martes, 14 de enero de 2014

Mirando a Miranda

Presentación de Me dijo Miranda
de Federico Galende, de Alquimia Ediciones
GAM, Santiago, noviembre de 2013
UNO
Me sorprendí, hace un tiempo, al enterarme de que Federico Galende publicaría una novela. Una segunda sorpresa fue saber que la iba a sacar en la colección Foja Cero de Alquimia, un sello de prosa y verso que sigo con atención. Y la mayor sorpresa fue cuando, ya por medio de un correo de Guido Arroyo invitándome a presentarla, me enteré de que la novela giraba en torno al golpe de estado, al testimonio de un policía que acompañó a Allende en sus últimos años y, más específicamente, en sus últimos momentos, minutos, casi segundos. Me sorprendí con esto porque, primero, no suelen darse muy a menudo o con muy buenos resultados estas incursiones en el ámbito de la narrativa chilena, donde el trabajo basado en testimonios tiende a ser desdeñado (una buena excepción sería La parrilla de Adolfo Pardo, un buen vecino para Me dijo Miranda) y, segundo, me sorprendí porque esta novela chilena que se atrevía a meterse directamente con el 11 pero sin el imperativo de hacer la Gran Novela de la Dictadura, la escribía un rosarino de nacimiento, lo que pronto comprendí que no es relevante y que, de serlo, está en línea con la serie de desplazamientos que caracterizan a la novela.  
Siempre he admirado los textos testimoniales (desde los de Primo Levi y Boris Pahor hasta los de Hernán Valdés o Nubia Becker) y no considero, como considera por ejemplo Grínor Rojo (en su prólogo a Las malas juntas de José Leandro Urbina), que a priori, necesariamente, digamos, el texto testimonial tenga “limitaciones evidentes, le falte movilidad, su cercanía respecto de los hechos sea excesiva, el rango de su penetración escaso, etcétera”. Pero, como sea, sobre todo aprecio los textos de base testimonial, que no son lo mismo que los testimoniales puros y duros (que efectivamente, salvo excepciones como las mencionadas y varias otras, suelen ser flojos desde el punto de vista literario, pero esto es una cuestión de número, un factual: no se debe tanto a las limitaciones del género en sí como al hecho fortuito, y bastante natural en todo caso, de ser un género relativamente reciente en la historia y, también, al hecho de que la mayoría de quienes han escrito testimonios no han sido escritores, en el simple sentido de no ser sujetos con especial dominio ni del arte de la palabra ni, a veces, de la palabra a secas: de ahí las precariedades, a veces extremas, que caracterizan a buena parte, pero no toda, de los testimonios circulantes.
Como sea, hay ciertos casos para los que prefiero hablar de libros de base testimonial, que son otra cosa, y entre ellos, pienso, se inscribe a su manera este trabajo narrativo de Galende. Por nombrar dos libros claves de esta versátil especie, mencionaría aquí los Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé, que proyectó y comentó los testimonios hiroshimenses en admirable secuencia y prosa, y La eliminación, de Rithy Panh, ese extraordinario e incomparable libro sobre el infierno de los jemerecitos rojos narrado por uno de sus sobrevivientes en base a su propia experiencia, así como a sus reflexiones e investigaciones posteriores, incluida la voz de uno de los represores.
Algo en esa línea es lo que hizo Galende con la voz del policía Juan Miranda, a quien según la misma novela informa entrevistó, o más exactamente con quien durante varios domingos y en largas caminatas y comidas conversó. Cabe aquí recordar que Galende, entre sus labores de profesor y teórico, ha incursionado con muy buen resultado en la faceta de articulador de voces ajenas; estoy pensando en su trabajo en Filtraciones, donde armado de buen oído, generosidad y cierta dosis de paciencia escuchó a tres generaciones ligadas al mundo del arte para dar cuenta de los cruces entre las prácticas artístico-culturales y los distintos ámbitos de lo político en Chile.

DOS
Lo primero que se advierte en la voluntad de Me dijo Miranda es la presencia de parte del espíritu bernhardiano. Invocado o saludado tempranamente en el epígrafe, la decisión de Galende de transitar algunas de las rutas abiertas por el incomparable genio austríaco se traduce en tres o cuatro o cinco cuestiones que son claves en su composición, y que ya Martín Kohan advierte con inteligencia en su epílogo. Primero, el fraseo, sinuoso, reflexivo, zigzagueante, un fraseo carente de puntos aparte como no sean las marcas de separación de capítulos que aportan las imágenes de Gonzalo Díaz. Ahora bien, cuando menciono la deuda que tiene Me dijo Miranda con la prosa de Bernhard, me gustaría indicar que me refiero específicamente al Bernhard de Miguel Sáenz, cuyo solo trabajo como traductor del grueso de la obra del austríaco lo sitúa para mí como uno de los mayores prosistas en español de la actualidad.
Segundo, y quizá lo más importante en cuanto a la filiación bernhardiana de la novela de Galende, es la decisión de éste de narrar indirecta, diferidamente, por rebote, es decir, diciendo lo que dijo alguien de algo, centrando la atención en uno, Miranda, para hablar de él, sí, pero también de otro (“el héroe de esta historia es el héroe de la historia, es decir, Salvador Allende”, dice con razón Kohan). Al ir narrando todo desde una tercera voz que toma nota, comenta y proyecta, se va produciendo un efecto especular (lo que es notorio al leer frases como “decía el colega de Miranda que decía el sereno, dijo Miranda”), y gracias a esa “mediación verbal”, a esas “sucesivas capas de discursos” (al decir de Kohan), se genera un efecto de historia menor, que es la única manera posible, a esta altura, creo yo, de contar una historia mayor, como lo es la del bombardeo a La Moneda y el suicidio de Salvador Allende. Por ello me parece tan ridícula a esta altura del partido la añoranza trasnochada de una Gran Novela del Golpe, entendida como una novela totalizante, final, definitiva, eyaculatoria, una en que coincidiera plenamente lo histórico y su representación, lo cual es además un imposible. Versiones, acercamientos, ingresos como por la puerta lateral de Morandé 80 es lo que la literatura mejor puede ofrecer, en cambio.
Tercero, destaco el impulso de flirtear con la verdad, es decir con lo “realmente sucedido”, pero elaborando una escritura, para decirlo robando las palabras con que María Moreno se refirió a Cristián Alarcón, “tan alejada de la desgrabación como de la cosmética literaria”. Así, parte de lo bernhardiano aquí es, sobre todo y como bien advierte Kohan, la voluntad de tomar una “justa distancia”, pues sólo así se puede dar relieve y densidad a los hechos históricos referidos, sacándolos del lugar común, del relato traumático y de cualquier tipo de monserga. Y dicha distancia se establece, justamente, mediante el uso del foco diferido y de la detención en el fraseo, quitándole urgencia al contenido, demorando los grandes hechos, dándole prevalencia a la palabra antes que a lo palabreado. Y, por último, tiene de bernhardiano el trabajo con la simultaneidad de planos: la imbricación en las frases del presente del narrador conversando con Miranda y el pasado de éste, todo resuelto con destreza en el uso de las frases intercaladas, en una prosa de doble tracción. Un caso ejemplar es cuando, conversando con Miranda acerca de lo levemente desubicado y coloquial que era Allende con sus subalternos, el narrador intercala lo que al respecto le va diciendo Miranda con el detalle de los efectos corporales que en cada uno de ellos va surtiendo la sopa de ajo, no muy sofisticada, que se están tomando mientras hablan.

