martes, 3 de septiembre de 2013


Yuri Herrera
                                         UNA LÍNEA 
Julián Herbert

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En la narrativa mexicana reciente hay una línea que sobresale y que yo llamaría la línea del descomedimiento, una literatura del desborde, malhablada (aunque ejemplarmente escrita), pastichenta, de visualidad exuberante, proseada como arriba de la pelota pero sólida, inteligentemente armada, donde el desorden y el descontrol es un reflejo de la vida y una sensación de lectura y no –felizmente– una característica de la composición. Ahí, veo destacar tres nombres: Alberto Chimal, autor de Los esclavos (Almadia, 2009), y Julián Herbert y Yuri Herrera, cabrones de esta nueva prosa alucinada. De estos dos últimos, que tienen mejor circulación editorial en Chile, hay novedades. De Herbert, que es autor de Canción de tumba (2011), una novela de belleza radiante y removedora, acaba de llegar un libro anterior a ese, del 2006: Cocaína (Manual de usuario), colección de 16 relatos. Como si estuviera bajo efectos de la droga que le da nombre, ese libro, a pesar de su brevedad, está marcado por el desate: de humores, de mixtura (hay poemas, cuentos que se desintegran en versos, parodias de manuales, pastiches, cuentos propiamente tales…), de revientes, de alusiones y mexicanismos… pero esto no es un defecto sino, al contrario, parte importante de su gracia. Y aunque Cocaína no es un libro que supere a Canción de tumba, es bien notable como conjunto e incluye dos o tres cuentos de primera línea, donde lo casi dicho es más elocuente que lo gritado (pienso sobre todo en el díptico integrado por “Ángel de la mañana” y “Una canción desde los hospitales”). Si ya se ha leído Canción de tumba, leer estos relatos será como acceder a la previa, al entrenamiento del cocinero de aquella novela sabrosa; y si no se la ha leído, seguro resultarán estos cuentos muy buenos pipazos para tentarse y luego ir por ella.
Por su lado Yuri Herrera, autor de Trabajos del reino (libro a propósito del cual Elena Poniatowksa dijo que el autor entraba “por la puerta de oro en la literatura mexicana”) y Señales que precederán al fin del mundo, sale ahora con La transmigración de los cuerpos, una breve novela que confirma, a la vez que lleva a un nuevo punto, las cualidades que hacen de la suya una prosa descollante, desatada en el uso libre y reluciente del idioma, al que va llenando de formas locales, mexicanismos, jerga norteña, narcoexpresiones, narcosintaxis, narcogramática, todo espolvoreado con neologismos y usos derivados: “fiesteara”, “bienfamiliados”, “sacalepunta”, “muyamabliar”, etcétera. Con todo, está desprovisto de florituras y aún en su exuberancia tiene algo lacónico. Se trata de un castellano que, más que entenderlo del todo, uno lo intuye y, sobre todo, lo escucha, lo siente vibrar y resonar, mientras el sentido de los hechos cae por su propio peso, y esa es la gran gracia pues mediante ese efecto es que podemos acceder, sin sentir en ningún momento exclusión o lejanía, al reflorecimiento de un idioma precisamente allí donde, para ojos conservadores, podría parecer estar hundiéndose en un mar de localismos, contorsiones gramaticales y genitalia desatada: “Con el tiempo descubrió que lo suyo era navegar con bandera de pendejo y luego sacar labia. Verbo y verga, verbo y verga, qué no”.
La historia de La transmigración de los cuerpos, aunque en principio algo difusa, es clara y sencilla y está protagonizada por el Alfaqueque, una suerte de mediador de conflictos salvajes que, en medio de una epidemia que recuerda la gripe porcina –y enmarañándose con un puñado de personajes que el autor sabe clavar en la memoria con apenas dos o tres líneas–, debe arreglar un terrible entuerto entre dos familias que resultan ser sólo una, en la más griega de las ondulaciones trágicas. Muertes equívocas, cruce de cadáveres, amistades y traiciones y borracheras endemoniadas (conjuros contra el miedo) y, entre medio, el milagro del sexo soñado hecho realidad, que viene de la mano de la inolvidable Tres Veces Rubia. Herrera, además, con toda sutileza y sin monserga alguna deja ver con su protagonista cierta luz en medio de esa cotidianidad infernal: la manera de campear en ese mundo devastado y ultraviolento no necesariamente es extremando la violencia sino, mejor, la inteligencia: “Lo suyo no era tanto ser bravo como entender qué clase de audacia pedía cada brete. Ser humilde y dejar que el otro pensara que las palabras que decía eran las suyas propias”.
Si se ha leído a Herrera, este libro sin duda no será más de lo mismo sino un nuevo brillo en su radiante proyecto; y si no se lo ha leído, podrá ser una muy buena línea de degustación para tentarse con esas dos maravillas que son sus primeras novelas, las que leídas luego no defraudarán, por supuesto, sino muy al contrario, porque la de Herrera no es una prosa que progrese o involucione sino una que se desliza en meandros y sacude –pudiera decirse– al ritmo de los más chacales narcocorridos. A propósito, tras la reciente muerte del Viejo Paulino, maestro del narcocorrido, escribió Julián Herbert que el viejo era “quizás el narrador popular que más influyó en la manera en que la literatura mexicana aborda actualmente el tema del narcotráfico”. Buena hipótesis, que podría refrendarse en el hecho de que tanto los libros del propio Herbert como los de Herrera dan a veces ganas de bailarlos, de subirse arriba de esa pelota que tan preciosamente rueda en la gran cuesta de la chingada.


