de Cisneros podría hacerse semejante cosa con las ratas. No recuerdo otra poesía con tanta rata. Ratas mojadas cuyo pelaje evoca no sé qué desolaciones, ceniceros llenos de colillas y cenizas dando la impresión de “una rata muerta”, un escritor preocupado de “cómo decirle pelo al pelo / diente al diente / rabo al rabo / y no nombrar la rata”. Hay muchas ratas y muchos dioses y entre medio muchos hombres y mujeres en esta poesía. También abunda en lluvias y en Nescafé y en Antonio Cisneros mismo y su familia. Escribió siempre como quiso. Cronista de sí mismo y del Perú y del pasado y del futuro de sí mismo y del Perú, fue escéptico cuando casi todos creían y se fue haciendo creyente, sin perder ironía, cuando casi todos se iban volviendo escépticos. Pasó sus últimos años reporteando “las inmensas preguntas celestes”. Murió el 6 de octubre a los 69 años. “Qué de perros, Señor, qué oscuridad”.

octubre 2012


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