TRES
En el transcurso de la novela se deja entrever una relación de afecto creciente, o de estimación cuando menos, entre Miranda y el narrador, relación que a veces incluso llega a frisar la identificación, y así, según se lee, “Miranda a veces podía ser yo y podía yo, a veces, ser Miranda”. Pero en cuanto a identificación, lo que más sorprende es la soledad análoga en que Allende y Miranda, tan distintos, terminan, leales cada uno como pocos a su propia causa –causa que no es la misma en uno y otro: la causa de Allende es el socialismo, mientras que la de Miranda es el protocolo, el honor, el cumplimiento del deber adquirido, el ejercicio a toda prueba de la rectitud–. Tiene algo, en este sentido, de cuento moral esta novela, o de reflexión moral más bien porque moraleja no hay pero sí ejemplos, no edificantes, pero sí emocionantes, de honor y de valor.

CUATRO
Un aspecto que personalmente aprecio mucho en Me dijo Miranda es que las caminatas entre el narrador y Miranda, así como los recuerdos de este y en general todos los hechos referidos no transcurran nunca en la indefinición urbana ni en cualquier parte sino que, al contrario, estén siempre muy bien situados, ya sea en los viejos cines de Viña, en las calles de Valparaíso o en barrios viejos de la capital, así como en aeropuertos, calles y ruinas específicas del extranjero, lo que es destacable en la medida en que, siempre, los hechos, así como los tonos de las conversaciones, tienen que ver con los lugares donde ocurren.

CINCO
Cabría enfatizar una cuestión que no faltará quien desdeñe, yo no. Aun con los visos exploratorios (no experimentales) que en cuanto a construcción, punto de vista y lenguaje tiene, Me dijo Miranda no renuncia nunca al viejo arte de entretener, es decir, de mantener la atención intrigada. Esto está dado por la historia que se cuenta, por supuesto, que es muy concerniente para cualquier lector medianamente interesado en nuestro bestial y canallesco pasado reciente, pero sobre todo está dado por el bien administrado sistema de información por goteo que, sobre todo en la primera mitad de la novela, va dando cuenta de asuntos y detalles claves y hasta entonces ignorados por el lector, o bien ofreciendo adelantamientos que surten el efecto de una intriga en quien lee, por ejemplo cuando se deja saber, de la nada, que Miranda terminará maniatado en un galpón. Y otra buena parte de la entretención que Me dijo Miranda procura está dada por la abundancia de muy buenas escenas, cinematográficas las del día 11, aunque yo destaco muy particularmente las que se suceden en la gira intercontinental –uno de los puntos altos de la novela–, que incluye México, Ecuador, la Unión Soviética, EEUU y Cuba –donde Fidel da una lata histórica y luego una fiesta inolvidable, en la que puede verse a Allende mojito en mano bailando de noche en una playa–. Especialmente destaco la escena en que, en Marruecos, Miranda y un colega se pegan –por separado, hay que decirlo– un baño de espuma nada menos que en el baño del Príncipe Hassan. Y sobre todo la divertida paranoia que al día siguiente les baja cuando andan pasados a aromas de tina marroquí y piensan que el Príncipe y su corte descubrirán la fechoría en que incurrieron, lo que les obliga a ventilarse disimulada e inútilmente la camisa.

SEIS
¿Es chilena o argentina esta novela? ¿O: es argentino o chileno el narrador de esta novela? ¿Importa esto? No importa nada, la verdad, pero llama la atención cierto giro muy trasandino que se da en un par de momentos, como cuando se lee que Miranda se vino a vivir a Santiago y sólo tuvo casa propia después de pasar una temporada “en lo de sus suegros”. En “lo de”: siempre quedan en el lenguaje huellas del lugar de donde se proviene, en el caso de este narrador, huellas del habla de Buenos Aires, la ciudad a la que se exilia Miranda y de la que, dice el narrador hacia el final, “yo había partido tiempo atrás para venirme a vivir a Chile”.

SIETE
Es llamativa la recurrencia de información, no diré freak pero sí insólita, que se deja caer cada tanto en estas páginas, como cuando el narrador, que tiende a demorarse en el lenguaje tanto como a dispersarse en asuntos sólo tangencialmente incumbentes (lo que refuerza la distancia con lo narrado), cuenta que una vez leyó un artículo donde se decía que si todos los aviones del mundo aterrizaran en simultáneo, no tendrían dónde estacionar, “de modo que hasta que el mundo acabe deberá haber una determinada cantidad de aviones volando”. Asimismo, no escasean las teorías al paso, por ejemplo esta: “El futuro es algo de lo que también se regresa”, o esta otra, tan sugestiva como dudosa: “Las catástrofes son tristes, pero en ellas son por primera vez felices las cosas, que aprovechan ese instante para liberarse de los espacios que las esclavizaban”.
Y es también un narrador ultra lector el que comanda el relato, un narrador comentador de lecturas que cada tanto se ve aludiendo a una novela, un artículo o una revista de papel couché que leyó y cuyo asunto, en mayor o menor medida, viene al caso, pero que, como sea, siempre recrea. Nada de esto empobrece el relato o lo desintegra negativamente, pues la integridad de esta novela en buena medida está dada por su tendencia a la distracción, a demorar un desenlace de antemano conocido, a transitar las palabras sin apuro, a merodear la tragedia más que a edulcorarla, mistificarla o explotarla.
Añadiría a todo esto el hecho de que se trata de un narrador reflexivo, autoconsciente y en un punto, no excesivo, irónico, lo que se puede advertir, por ejemplo, en los pasajes donde duda o relativiza (no sin razón) algunas de sus observaciones o, más claramente, cuando, narrando el bombardeo a La Moneda, al contar cómo en medio del desastre Miranda pilla un cigarro y lo fuma, el narrador deja constancia de lo trillado que le parece, en parte por culpa del cine, dice, ese tipo de recaída fumadora en la catástrofe, pero, agrega, en honor a la verdad ha de contarlo. Y es que no siempre la historia es original, novedosa o del todo singular en sus detalles.