LA TRANSMIGRACIÓN DE LOS CUERPOS
Yuri Herrera
Periférica, 2013, 134 páginas

COCAÍNA
(Manual de usuario)
Julián Herbert
Debolsillo, 2013, 112 páginas


jueves, 8 de agosto de 2013

La gran casa de Tamara Kamenszain


Hace no mucho, por un rebote en todo caso desfasado, me enteré de que en la feria del libro de Argentina de este año un gran jurado integrado por críticos y escritores había elegido La novela de la poesía, de Tamara Kamenszain (Buenos Aires, 1947), como el mejor libro publicado el año pasado, distinción que antes le había caído a autores como Marcelo Cohen, Hebe Uhart, Diana Bellessi y David Viñas. Si una de las utilidades de este tipo de premios es la de propiciar, aun desfasadamente, ocasiones de lectura para lo que está en la cuenta de lo pendiente, este premio la cumplió conmigo a cabalidad: el nombre de Kamenszain, aunque su poesía la ubicaba apenas de pasada, ya tenía para mí gran interés por su trabajo ensayístico, pienso por ejemplo en el generoso y muy inteligente ensayo que escribió como prólogo a la Obra completa de Héctor Viel Temperley publicada en 2003, ese poeta que crece y crece después de muerto y en cuya obra Kasmenszain dice que hay “una presencia que mantiene al yo, desde la adolescencia de la poesía de Viel hasta su maduración extrema, en permanente estado de natación”. Si donde dice “natación” ponemos “habitación” –o incluso “okupación”–, la frase podría aplicársele a la obra de la misma Tamara Kamenszain (TK, en adelante).

OTRO TECHO
La novela de la poesía reúne los ocho libros de poemas que TK publicó entre 1973 y 2010, más un conjunto escrito entre 1971 y 1974 y que enigmáticamente había mantenido inédito, y también un libro nuevo, ubicado al final, que es el que le da título al conjunto, y que está puesto ahí cronológica pero también estratégicamente, potenciando, redondeando el efecto de novela –de trama y personajes difusos pero imponentes– que la reunión de su poesía propone.
La de TK es una poesía del espacio, de los espacios, como lo advierte el prologuista Enrique Foffani. De ello dan cuenta ya los títulos de sus libros, referidos casi siempre a lugares, como La casa grande o Vida de living. Y hay un lugar que se impone y se reitera de manera sorprendente: la casa. A cada rato aparece una casa: anhelada, soñada, recordada, imaginada, escrita, y “la literatura es otro techito armado en el desierto”.
Sus libros tienden a ser breves y unitarios en su asunto, tienden los poemas a prescindir de títulos, sólo en contadas ocasiones se extienden. Es una poesía que va variando o modulándose en la misma medida en que varía y se modula la persona que la escribe y el mundo en que la escribe, pues es una obra que, sin ser confesional ni política, se planta en su tiempo decididamente, desde su tiempo, una poesía situada íntimamente, “pegada a las circunstancias… en la necesidad absoluta y utópica de dar cuenta”, como dijera ella acerca de la obra de Lihn.
Este libro comienza con un conjunto de poemas en prosa que podrían ser vistos como el radier de la casa-novela, al que sigue el conjunto de inéditos en los que se revela, ya con la tarea del cimiento completada, algo así como el criterio de construcción para este inmueble literario: “Para armar un libro hay que hacer / como las modistas que cosen / siempre del lado de adentro / y cuando dan vuelta la tela esas costuras / que ellas trabajaron confiadas / desaparecen para dejar ver / un aceptable / lado de afuera”. Luego viene Los No, La casa grande y Vida de living, en los que esta poesía se dedica a afirmarse, a ampliarse, a trabajar rincones, internándose en derivas que dan a cada libro, como si de las habitaciones de un hogar múltiple o de una casa de Perec se tratase, un aire distintivo, propio. Así, por ejemplo, en Vida de living la sintaxis se enrarece y retuerce de una manera que recuerda al poeta Alberto Rubio: “Envuelta sucia ropa que te dejo / me dejo ir subida a tres saludos / familia mía ustedes me retornen / amiguen ese andén hasta la casa”. En Tango bar, que es el libro siguiente, de 1998, debo reconocer que me supera un poco, como dice uno de sus propios versos, el “olor a medialuna dulzaino”. Pero es un reparo personal, más que una objeción meditada: es quizá una pana de mi propio andar por esa residencia y que prefiero ver como un pasillo o antesala a la parte final, la de más reciente construcción y para mí la más sorprendente de esta novela-casa: me refiero a la mano que viene dándosele a TK desde cuando el 2003 publicó El ghetto. Y más específicamente me refiero a esa mansarda fabulosa, luminosa y lúgubre a partes casi iguales, que conforman los últimos tres libros: Solos y solas, El eco de mi madre y La novela de la poesía. Ahí, creo, están algunos de los puntos más altos de esta poesía de oficio, crítica y autocrítica, en la que cada libro, en la que cada poema se construye como un lugar hospitalario en el que caben la sencillez y el alarido, el baile y la agonía, en el que se tocan asombrosamente el nacimiento y la muerte de un mismo ser (amado). Es también, esta parte, el espacio para la comparecencia de varios amigos reales y literarios (Lamborghini, Girri, Celan, Vallejo, Ungaretti, Sylvia Molloy, Diamela Eltit, Perlongher…) y, sobre todo, es una casa o mansarda para los muertos de la familia, cuya evocación constituye el sonido, la luz y el calor de este piso superior. Antonio Caeiro pedía en un poema “un río donde estar cuando acabemos”. TK, más sencillamente, se ha jugado por un altillo para sus muertos. En Solos y solas (que comienza así: “Soy la okupa de mi propia casa”), incluye un poema semilargo, “La alianza”, que arranca hablando de la muerte del padre, con cuyo anillo (o alianza) se quedó ella, que se pregunta “¿qué veo cuando veo algo en el nombre del oro? / una esperanza desplegada en otro tiempo / toldo de dos que se apropiaron del desierto / dibujaron un techo nuevo sobre la nada”. De nuevo, la idea de refugio, de techo, está en el centro. Entonces viene El eco de mi madre, emocionante canción de tumba que sabe combinar lo lacónico y el aullido para centrarse, primero, en la muerte de la mamá (“soy ahora por ella la hija que crece sin remedio / para dejarla decrecer tranquila entre mis brazos”) y en el recuerdo de la muerte de su hermano de tres años, ocurrida en 1953, y cuya existencia constituyó lo que ella llama “un libro cortado”, lo que refuerza la idea de que, en esta poesía, libro y vida son nociones de significación casi intercambiable cuyo punto de encuentro pleno es la casa, el techo bajo el cual las palabras y los hombres se encuentran, “un idioma para hablar con los muertos”: la poesía. Y se abre el libro final, La novela de la poesía, donde la muerte y los muertos, incluido Héctor Libertella (su ex marido, “un hombre de palabra”, “maestro en el arte de decir”), se toman esta poesía, que se cierra con una senda reflexión sobre La novela luminosa de Mario Levrero, la que vista como una forma ejemplar de hablar de la muerte: “La luz que a través de una radiografía / despierta la intimidad del esqueleto”.

