Raúl
Gómez Jattin, poeta colombiano
“Nos íbamos a culear burras
después del almuerzo / con esas arrecheras eternas de los nueve años”, dice el poema “La gran metafísica es el amor”,
en el que el malogrado colombiano
Raúl Gómez Jattin (1945-1997) contó unas lúbricas aventuras de infancia. Otro, escrito ya
hacia el final de su intensa vida, se llama “Plegaria”: “Dios –escucha a Raúl / Soy un
devorado por el amor / Soy un perseguido
del amor / ¿Amor de ti? no sé / Pero sí sé que es amor / Y siendo amor a ti te
basta”. Entre esos puntos, entre la genitalidad desatada y una fe nada irónica,
entre la supremacía de la naturaleza y los alaridos del hombre acechado, transcurre la
poesía de este colombiano al que, para titulares, se podría presentar como el
Rodrigo Lira colombiano, aunque sería estrecho pues la locura y la veta mundana y caústica de Gómez Jattin –punto en común con Lira– ya le han robado
suficiente prensa a su obra, que en sus picos es brillante y que mejor
convendría presentar como la versátil y tan trágica como alegre poesía de un
autor, acosado por la locura y los vicios, que en sus momentos de iluminación +
serenidad supo componer al menos una decena de poemas que tienen su punto incomparable en Latinoamericana,
una modulación colombiana pero, antes incluso que colombiana, propia,
gomezjattiniana habría que decir: “Acecha a la maldita de tu abuela Me aconsejo
/ Soporta el sol y si es preciso acalámbrate / esperando a que la carcamala
duerma / mientras oye novelones de radio y discute con el malo / Desátale el
fajón de su camisola / y amárrala al mecedor para que ojalá / no se suelte
nunca Es tu día”.