OCHO
De que la voz de Miranda es representada de una manera alejada de la mera desgrabación da cuenta esta observación que sobre el modo de hablar de Miranda hace el narrador: “Las cosas las definía despejando las palabras, que en su boca titubeaban, haciendo que aquello que iban a describir perdiera la paciencia y asomara por sí mismo”. Pero ese “hablar mal” de Miranda, meramente transcrito a la página, estoy seguro que no funcionaría. Por ello Galende, de hecho, lo que hace en esta novela es narrar, darle un relato como chulamente se dice hoy en política, una cierta linealidad o mejor dicho ilusión de continuidad, a la voz y al pasado de Miranda, un pasado en el que éste habita permanentemente, según anota el narrador. Por esto, quizá, es que Miranda se resiste él mismo a narrar su vida, y lo que hace es soltarle al narrador, en el transcurso de un cierto tiempo que de repente se acaba pues a Miranda literalmente se lo traga la tierra, elementos para una biografía, siendo el narrador quien tiene la tarea de reconstruir, en base a las anotaciones que tomó en su cuaderno, a algunas fotos, al recuerdo de sus conversaciones con Miranda y a una que otra indagación que lleva a cabo con terceros posteriormente, rearmando, no al modo de un restaurador sino al de un planimetrista, el cuadro de una vida, de una peripecia vital mitad trágica, mitad sencilla, cuyo sentido culmina, se diluye, en una escena del crimen por todos conocida: el 11 de septiembre en La Moneda.

NUEVE
No obstante su base testimonial, Me dijo Miranda tiene algo de ficción conjetural, como el inigualable Agosto de Rubem Fonseca, que narra inmejorablemente, desde una perspectiva ni del todo histórica ni del todo ficticia, los últimos días de Getúlio Vargas antes de que, movido por las circunstancias tal como Allende, se pegara un tiro en 1954.
Por la libertad que de toda conjetura emana, este libro de Galende no tiene el latoso deber histórico de la fidedignidad total, no es una miniserie histórica de alguna área dramática televisiva, razón por la cual no hay problema alguno, por ejemplo, con que se hable en un momento de la novela de un micrófono de TVN usado en la UP, siendo que el canal nacional, si no me equivoco, durante esos años era TV Chile, y la N recién se le vino a añadir a TV en la era de Patricio Aylwin, constituyendo otra de esas medidas cosméticas aylwinistas como lo fue pintar de verde en vez de negro los autos de Carabineros para diferenciarse de los años precedentes. Detallitos estatales.

DIEZ
Si, como es fama, al personaje de Proust es el olor de unas magdalenas lo que lo devuelve a la infancia, en el contexto menos idílico en que transcurre la novela de Galende, a Juan Miranda lo reenvía de un paraguazo a su infancia la siguiente magdalenita táctil: durante el bombardeo a La Moneda, para protegerse, se pone boca abajo, pegando la cara al piso, y entonces recuerda cuando, a los cinco o seis años, se tiró boca abajo cerca de la cama de su madre para darle una sorpresa, consiguiendo sólo darle un susto tan grande que lo hizo merecedor de una cachetada.
En materia de memoria, hay magdalenas menos idílicas y olorosas que otras.

11
Una última cuestión a la que me gustaría aludir es algo a lo que también hace mención Kohan en el epílogo, y que yo antes había leído justamente en el demodelor libro de Rithy Panh que mencioné al principio. Se trata de la idea de una “banalidad del bien”, en oposición o complemento a la banalidad del mal desarrollada por Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalem.
La “banalidad del bien” es la fórmula con que Rithy Pahn, sobreviviente al infierno camboyano, se refiere (y homenajea) a su padre, que sin ser crítico, héroe o mártir resistente, simplemente “se encerró en el lenguaje”: comenzó a murmurar, luego dejó de hablar, de comer, y murió. “En nuestras sociedades democráticas –escribe Rithy Pahn– el hombre que cree en la democracia nos parece ordinario. Incluso aburrido. Por ello, en mi despacho tengo ante mí un retrato un poco amarillento de mi padre: que haya una poderosa banalidad del bien. Esa será su victoria”.

No resistir, no luchar no implica necesariamente complicidad ni menos culpabilidad; no cooperar, no sumarse ni ceder al mal, en cambio, sí constituye un acto moral, de baja intensidad pero moral. No todos eventualmente aceptarían manejar o acoplarse, está diciendo en el fondo Pahn y, a su manera, Galende, a esas maquinarias de eliminación humana que son los totalitarismos. No siempre todo el horror se debe a simples cumplidores de órdenes, por un lado, ni su derrota a héroes y mártires, por otro; no siempre el mal ha de ser banal (menos en los niveles de un Duch, de un Eichmann o de un Marcelo Moren Brito), pero tampoco el bien siempre ha de ser heroico, épico o grandilocuente: puede ser sencillo, banal, humano y no sobrehumano, como el bien que representó el padre de Rithy Panh o como el bien –“discreto, fino y sencillo”, para decirlo en palabras de Violeta– que también representó Juan Miranda, y del que tan buena cuenta da esta primera novela de Federico Galende, que nos deja pensativos mirando las palabras, mirando la historia, mirando la ciudad y mirando a Miranda.