La sorpresa última, la gran ventana, está en que el libro-casa no se cierra ni se acaba sino que se abre a una nueva voz, quizá la del lector, que es a quien le queda cedida, simbólicamente y ni tanto, la palabra, la mirada en el último momento, en la última pieza de esta casona luminosa incluso en los inviernos más crueles. Poesía inteligente y convincente, la de TK ha sido arrimada un poco a la fuerza, exagerando quizá la relevancia de ciertos procedimientos que a veces usa, al fascinante pero desigual bloque del neobarroco latinoamericano, aunque el asunto lo zanja ella mejor que nadie: “Desde mi primer libro puede verse una tendencia a elidir, a decir menos, que me llevó a que me consideren neobarroca por lo opuesto que a otros: no por abundancia, sino más bien por anorexia”, le dijo el 2005 en entrevista al escritor Luis Chitarroni, quien definió esta obra como una “lírica de fugacidades dichas en el momento justo”. Me quedo con esa ajustada definición de esta poesía que desde ya sumo, atrasado pero sin demora, al estante de los poetas argentinos que más leo, en la vecinal de Viel Temperley, de Osvaldo Lamborghini y de la nunca del todo bien ponderada Alejandra Pizarnik. 


LA NOVELA DE LA POESÍA
Tamara Kamenszain
Adriana Hidalgo Editora
2012, 398 páginas

lunes, 29 de julio de 2013



Nadiezhda Mandelstam

LA VERDADERA DAMA DE HIERRO


Probablemente sea Leonidas Morales, con libros como La escritura de al lado, el crítico que en Chile más sostenida y consistentemente ha trabajado en torno a las producciones literarias que él mismo ha llamado referenciales, es decir, aquellos géneros –como la carta, el testimonio, el ensayo, los diarios y la entrevista– cuyo discurso remite, tarde o temprano, a un ámbito extratextual, es decir, a un fuera de texto, a la realidad, podría decirse, entendida en el simple sentido de aquello que no es imaginario ni independiente de lo histórico ni del sujeto que lo enuncia. En su trabajo, Morales ha reivindicado, con valiosos estudios y compilaciones, géneros que hasta hace poco más de un siglo (en el mundo) o menos (en Chile) eran mirados a huevo por su no autonomía artística. Pero –sostiene Morales– tras las vanguardias el estatuto de lo artístico, de lo literario, fue en todas partes revisado tan a fondo que, como efecto derivado, comenzaron a revalorarse trabajos de ese tipo, que pasaron a ocupar un lugar, sino central, al menos clave en el ámbito literario, lo que se puede notar, hoy, muy concretamente, por ejemplo, en que durante las últimas décadas el quehacer de muchos de los mejores editores y críticos (como Hans Magnus Enzensberger o Jorge Herralde), así como las inclinaciones de muchos lectores, se han orientado fuertemente hacia tales géneros. Morales ha trabajado en la materia no sólo como teórico y crítico, sino simultáneamente como autor y/o editor de dichos géneros: ahí está su imperdible recopilación de Cartas de petición a autoridades de la dictadura escritas por angustiados familiares de detenidos; ahí sus conversaciones con Nicanor Parra, su edición anotada del caminado diario de Luis Oyarzún (y acaba de salir el trabajo que hizo con los diarios de Mario Góngora).
En el último tiempo circulan muchos libros que están en esa línea, como La eliminación, el impresionante testimonio camboyano de Rithy Pahn. Y muy destacadamente uno publicado hoy por primera vez en castellano: Contra toda esperanza, las memorias, más poderosas que el Soviet de Petrogrado, que a partir de los años 60 escribió Nadiezhda Mandelstam (1899-1980), la viuda de Osip Mandelstam, el poeta que, tras torturas, hostigamientos y persecuciones, fue enviado a Siberia por escribir un muy burlesco poema contra Stalin. Jamás volvió, es un detenido desaparecido de cuya muerte Nadiezhda sólo tiene versiones, varias y contradictorias, muchas abiertamente ficticias, por lo que no le queda sino discriminar, ordenar y especular a partir de esos rumores. En esos afanes transcurre y termina el libro. Se cree que el poeta murió en un campo de trabajo hacia 1938. Hay un relato, de los más fiables, que lo muestra enloquecido, paranoide, escuálido, no comiendo por temor a ser envenenado y replegado en el campo de trabajo junto a los delincuentes comunes. Pero nada es seguro. En el poema hablaba contra Stalin así: “Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos, / como pesas certeras las palabras de su boca caen. // Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha… / Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea, / infrahombres con los que él se divierte y juega”. Suerte de Stalincosas, como diría un poeta amigo, estas insolencias inusitadas con el Secretario General, y sobre todo con sus secuaces, le terminaron costando la vida.