lunes, 6 de enero de 2014

Karl Kraus,
LA ELOCUENCIA DE UN DETECTOR DE MIERDAS

Karl Kraus fue una bestia de letras, un hombre clave en la cultura austríaca a principios del siglo XX, principalmente por la revista satírica que dirigió durante 37 años, de los cuales buena parte fue no sólo su editor, financista y distribuidor, sino también su único redactor. En dicha revista –que gustó, divirtió y hasta influenció a Elias Canetti y Thomas Bernhard, para decirlo todo de una vez en materia de relevancia–, así como en su desbordado libro Los últimos días de la humanidad, Kraus se dedicó, con ingenio, ironía demoledora la mayoría de las veces y una lucidez furiosa cuando no quedaba otra, a acusar la idiotez, la prepotencia y la vulgaridad que campeaban el viejo mundo, develando hipocresías, falsas moralidades y, en general, cualquier tipo de estafa, particularmente las que se hacían mediante usos malévolos del lenguaje. Por esto último es que buena parte de sus dardos van dirigidos hacia los poderosos y, más específicamente, hacia la prensa, hacia los periódicos de ese entonces, tan sesgados en su presunta objetividad como algunos de hoy día: “Tengo la publicación de anuncios sexuales por la más meritoria de todas las tendencias propias de la prensa liberal”, dice criticando a diarios que, mientras llevan avisos de este tipo en sus páginas, condenan en sus editoriales el ejercicio del comercio sexual. En esta misma línea, Kraus repasa la contranatural dualidad con que en Occidente se viven la sensualidad y la moralidad, despachando el asunto con elocuencia nietzscheana: “Acaban de cumplirse 1908 años desde que empezó ese celoso combate entre dos principios vitales, en que la indignación se nutre del deseo y el deseo de la indignación, en el que el mundo se vuelve cuanto más indecente más moral y cuanto más moral más indecente”. Y es que Karl Kraus, como dice Adriana Valdés de Enrique Lihn, parecía tener en su cerebro un detector de mierda. Y a las mierdas no solamente las detectaba sino que también las denunciaba a los gritos, con humor, malicia y versatilidad, dirigiéndose a los cuatro vientos, soplaran estos para donde soplaran.
Ahora se ha publicado el libro La Antorcha (Acantilado, 2011, 560 páginas), una selección de sus artículos en Die Fackel. Siendo el espíritu de la época lo que a Kraus apasionó y obsesionó, es natural que sean asuntos de este misceláneo libro desde Rosa Luxemburgo hasta la publicidad de preservativos, pasando por la guerra, la burguesía, Hugo von Hofmannsthal, los alcances de un terremoto (“La estupidez es un desastre natural con el que un terremoto no puede rivalizar”), ciertos procesos judiciales y la dudosa labor fiscalizadora que ejerce la policía con ciertas prostitutas, cuya mecánica perversa (“El método de tener el castigo de un delito por más fructífero que su evitación”) puede tener resonancias coyunturales para el lector chileno.
También, entre largos ensayos y aforismos, entre reseñas de libros y noticias comentadas, Kraus se adentra en los terrenos de la especulación histórico-cultural, llegando a sostener, en base a un escrito que le pilló, que Leonardo Da Vinci sería el inventor del submarino.
Ilustrativo de la ironía y la libertad con que pensaba y se expresaba Kraus es un breve intercambio epistolar incluido en este libro (que, al igual que Los últimos días de la humanidad, fue traducido por Adán Kovacsics, un admirable obseso de Kraus). El intercambio, elocuentemente titulado "Efectos y consecuencias de la Revolución rusa sobre la literatura universal", consta de la carta que le manda un agente cultural soviético y la respuesta que le da, sin dejarse esperar, Kraus. Aquí van:


Berlín, 14 de Septiembre de 1924
Muy distinguido señor Kraus:
Por encargo de la redacción del semanario moscovita Krassnaia Niva, la revista literaria de mayor difusión, dirigida por Lunacharski (comisario de instrucción) y Steklov (redactor del periódico Isvestia), nos dirigimos a usted por el siguiente asunto.
Para celebrar el aniversario de la revolución de Octubre, Krassnaia Niva ha emprendido una encuesta entre las personalidades más destacadas en el campo del arte y de la literatura, con el fin de determinar por esta vía cuáles son los logros de la revolución de octubre rusa de 1917 para la literatura universal.  La pregunta es la siguiente:
¿De qué tipo son a su juicio los efectos y consecuencias de la revolución rusa de 1917 para la cultura mundial?
Nos permitimos pedirle cortésmente que participe en la encuesta y que envíe su estimada respuesta – entre diez y veinte líneas–, en la medida de lo posible con fotografía y autógrafo, a nuestras oficinas hasta el 10 de octubre a más tardar.
Agradeciendo cordialmente de antemano su respuesta y confiando en contar muy pronto con ella, le saluda,
Su seguro servidor
representante de Isvestia y Krassnaia Niva,
J. Gakin


Viena, 4 de Octubre de 1924
Muy distinguido señor Gakin:
Los efectos y consecuencias de la revolución rusa de 1917 para la cultura mundial consisten a mi juicio en que los representantes más destacados en el campo del arte y de la literatura son invitados por los representantes de la Revolución rusa a comunicar entre diez y veinte líneas, en la medida de lo posible con su fotografía y autógrafo, o sea, totalmente en el espíritu del periodismo prerrevolucioanrio, su opinión respecto a los efectos y consecuencias de la revolución rusa de 1917 para la literatura universal, lo cual, en efecto, se puede realizar a veces en las entre diez y veinte líneas prescritas.
Muy atentamente,
Su seguro servidor,

Karl Kraus

viernes, 27 de diciembre de 2013

Las telarañas de Enrique Lihn
Parece significativo que al comienzo y al final de este 2013, en que se cumplieron 25 años de su muerte, se hayan reeditado dos libros que Enrique Lihn publicó a mediados de los años setenta, siendo de lo primero que sacó tras el Golpe. Mientras a principios de año Ediciones UDP dio ya un octavo paso en su invaluable recuperación de la poesía de Lihn al reeditar París, situación irregular (de 1977), ahora Hueders acaba de publicar por primera vez en Chile, después de una extraviada y única edición argentina, la segunda de las tres novelas de Lihn, La Orquesta de Cristal (de 1976), integrando de paso al autor a uno de los catálogos narrativos más atractivos del país. París, situación irregular y La Orquesta de Cristal pueden leerse como un díptico, dos “monstruos perfectos hechos de nada”, que es como Lihn mismo se refiere en un poema a los terribles muñecos de Marta Kuhn-Weber.