DE HIERRO
Muy ayudada por su amiga la poeta Anna Ajmátova, Nadiezhda Mandelstam, viuda, perseguida, enflaquecida pero dura como hueso, ni humillada ni ofendida, vivió huyendo, “como fiera acorralada”, por poblados rusos durante décadas, hasta que tras el XX Congreso, realizado por el PC en 1956 tras la muerte de Stalin, se le permitió volver a Moscú, donde pudo mal vivir hasta 1980 enseñando inglés en institutos. Ya acabada la vida como huida, se dedicó a “desarchivar” de su memoria –que es donde heroicamente los guardó durante décadas– los poemas de su marido (“gracias a mi existencia nómada conservé la vida y las poesías de Mandelstam”), y también a escribir estas extensas memorias que apasionan, aturden, sacan resoplos y que, recreativamente, podrían leerse como una versión extendidísima del famoso poema de Juan Luis Martínez “La desaparición de una familia”. Por supuesto que esta es una relación arbitraria desde varios puntos, porque los dos textos tienen orígenes remotísimos y operan literariamente de manera muy distinta. Además, en el poema de Martínez desaparece toda una familia y el logos, mientras que en las memorias de la Mandelstam desaparece la mera posibilidad de un hogar y, de hecho, todo desaparece, menos el logos. Pero hay dos común denominadores que permiten la analogía o fantasía comparativa. Primero, en ambos la casa-hogar, o bien su desaparición o mutación constante, son la cuestión clave. Y ni adentro ni afuera hay salvación, ni abrigo siquiera. Y, sobre todo, en ambos textos la pérdida o no pérdida de toda esperanza es aquello en lo que se juega la existencia. “Que en esta casa miserable / nunca hubo ruta ni señal alguna / y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”, se lee en el poema de Martínez.
Ilustración de Marcelo Calquin.

Son libros muy libres estos, los referenciales, el de la Mandelstam muy especialmente, muchas veces armados con sólidas estructuras y con fino estilo, consistiendo la fineza, en la mayoría de los casos, en un laconismo, una precisión y una suspensión adecuadísimos, por contraste, a la brutalidad del asunto o tema tratado. Y pueden estos libros ser leídos también muy libremente. Este de la Mandelstam se deja leer de varias maneras. Por ejemplo como una novela –esto es, de un tirón y ofreciendo, digamos, gran flujo narrativo–: si bien hay por la mitad de estas 600 páginas un par de episodios que pueden resultar quizá demasiado episódicos, este libro está lleno en su mayor parte de momentos culminantes: empieza y termina, de hecho, con páginas extraordinarias en cualquier comparación. Y abundan escenas imborrables, como aquella en que se la ve trabajando clandestinamente en una fábrica textil durante las noches, jornadas que aprovecha para mantener vivos en su memoria los poemas de Osip. Que haya intercalaciones demorosas es casi parte del paisaje en la novelística rusa, y este libro se mueve en esas arenas: hay ciertos elementos, además, que le dan todo el aire de una novela rusa, por ejemplo las conversaciones al amanecer en departamentuchos o las escenas en trenes y estaciones; de hecho, hay un viaje en tren en el que Nadiezhda parece una Anna Karenina por una parte degradada, vejada por el Estado y sus “chivatos”, pero, por otra parte, invulnerable, dura, ajena a melindres sentimentales: “Todos nosotros somos fuertes como el hierro. Si no lo fuéramos no podríamos haber soportado todo aquello que nos deparó el destino”, le dice un día en un autobús repleto a una viejecita que se le apoya en el brazo y le pide disculpas. Pero ni siquiera el hierro es en la Rusia de Stalin irreductible, y así es como ella, pero sobre todo Osip, se vieron tentados de sucumbir, de sumarse a la revolución. Él, de hecho, tenía planeado abdicar, para lo cual compuso una oda a Stalin, pero el plan se le ocurrió demasiado tarde, “aunque tal vez gracias a ello yo no fui aniquilada”, escribe Nadiezhda. La oda la escribió el poeta porque imperaba “el miedo de quedarse aislados del movimiento general”, “así como la necesidad de una concepción íntegra del mundo, orgánica”, lo que constituía, según Nadiezhda, “la premisa psicológica que impulsaba la capitulación”. Era muy difícil sustraerse al arrastre de este bolchevique viento huracanado.
Testimonio inolvidable y admirable, como novela es para recomendarla a gritos, si ello no contrariara la ruda templanza de la propia autora. George Steiner lo advirtió: “Nada que pueda uno decir afectará o expresará en modo alguno la genialidad de este libro. Juzgarlo, aunque sólo sea para encomiarlo y rendirle homenaje, raya casi en la insolencia. Uno sale enriquecido de su lectura y más esperanzado de lo que tiene derecho a estar”. Novela desarmable, los 84 capítulos de Contra toda esperanza y sus apéndices pueden ser leídos también como los poemas de un libro o como las entradas de un cuaderno de recuerdos y pensamientos, o quizá como la base para un guión sobre la guerra entre el miedo y la intrepidez. La cronología no es atendida por la autora, o está muy desdibujada por regresos, adelantamientos e intercalaciones: la única sensación de secuencia está dada porque todo tiende rápidamente hacia la muerte, que estáz al final indefectiblemente, pero esto, tanto en el libro como en la realidad inmediata de ese entonces, no podía ser de otra manera: eran los años ‘30, con Stalin desatado; de hecho, más que al final, la muerte estaba encima. Pleno de meditaciones y razonamientos novedosos, en este libro está todo expuesto con gran simpleza y belleza, con frialdad empática se podría decir.

SAPOS, SAPOS, SAPOS
De lo que están asombrosamente llenos los libros testimoniales del siglo XX, los libros de los horrores del siglo XX más específicamente, es de sapos. Es increíble el sapeo que hubo en el siglo pasado. Visto y oído desde el Espacio, debe haber parecido un tranque este planeta. No digo –cómo decirlo– que antes no la hubiera (en la Inquisición los sapos no los ponían las brujas), pero en el siglo XX la delación se desata, se profesionaliza, se instala una suerte de vocación delatora, pasando a ser una enfermedad del espíritu, una peste mental, un emprendimiento colectivo y sicótico. Sapos hubo en la Camboya de Pol Pot, en el Chile de Pinochet y la derecha popular, en la España de Franco, en Bolivia (“ya saben ustedes lo que le ocurrió al Che Guevara en Bolivia”, dice Nicanor Parra). ¿Cómo entonces no iban a abundar los sapos en la Rusia de Stalin? La vida, así, transcurre como si pasasen a ser del todo comunes y corrientes situaciones como la que insuperablemente describió Kafka en la primera frase de El proceso: “Alguien debió haber hablado mal de Joseph K, puesto que, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana lo arrestaron”. Es tan así que en un momento de Contra toda esperanza hay una frase parecida: “Alguien había dicho algo. Eso era suficiente para desaparecer de la vida”. Como al alero del piñerista Programa de Denuncia Segura, los sapos se multiplicaban geométricamente.
Nadiezhda Mandelstam parte su libro, de hecho, con un texto que como cuento no tiene nada que envidiarle a los de sus mejores coterráneos, ni a Isaac Babel, me atrevería a decir. El texto cuenta de una noche en que llega a la casa de los Mandelstam un escritor de apellido Brodski (no Joseph), quien tras dar la lata toda la noche se revela, durante el allanamiento de que son víctimas en la madrugada, como un informante de la Checa, esto es, de los aparatos de inteligencia y represión.