FINAS TELARAÑAS
“Todas estas historias que ellos escriben en nombre de la revolución del lenguaje / libros de no menos de mil páginas / no perderían nada si se las contaran por teléfono”, escribe Lihn, con fina insidia, en “Boom”, al principio de “París, situación irregular”. Es claro que alude al trabajo de las tres o cuatro estrellas del boom latinoamericano –según Edgardo Dobry, directamente a Cortázar–. El poema es de mediados de los años 70, es decir, cuando el boom brillaba con justicia pero opacando injustamente otras obras, como las de Julio Ramón Ribeyro, Severo Sarduy, Jorge Eduardo Eielson o el mismo Lihn.
“Solo lo difícil es estimulante”, escribió el grande y grandioso José Lezama Lima, y Lihn con sus novelas parece haber extremado la fórmula, especialmente con La Orquesta de Cristal, para cuya lectura podría uno aferrarse a la premisa de que “sólo lo casi imposible es estimulante”. La lectura es ardua, casi imposible, pero esto es compensado largamente por una serie de encantos que blindan a la novela de sus propios excesos y desvaríos. O mejor dicho es justamente por sus excesos y desvaríos, por sus no medias tintas, que La Orquesta de Cristal aún incumbe y deleita.
Por cierto, se trata de una novela que –orgullosamente– lo perdería todo si se la contara por teléfono. Toda la gracia está en cómo Lihn & Pompier logran orquestar una novela tras cuyos cristales se deja ver, remarcada, la nada, y cómo generan y alternan mecanismos de distanciamiento y cercanía, de conciencia crítica y delirio verbal. La novela consta de 80 páginas con las crónicas imposibles de unos cronistas también imposibles sobre un asunto indefinible –una orquesta que no se oye–, complementadas por otras 70 páginas de notas que constituyen lo que se dice un relato especular, disparando los sentidos hasta la perdición en el abismo. Ejemplar al respecto resulta la hilarante nota número 34, donde el personaje Roberto Albornoz dice en una carta haber leído el libro en cuestión y se queja por ciertas infidencias con que se topa ahí, detallando de paso un encuentro con “los señores Enrique Marín y Germán Lihn”, tal cual.
“¡No vendas en los ojos, sino finas telarañas”, se lee al principio de la novela, y puede pensarse que eso es justamente lo que Lihn se propuso hacer con la mirada del lector. La diferencia es que la venda no permite ver –ya sabemos quiénes, cómo y para qué usaban vendas en esos tiempos–, mientras que la telaraña desdibuja pero no tapa, y así el que se lo propone podrá ver, entre los tejidos y tras las intrincadas orquestaciones, bastantes cosas, por lo pronto la extrema ridiculez de ciertas discursividades en boga por entonces –religiosas, económicas, literarias, políticas–, lo opaca y sofocante que a veces se vuelve la realidad y lo estimulante que lo difícil puede volverse cuando el lenguaje resuena y crepita y molesta más allá de cualquier sentido evidente.
La Orquesta de Cristal y su estilo “vaporoso”, verboso, demencial, tiene hoy la oportunidad de encontrar nuevos lectores. Hasta ahora era más bien un libro fantasma –otro más– de Lihn, una novela que, en todo caso, ostenta un banquillo de lectores ilustres, entre los que se cuentan Héctor Libertella –que celebró en ella la presencia de “teorías y fábulas desorbitadas alrededor de lo que no parece sino un fantasma”–, Rodrigo Lira –que, como el mismo Lihn contó tiempo después, intervino la novela, llenándola de observaciones, rayas e irreverencias– y ahora Roberto Merino, que en el prólogo a esta nueva edición la pondera certeramente, aludiendo al carácter paródico de la novela, a cómo Lihn construyó “un mundo con puros remanentes verbales del afrancesamiento hispanoamericano finisecular”, y situándola en una línea de obras que va del Bouvard y Pécuchet de Flaubert a la narrativa de Marcelo Mellado.
La Orquesta de Cristal podrá resultar vertiginosa, pero en tal caso incluye su propia bolsa de mareo, pues Lihn es un autor extremadamente autoconsciente, y para matizar el desconcierto del lector a cada rato deja caer herramientas para una posible comprensión del propio texto.

POR LAS BOLAS
París, situación irregular es, quizá, uno de los libros más versátiles de Lihn, que con tal de sacar la voz va de la prosa, los énfasis gráficos y el verso libre a los endecasílabos de los 31 sonetos incluidos, algunos preciosos y otros pronunciados por un energúmeno que bien puede hoy parecer a ratos una emulación rabelesiana del Presidente de la República: “Quiero en todo ganar el mil por ciento / y pasármelo todo por las bolas”.
Prologado originalmente por Carmen Foxley –cuyo texto esta edición mantiene–, lo es ahora por el argentino Edgardo Dobry, que escudriña y aclara varios aspectos claves, especialmente el de la versatilidad lihneana: “Lihn usa el verso libre como una forma menos artística no sólo que el verso clásico sino también que la prosa… y por lo tanto tiene una casi infinita capacidad de pregnancia”. El libro abre con un largo poema-diario abundante en desbordes y comparaciones brillantes, en notas al paso de un visitante incómodo, en escenas inolvidables y autoblindajes elocuentes (“la mera claridad es el sueño de los mediocres”), dejando al final, al certero decir de Carmen Foxley, “la sensación de haber deambulado por un lugar asfixiante”.
Antes y después de los sonetos, como cercándolos, Lihn incluyó dos poemas que podríamos llamar convencionales en el contexto de su producción poética –es decir, muy lihneanos–, y sobresalientes: “Marta Kuhn-Weber” y “Brisa marina”, portador de varias de esas típicas imágenes hiper específicas suyas: “El odio sin objeto puede tener esta cara / la de un jubilado absorbido en los trabajos de la jardinería / a la sombra de su esposa en una casa vacía”.
Por si fuera poco, el sello Das Kapital acaba de inaugurar una colección gráfica con un gran doblete: El Paseo Ahumada en versión gráfica de Liván y una edición ilustrada con mano fina por Jorge Quien de los tres monólogos de Lihn sobre la vida y la muerte. No se puede, pues, cerrar el año sin constatar cómo Lihn se consolida cada día más como uno de los muertos más vivos de la literatura chilena, como un fantasma ejemplar.
                                               
                                  



jueves, 12 de diciembre de 2013


            Los trabajos y los días de 
                                           Elvira Hernández
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No faltan los agoreros que consideran que la poesía chilena está de capa caída, “eclipsada” al decir de Ignacio Valente; desdiciéndolos, cada tanto aparecen libros muy buenos, algunos extraordinarios, por ejemplo uno que pasó bastante colado: Cuaderno de deportes (2010), de Elvira Hernández, 66 poemas de canto ronco donde lo olímpico es el pie para reflexiones e imágenes que aguan incluso la llamada fiesta de la democracia (“Cada cuatro años / el team completo candidateado / nos horada los ojos / con olímpico desprecio”). 
Ahora apareció Actas urbe, un volumen que recoge los “textos idos” de Hernández, esto es, buena parte de los libros y poemas sueltos que publicó durante años en revistas dispersas, en ediciones limitadas o en otros países, por lo que en su mayoría apenas fueron conocidos en Chile. Editado y prologado por Guido Arroyo –que apunta con razón que esta es una poesía que “ha evitado reproducir itinerarios programáticos”–, Actas urbe recoge ocho conjuntos escritos desde fines de los 70 hasta este año, siendo el primero ¡Arre! Halley ¡Arre!, ese suspicaz y cáustico libro de 1986 que es a la venida del cometa un poco lo que La aparición de la Virgen de Enrique Lihn es a los avistamientos de la Virgen en Villa Alemana: un enfrentamiento en el ámbito de las palabras tendiente, en parte, a desmantelar la precaria estructura retórica de esos montajes ruines, terminando de escamotearles así el sentido que éstos nunca lograron del todo proyectar. Luego vienen, entre otros, Meditaciones físicas por un hombre que se fue (1987), Carta de viaje (1989) y un inédito, Bestiario, escrito entre 1978 y 1991 y donde se lee: “Las imágenes del cerebro proporcionan los peores espejos: / Una autohipnosis un autofilm de la propia cautividad”. Además, en un apéndice, se incluye un lote de poemas sueltos, unos pedazos de entrevistas, una autoentrevista –ese género dudoso que acá funciona pues la autora sabe esquivar los acomodamientos para, con humor, definir ciertas posiciones mínimas en materia literaria– y su definitoria “Arte poética”: “…no se puede pensar, ante un vínculo tan íntimo, que el aprendizaje de técnicas poéticas pueda encaminarnos a tocar fondo, fibra humana, sentido, sinsentido”.

HILO ROJO
Un verso de Rosamel del Valle puede usarse para pensar en lo que los poemas reunidos en esta compilación revelan: un “secreto espectáculo de cambios y transfiguraciones”.
Cambios y transfiguraciones de un lenguaje, de una voz, infrecuentes transmisiones de una frecuencia modulada personalísimamente. Lo que da unidad a esta obra no es el número de repeticiones o continuidades que la conforman ni los ecos internos sino la personal y escurridiza modulación que subyace a cada nuevo modo implementado, lo que es visible incluso en el soneto del Gato acrupido.
Las distintas sintaxis, tonos y modos de versificar, de torcer la escritura y el acento que conviven al interior de Actas urbe refrendan los versos de Luis Cernuda: “Hablan en el poeta voces varias: / Escuchemos su coro concertado, / Adonde la creída dominante / Es tan sólo una voz entre las otras”. Ahora bien, quizá el de Hernández sea más bien un coro des-concertado, un concierto en el que resuena lo incierto, las notas estridentes, y donde lo viejo es siempre reconsiderado. Por supuesto, la mera convivencia de voces y formas distintas no es en sí misma un valor; sí lo es que todas ellas, o una buena parte, resulten novedosas, atractivas y que aun en su ostensible diferencia mantengan eso que la leyenda japonesa llama el “hilo rojo”, es decir, un vínculo irrompible aunque impalpable, una secreta médula.
“Lírica irritada” dijo sobre esta poesía Jorge Guzmán cuando presentó hace ya dos décadas Santiago Waria. Es una definición que resiste el paso del tiempo y los matices que sea pues le achunta al entrecejo de esta poesía. “Música pesada”, dice Guido Arroyo hoy. En un poema el peruano Antonio Cisneros se definía a sí mismo como “ronco para el canto”.
Ronquera, irritación, pesadez, también concernimiento y un humor seco: describiendo aspectos así se podría perfilar esta escritura.

UNA CUCHILLADA
Publicado únicamente en 1991 en Colombia –a Chile sólo llegaron tres ejemplares–, El orden de los días es un libro de fraseos resonantes, con haches como hachas (“ni flecha sagita / ni flecha mapuche / ni flecha huilliche”), y en cuyas páginas sucede algo análogo a lo que el segundo verso del libro mismo describe: “una luz cruza como una cuchillada”. Es una luz filuda la que refractan estas páginas, quemante a veces, otras fría, y lo que se ilumina principalmente es el tiempo: sus repliegues, su condición ilusoria (“la tarde del día viaja oculta en un barretín”) y a la vez fatal, sus efectos destructivos, sus estiramientos, su dilapidación; en fin, se “subterranéan” estos poemas en “la burla del tiempo” (como traduce Parra un verso de Hamlet), y en la página quedan “los días saltando como chispas de un brasero”.
En este catálogo de trabajos y días, llama la atención, ya desde los títulos, cómo el orden de los días es, más bien, una apariencia: “giran los días golpeándose unos a otros / en la tómbola de los días”. Resulta central la carnalidad de las formas que toma el tiempo en estos poemas, donde los días y las noches literalmente se humanizan una y otra vez: “los días se paran en sus aterradas patas raquíticas / empiezan a caminar por la aterida historia”.
Ahora, que sea el tiempo el asunto central no implica en lo absoluto que El orden de los días navegue en aguas abstractas, alejado de la historia o de la comunidad. En los modos y en los asuntos de la poesía de Elvira Hernández (“hija de su tiempo, su imperativo es alejarse de su época”), es permanente la tensión entre el ensimismamiento de la palabra y su concernimiento respecto al mundo circundante; por ello siempre hay espacio para todos y eventualmente para todo, para tanteos en lo incierto y también para sagacidades de alcances contingentes: “Un 75% de la población confunde capitalismo de estado con socialismo”.
En El orden de los días está desde la violencia de un secuestro al estilo CNI (mientras hay un carabinero bostezando en la esquina) hasta bichos y animales invadiendo las páginas. Hay varias muertes trágicas, incluso alguien feliz y, también, esqueletos de novela o cuadros de costumbre en miniatura: “alguien se lava la cara las manos / cepíllase se baña se perfuma se pule / rasúrase también / la familia cree que es un hombre limpio”. Elvira Hernández es una de las voces vivas más vivas de la poesía chilena. Su poesía inteligente parece no tener centro, pero quizá lo tenga (parafraseando a Germán Carrasco) en su capacidad de siempre bailar sin rigidez pasos nuevos.