Osip Mandelstam, fichado.
Más sobre sapos: “Muchos se habían adaptado tan bien al terror que aprendieron a extraer beneficios del mismo: acusar al vecino para ocupar su habitación o su puesto era algo completamente normal”. Leyendo las mil formas de la delación –tan cercana a la felación– de que da cuenta la Mandelstam puede cerciorarse uno de que estos regímenes totalitarios la fomentaban no tanto para conseguir información, que sí, cuanto para degradar a la población, sembrando la desconfianza a objeto de dominar sin contrarrestos, “unos veían soplones en cualquier persona y otros temían que los tomasen por tales”.
Orlando Figes, en su monumental investigación Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, echa en varias ocasiones mano, para indagar en ese horror, a Contra toda esperanza, donde de hecho el verbo susurrar aparece conjugado muchas más veces que el verbo hablar o escribir. De todos modos, Figes es claro al indicar que aunque estas memorias de la Mandelstam “expresan la verdad para mucha gente que sobrevivió al Terror, particularmente para la intelligentsia, intensamente comprometida con los ideales de la libertad y el individualismo, no hablan en nombre de los millones de ciudadanos, incluyendo a muchas víctimas del régimen estalinista, que no compartían esa libertad interna ni la disensión, sino que, por el contrario, aceptaron silenciosamente y asimilaron los valores básicos del sistema, cumplieron sus normas públicas y tal vez incluso colaboraron en la perpetración de sus crímenes”. Y efectivamente, memorias como estas no abundan, porque la integridad, la inteligencia y la voluntad de supervivencia de su autora no suelen conjugarse en una sola persona que además sepa escribir tan extraordinariamente. La Mandelstam escribe estas memorias en los años 60, cuando por fin ha “recobrado la capacidad de aullar”. Capacidad que había perdido no tanto por el miedo sino, mucho más terriblemente, por la pérdida del miedo, ya que “el miedo es una luz, es la voluntad de vivir, la afirmación del ser… Al perder la esperanza, perdemos también el miedo: no hay motivos para temer”. Había sucumbido al “sucio sentimiento de la desesperanza”, ella, cuyo nombre, Nadiezhda, significa, justa, cruel y literalmente, “esperanza”.
Nadiezhda, al tiempo que va reconstruyendo su propia historia y, principalmente, su vida junto a Osip (aunque muy llamativamente no hay sexo en estas páginas ni de refilón), va especulando sobre lo que ocurrió con Osip cuando fueron separados (dos veces, la segunda para siempre), y va ofreciendo, también, una historia personal de la cultura soviética, dando cuenta de la terrible “guerra literaria” rusa, llena de inmensas pequeñeces, y también del horror intelectual que cundió, viéndose el país lleno de zombies que se compraban “la posibilidad de obtener de una sola idea todas las explicaciones para el mundo material y el humano y armonizarlo todo con un solo y único esfuerzo”. Hay excepciones a esto, entre las que se cuentan algunos de los más importantes escritores rusos del siglo, como Isaac Babel y Anna Ajmátova, o al menos seres conflictuados y ambiguos como Boris Pasternak, y otros derechamente hostiles, ratas más que sapos, como Máximo Gorki, que hasta un pantalón le niega a su colega cuando las está viendo negras.
La Mandelstam centra sus memorias en la vida, pero también en la obra de Osip: varios capítulos son comentarios y análisis de sus poemas, o bien biografías de éstos, de cómo y cuándo surgieron y fueron escritos, que son dos momentos distintos: a menudo describe cómo el poeta murmuraba primero sus poemas y, cuando los sentía ya cuajados, “transcribía” esa cantinela o se la dictaba a ella, pues ya estaban “compuestos” en su mente y sólo restaba anotarlos, fijarlos. Aparece Osip como creador, entonces, y también como “lector de un solo libro”, como intelectual concernido, como amigo, como analista, como enfermo de los nervios, como “cienkilometrista” (exiliado de los centros urbanos), como deportado, como desaparecido, como mito.
Es esta, muy principalmente, una historia amorosa. Nada idílica, por cierto, pero es el amor la pasión que subyace en estas páginas, y no el odio ni la cólera, ni la desolación ni la desesperanza, como podría pensarse con un título y una historia tan duros; de hecho hacia el final escribe: “Estoy absolutamente segura de que nos hallamos en vísperas de un nuevo triunfo del humanismo y de una gran alza de los valores humanos”, lo cual fundamenta así: “Lo pasado por nosotros apartará durante mucho tiempo a los hombres de teorías, seductoras a primera vista, según las cuales el fin justifica los medios”.
Pese al desprecio, las humillaciones y las persecuciones que le tocaron, jamás satura en estas más de 600 páginas con la matraca del horror, pues no trabaja con la exageración ni con la estridencia: le basta y sobra con mencionar hechos, no se necesitan adjetivos ni interjecciones, aunque por cierto no se priva de comentarios, siempre atingentes, filosos y feroces, porque no se trata de una viejecita encantadora sino de una anciana dura e implacable. Más que torturas –que las hay–, más que impiedades y prepotencias ­–que abundan–, lo que perturba es ir viendo, al avanzar en la lectura, cómo quienes en un momento dado aparecían como los verdugos más despiadados o las más impías autoridades tarde o temprano terminan también fusilados, todo por cuenta de Stalin.
También es, muy importantemente, esta una obra moral, una reflexión sobre el mal cuyos alcances no son sólo históricos ni documentales, sino filosóficos y hasta lingüísticos, porque todo totalitarismo o fascismo parte por el lenguaje, y así por ejemplo la palabra “conciencia”, cuenta Nadiezhda, desapareció en Rusia por completo porque “su función era cumplida por el ‘instinto de clase’ al principio y luego por ‘el bien del Estado’”. Y “los hombres dotados de voz fueron sometidos a la más vil de las torturas: se les arrancó la lengua y se les obligó a ensalzar con el muñón al soberano”. Pervertidas las conciencias y los valores, desdibujadas o borradas las palabras, sofocado lo espontáneo, aterrados los cerebros, resulta imposible saber “cuál es la línea divisoria entre la normalidad psíquica y la enfermedad”. En quien más claramente se ilustra este borroneo es en el propio Osip, que pasa de una lucidez extrema a alucinaciones, paranoias y descomedimientos que lo llevan en un momento temprano, y esta es una de las escenas inolvidables del libro, a saltar por la ventana de un hospital, salvándose de la muerte no se sabe bien cómo.  
No sólo George Steiner ha usado y celebrado este libro sin miramientos y refrendado su valor literario, sino también filósofos como Isaiah Berlin, narradores como Martin Amis, periodistas como David Remnick y ensayistas como Joseph Brodsky, cuyo conmovedor obituario sobre la Mandelstam, incluido en su libro Menos que uno, figura en esta edición como prólogo. Ahí puede leerse algo que está en línea con las ideas con que Leonidas Morales reivindica el valor literario de este tipo de obras. Dice Brodsky: “Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción la que le confiere significado… Sus memorias son algo más que un testimonio de su época: son una visión de la historia a la luz de la conciencia y la cultura”. Y, agregaría yo, una lección de amor, de lectura, de fiereza y de humildad.