ACTAS URBE
Elvira Hernández
Alquimia Ediciones
2013, 241 páginas 

martes, 3 de diciembre de 2013

SENSUALES Y MORTALES LÍNEAS CUBANAS
(a 20 años de la muerte de Severo Sarduy)
“Una oscura pradera me convida”. Cada tanto, como un tic nervioso que vuelve, se me queda pegado este verso de José Lezama Lima. Además del primer verso, es el título mismo de un famoso poema suyo, relativo a la muerte. Lezama Lima dejó una grabación en audio de ese poema. “Una oscura pradera me convida”, dice, y es como si al leer arrastrara ciertas letras, o como si acentuara vocales incorrectas, pero no acierto a precisar cuáles: simplemente me veo repitiendo, en voz baja y a veces también en voz alta, ese verso con tono cubano, con ese algo demoroso y a la vez tan acentuado que tiene la pronunciación, el modo cubano de hablar. Cuesta creer que la poesía de Lezama Lima circule tan malamente por estos lados (si no me equivoco, lo último que se pilla con relativa facilidad en materia de poesía suya es El reino de la imagen, la antología que Julio Ortega hiciera para la Biblioteca Ayacucho; el resto son ediciones descontinuadas o cubanas que no llegan, y hay una de Cátedra, magnífico sello español cuyos prólogos para autores latinoamericanos, eso sí, suelen ser entre larguísimos y alargados). De todos modos, en internet hay una buena cantidad de poemas suyos, por ejemplo en esa muy valiosa bodega de poesía y traducciones hispanoamericanas que es www.amediavoz.com.
Volviendo a Lezama, no hay videos suyos dando vueltas; apenas uno pero es un antiquísimo negativo rescatado, sin audio, en el que aparece fugazmente junto a otros escritores. Lo que sí hay en youtube es un falso video, una simulación, muy gráfica de su mala llegada: se trata del mero acople de un audio (la grabación realmente hecha por él leyendo “Una oscura pradera me convida”), con la imagen de una foto (que también es realmente él), todo unido por una animación charcha que simula un movimiento en la boca mientras se oye el poema; mirar los dos minutos que dura esa animación ordinaria tiene un efecto de gran ridiculez, probablemente por la aberración “del no ser” mal maquillado de vida.
El punto es que si circula apenas por acá la poesía de Lezama, verdadero clásico de la literatura cubana (“Su escritura marcará nuevos rumbos en nuestra maraquísima literatura latinoamericana”, escribió Marcelo Mellado), del resto de la producción poética isleña sólo cabe esperar que llegue a Chile vía goteos o milagros. Una lástima pues sin duda entre las líneas poéticas fuertes del continente sobresale la cubana (desde Silvestre de Balboa hasta Cintio Vitier). La lírica cubana es sensual y en su(s) seno(s) se renovó como en parte alguna la tradición barroca de la poesía escrita en castellano; es también muy sonora (el colmo de esto sería Nicolás Guillén y sus songoro consongos), y diversa, yo diría que en sus mejores momentos más tenebrosa que soleada, más neblinosa que despejada, como una oscura pradera que convida. Así, al meterse en la poesía cubana, el lector, como el huésped en un poema de Vitier, “traspasa la raya del umbral / [y] tiene que obedecer las imprevistas leyes / del anfitrión oscuro”.
Mostrando collage2.jpgQuizás, el paulatino derrumbe del régimen castrista y el Premio Pablo Neruda que este año el gobierno de Chile otorgó al cubano José Kozer, un prolífico poeta sin especial brillo, sirvan para reponer en circulación la poesía isleña en esta otra isla llamada Chile, quizás. Sería muy bueno poder conocer y tasar bien la poesía reciente de la isla o ni qué decir, por ejemplo, la obra de ese hombre que fue el primer ganador del premio Lezama Lima (que se entrega en Cuba y del cual sólo se oye por acá cuando lo gana un chileno: Zurita en 2006, Hahn en 2008, o cuando lo gana un vecino extremadamente excepcional, como José Watanabe o Idea Vilariño): me refiero a Raúl Hernández Novás, del que apenas sabemos que en 1993 se pegó un tiro y que escribió versos como estos: “Quien seré sino el tonto que en la agria colina / miraba el sol poniente como viejo achacoso, / miraba el sol muriente como un rey destronado, / el tonto que miraba girar el mundo, / guardando en su rostro las huellas de la noche”.  

UN MONO COJO
Pienso en estas cubanidades y en estas precariedades de la circulación editorial a propósito de una excepción notable. El arribo de la reciente reedición de buena parte de la obra de Severo Sarduy, a 20 años de su muerte. Me refiero a los tres tomos de sus Obras, publicados por el Fondo de Cultura Económica. La obra de Sarduy podría definirse como una oscura pradera que convida. Oscura, sin duda, a ratos quizá demasiado, pero que convida, es decir, que algo encierra (o algo abre, más bien), lo que hace que en vez de producir rechazo o suspicacia (aunque a varios, como a Mario Vargas Llosa, se las produzca) genere ansiedad, curiosidad, el efecto de quedarse pegado en ella, en una palabra, en una frase, en una patinada incluso, como enmarañado en su encanto, mucho más festivo de lo que se pudiera a creer.
La obra de Sarduy se inscribe plena, orgullosamente en el infinito ámbito que abre la muy provocadora (y ciertamente discutible) premisa de su maestro Lezama Lima: “Sólo lo difícil es estimulante”. De hecho, en alguna parte de la novela De donde son los cantantes, atrapante en su descomedida rareza, uno de los narradores, en su delirio, dice algo sobre lo que él mismo está diciendo y no cuesta creer que se trate de la propia novela hablando de sí misma: “Palabras cojas para realidades cojas que obedecen a un plan cojo trazado por un mono cojo”. Y no cuesta creer tal cosa porque esta es una obra muy reflexiva, “una que progresa paralelamente a su propio comentario, que integra su elucidación”. Para más inri, en otra novela suya, Cobra, se lee esto: “Tarado lector: si aún con estas pistas, groseras como postes, no has comprendido… abandona esta novela y dedícate al templete o a leer las de Boom, que son mucho más claras”.
Humorística con frecuencia (“Así como estás vas a durar casta y pura lo que dura un merengue en la puerta de una iglesia”), erótica otro tanto o, más que erótica, lasciva, a ratos degenerada, la escritura de Sarduy está comandada por el ánimo de construir una imagen plástica, visualidades penetrantes, pero también por la búsqueda de una sonoridad nueva. En su obra, son la claridad y la inteligibilidad (que no la inteligencia) las que quedan, no expulsadas, pero sí relegadas –escondidas, mejor dicho– tras la predominancia que cobran estos dos elementos, imagen y música.

SACO DE PEDOS
El primer tomo de sus Obras recoge su poesía, que va desde ejercicios tradicionales, como sus abundantes y muy singulares sonetos y décimas, hasta poemas escritos en espiral, que juegan con las formas y la paciencia. Entre medio se sitúa, creo yo, lo más valioso de su poesía, como sus “Poemas bizantinos”, versos que en su asunto y en su desplante están entre lo tradicional y lo insólito y le dan la razón al prologuista Gustavo Guerrero cuando dice que Sarduy “supo dar con un tono y una respiración del español que hunden sus raíces en la tradición del Siglo de Oro, pero que compendían, al mismo tiempo, la gracia del habla cubana y una voluntad de innovación enteramente contemporánea”. Y si a ratos se extraviara, no importa: para volver siempre habrá un poema suyo que supera toda descripción y énfasis, se llama “Isabel la Caótica, Juana la Lógica” y tiene estos versos: “Mira cómo se te han roto los párpados de tanto llorar. / ¿Qué haces arrastrándolo, mirándolo de noche, / escribiéndote la cara ante un esqueleto sangrante? / Siéntate. Sólo Dios vence” / ¿Has medido el alcance de esta frase? / Repítela con los ojos cerrados / hasta que las palabras queden blancas, / sin relieve –la muerte es una parte de la vida–, / como tu rostro en una moneda mohosa”.
Tres novelas claves (De donde son los cantantes, Maitreya y Pájaros de la playa) reúne el segundo tomo, aunque no está Cobra, que es la más clave, quizás. De todos modos, la trilogía es más que suficiente para irse de Tagadá por la narrativa de Sarduy; las tres dan cuenta muy bien de su tránsito narrativo, describiendo un arco amplio que va desde el barroquismo desatado de De donde son los cantantes (1967), novela que en todo caso el mismo autor clarifica y sintetiza al final, en un gesto extraño no se sabe si de concesión o de ironía, hasta la claridad creciente e hiriente de Pájaros de la playa, esa literalmente descarnada novela sobre la enfermedad, más específicamente sobre cómo el sida, a fines de los años 80 (la novela es del 92), por la escasa investigación científica y por la gran ignorancia prejuiciosa que existía, hacía estragos tanto corporales como mentales entre quienes la padecían, al grado de que en el moridero en que transcurre la novela, “cortarse las uñas, y aún más afeitarse, se convierten en una verdadera hazaña de exactitud, a tal punto es grande el miedo a herirse, a derramar el veneno de la sangre sobre un objeto, sobre un trapo cualquiera que pueda entrar en contacto con otra piel”; acerca de esta novela, la más valiente que yo haya leído alguna vez sobre el miedo (sépase que Sarduy murió de sida al año siguiente de haberla publicado), hay en internet un agudo análisis del crítico chileno Sergio Rojas, quien subraya que “el motivo que cruza la novela es el cuerpo”. Y, de hecho, la enfermedad en cuestión es una que en ese tiempo menguaba el cuerpo con una brutalidad con que ya no lo hace, lo llenaba de heridas, de herpes, y rápido. Escribe Sarduy en la novela: “Basta con que el cuerpo se libere del protocolo social para que se manifieste en su verdadera naturaleza: un saco de pedos y excrementos. Un pudridero”.
Finalmente, el tercer tomo reúne sus ensayos, escritos a veces con rebuscamiento excesivo, pero reparar en eso sería un modo de no entender, porque de eso justamente en parte se trata: de dilapidar, de malgastar recursos, o como mejor y más convencido lo dice él mismo en un ensayo: “Ser barroco hoy significa amenazar, juzgar y parodiar la economía burguesa, basada en la administración tacaña de los bienes, en su centro y fundamento mismo...: derrochar lenguaje únicamente en función del placer”.
Audaces, creativos, a veces desatados, sus ensayos ofrecen luces parciales, tipo linterna, pero siempre novedosas sobre su propio trabajo, así como sobre la obra de autores como Salvador Elizondo, José Donoso (cuyos procedimientos compara a los de Goya), Neruda, Octavio Paz, Álvaro Mutis, o Cervantes, Sade o Bataille o, mucho y varias veces, sobre Góngora, el barroco y sus distintas manifestaciones en el tiempo y en el espacio. En todo caso, de su trabajo crítico –que también discurre con interés sobre el tatuaje, la pintura o Galileo–, nada resulta tan sagaz, creativo, apasionado y apasionante como sus lecturas y defensas de Lezama Lima, con quien según cuenta alguna vez habló a la salida de un ballet, teniendo una conversación a partir de la cual luego Sarduy desglosa las claves de la poética lezamiana, deleitándose en sus detalles, proyectándolo con otros autores, asediándolo con afectuosa inteligencia e inscribiéndose a sí mismo como “una hoja en el árbol de Lezama”.


OBRAS (I, II y III)
Severo Sarduy
Fondo de Cultura Económica
219, 405 y 387 páginas