CONTRA TODA ESPERANZA
Memorias
Nadiezhda Mandelstam
Acantilado, 2013, 643 páginas
-El primer capítulo: 
www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Contra_toda_esperanza.pdf

lunes, 22 de julio de 2013

SICOSEO MUSICAL
Escrito “sin menoscabo del respeto por lo espiritual”, Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro es una nueva y efectiva vuelta de tuerca a lo que el neurólogo inglés Oliver Sacks (1933) viene haciendo desde los años 60: la búsqueda, o a estas alturas más bien el asentamiento y la profundización, de una “ciencia romántica” –la acepción es del neurobiólogo ruso Alexander Luria–. Y cuando Sacks reivindica tal cosa como una ciencia romántica lo que busca es sustentar una escritura en la que se intersecten “hechos y fábulas”, sumándose, en vez de restarse, el científico con el romántico. Mejor que nadie lo dice el mismo Sacks en el prefacio a su libro más conocido, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: “Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige y que lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento”. Y efectivamente los historiales que lleva décadas publicando no obvian al sujeto, no pasan por alto al individuo, sino que, al contrario, lo relevan, lo sitúan en el centro del pensamiento médico, subvirtiendo la tendencia de los relatos clínicos modernos “que aluden al sujeto con una frase rápida que podría aplicarse igual a una rata que a un ser humano”.Con sus incontables historias de individuos concretos, ofrecidas en vez de descripciones de la especie o tipologías anónimas, vuelve Sacks, como ocurría en la literatura médica que admira del siglo XIX (y la del “maestro Freud” en el XX), a no olvidarse de lo particular, entendiendo que la mejor, sino la única, manera de conocer y entender a la humanidad es mirando a los seres humanos. Y todo esto lo hace Sacks con máximo rigor científico y con claridad y amenidad e incluso, si se tercia –como en Con una sola pierna– oficiándolas sin pudores de confesor impenitente.Al cruzar los métodos de observación y análisis propios de la ciencia neurológica con una escritura y una indagación de lo individual propia de las artes y las humanidades, Sacks se abre paso por tierra fértil para la buena literatura, fértil cuando hay, como en su caso, inteligencia, generosidad, gracia y una buena dosis de obsesión y de humor. No se sobregiraba Auden cuando, poco antes de morir, decía de Migraña –el primer libro de Sacks, publicado en 1970– que era una “obra maestra”.De manera tan inespecífica como la memoria era el común denominador en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, la música lo es en Musicofilia, libro que muestra cómo un golpe, un accidente, un tumor, un rayo o cualquier atentado al equilibrio neurológico del ser humano puede cambiar, de una vez y para siempre, y para bien o para mal, su carácter, su personalidad, su habla, su trabajo, todo, su vida entera algunas veces, su familia, su paz, su sexualidad.La edición que publica Anagrama incluye las adendas que en la segunda edición Sacks hizo, incorporando correspondencia de lectores, críticas, nuevas informaciones aparecidas. El libro está dividido en cuatro partes que completan 29 relatos, pero en realidad son muchos más, pues –y en esto confiesa inspirarse en Las mil y una noches– en cada relato Sacks intercala varios más, ya sea como notas al pie, comentarios, paréntesis, contrapuntos o posdatas. Se suceden, así, entre otros cuadros, alucinaciones musicales, llamativos tics sonoros, fobias repentinas a tales o cuales sonidos, amusias y padecimientos de músicas pegajosas –jingles del carajo, “gusanos cerebrales”– que poseen e irritan y avergüenzan. Además, Sacks cada tanto se introvierte para dar cuenta de sus propias vivencias pelando cables con la música.Musicofilia como título parece equívoco, toda vez que este libro también hubiera podido llamarse Musicofobia: no es principalmente de amor a la música de lo que se trata todo esto, sino del terror a ella que se apodera, de las maneras más insospechadas y crueles, de los pacientes, a cada uno de los cuales Sacks atendió personalmente en los hospitales y centros en los que trabaja.
Profesor de neurología clínica y psiquiatría en la Universidad de Columbia, Sacks tiene una sólida y sabrosa cultura humanista, musical y especialmente literaria, lo cual se nota en éste y en todos sus libros, pero cómodamente, sin asomo de pedantería y siempre con gran pertinencia. Es lo que pasa, por ejemplo, cuando ilustra y ameniza lo que va contando con citas o chismes de Mark Twain, de Somerset Maugham, de Eliot, de Nabokov.  Como casi todos los libros de Sacks publicados en español, Musicofilia tiene relatos prescindibles, por repetitivos o por adivinables. Pero son minoría frente a los muchos que son memorables. Se podría hacer, y el resultado sería una maravilla, una antología con los mejores relatos de Sacks, entre los que no podrían faltar “La dama descarnada”, de El hombre que confundió…; “Vida de un cirujano”, de Un antropólogo en Marte; un lote grande del alucinante Despertares; y, de Musicofilia, “Todos juntos”, “Dedos fantasmas” y “Un acontecimiento inesperado”, este último el sorprendente caso de Tony Cicoria, un deportista y cirujano ortopédico que, tres semanas después de recibir un rayo en la cabeza, se convierte, de la nada, en un pianista compulsivo, bastante talentoso según el examen de una musicóloga y muy apasionado, tanto que su mujer termina por pedirle el divorcio.Musicofilia, en suma, es un empadronamiento, chistoso y dramático a partes iguales, del incierto mundo de la mente humana y sus anomias y sicoseos musicales, un libro que refrenda la existencia de un misterio cuyo perturbador alcance dejó indicado Thomas Bernhard en sus conversaciones con Krista Fleischmann: “Al parecer todos morimos con música en la cabeza, me lo dijeron una vez. Cuando todo ha desaparecido ya –inteligencia, personas, recuerdos–, siempre sigue habiendo música en ella”. 


MUSICOFILIA
Relatos de la música y el cerebro
Oliver SacksAnagrama, 2009, 464 páginas

miércoles, 26 de junio de 2013

El eterno resplandor de una mente desquiciada 

                                                          “Tal vez los sueños sean lo social en estado puro”.
                                                                                                                    Fogwill

Fogwill (1941-2010) en citroneta.

Recuerdo casi con emoción el día, hace cuatro años, en que tomé los por entonces recién publicados Cuentos completos de Fogwill, aún vivo y a quien había leído muy poco, apenas un cuento famoso suyo incluido en una antología famosa preparada por Juan Forn. Algo en el autor-personaje me disuadía, pese a la genialidad de ese cuento (“Muchacha Punk”), en virtud de la cual, en todo caso, ese día terminé por sentarme con los Cuentos completos, leyendo la mitad del libro de una tirada, y cuando terminé y me paré no voy a repetir el cliché de que yo ya no era el mismo: cuando terminé, yo ya no era nadie. Estaba deshecho: violentado, sacudido, extenuado, fascinado, colmado de placer, alelado. Y perturbado tanto psicológica como sintáctica, gramática, castellanamente. Desde ese día soy un apasionado lector de Fogwill cuyo entusiasmo se elevó al cubo con esa nola lectura de esa novela coquera, sidosa y descomedida que es Vivir afuera, y Los pichiciegos y Help a Él, pero sobre todo Los libros de la guerra, sus recias y siempre asombrosas intervenciones periodísticas, por llamarlas de algún modo, entre las cuales se cuentan un par de artículos autobiográficos que son inolvidables. Así, pues, ansioso esperaba el primer libro póstumo de Fogwill: La gran ventana de los sueños. El efecto de lectura que ha tenido para mí ha sido, por lo muy pronto, múltiple. De partida, ralentizador, curiosamente lento, estirado. Es un libro que en circunstancias normales puede leerse en algo así como una hora. Sin embargo, tal vez en parte porque entre sus cometidos se cuenta nada menos que el de desenmascarar al Tiempo, me tomé cinco días. Al principio tuve una reacción de deslumbramiento y en algún momento –por la mitad, creo–, una ligera sensación de decepción. Luego sucesivos repuntes, confusión, inseguridad, deslumbre . Aún no sé bien qué pensar de este libro (así como tampoco se sabe nunca muy bien qué pensar de sueños y pesadillas), pero un efecto de lectura como el mencionado me parece ya de por sí positivo y muy de Fogwill, maestro del extrañamiento, rey de la sorpresa, señor del humor maligno.
El libro se abre con un par de textos superiores, donde el estilo de Fogwill arde en la tensión entre profundidades intelectuales que Daniel Link no vaciló en calificar de alienígenas y futilidades magníficamente escrutadas. Sólo algunos de los 44 textos que integran este libro son, propiamente, relatos de sueños, que es de lo que uno –yo al menos– entendía que se trataba. Pero no es un libro de sueños como existen varios. Fogwill mismo menciona uno de Graham Greene, quien “mea camarones”. Yo recuerdo haber leído uno de T. W. Adorno (Akal, 2008), quien curiosamente incluía harto más sexo y perversión que Fogwill, cuyos sueños uno –errónea, huevonamente, quizá– habría supuesto muy sexuales, sucios, meados y pajeados. Y no falta algo de eso, por cierto, pero hay más referencias a Disney que “vulvas y anos”. Quizá esto se explique por el hecho mismo de que Fogwill solía trabajar (literariamente) una sexualidad antes genital que psicológica, por lo que estos textos de introspección no abundan en sueños de erotismo, los que, dice Fogwill, de haberlos “siempre sucumben por despertarme con su convite a una masturbación consciente y demorada”. Adorno anotaba cada mañana sus sueños. Fogwill también, pero hizo su libro no “con” ese material sino “a partir de” ese material: de ahí supongo el subtítulo: “Citas de mi diario de sueños”.
Citas. Quizá lo único que podría volver interesante para terceros un sueño ajeno sería su presencia en él. Como es imposible que en un libro ese sea el caso para los lectores, inteligentemente Fogwill opta por relatar sólo algunos sueños (varios, brevedad mediante, fabulosos, cautivadores) y también, o sobre todo, opta por pensarlos: los relaciona, los ausculta, los burla, los desarma o intenta fotografiar, los analiza (nunca taxativamente: “Nadie experimenta sueños de asfixia”, dice y agrega altiro: “Habría que consultarle a los asmáticos”), algunos los interpreta, otros los proyecta a la vida real o simplemente los desdeña, los deja tirados para hablar de otra cosa, para escribir. Para preguntarse, por ejmplo, por el origen de las caras desconocidas que aparecen en los sueños, las que no sabe si “son construcciones oníricas o evocaciones de caras vistas en alguna oportunidad”.
El segundo texto del libro parte con un sueño pero rápidamente deriva a una reflexión sobre el lugar donde lo soñó (o donde dormía cuando tuvo dicho sueño, más bien, porque el “dónde” suceden los sueños es algo que ni Fogwill se responde, y eso que mucho se lo pregunta), y el lugar donde tuvo ese sueño es un hotel en las afueras de Santiago de Chile, en las afueras porque la ciudad estaba tomada esa semana por Testigos de Jehová: una pesadilla real que bien podría haber estado protagonizada por schöenstatianos (que en Chile parecieran haberse multiplicado últimamente como en los 90 los Testigos de Jehová –creo).
A propósito de sus sueños (y alguno ajeno), entonces, o desde los marcos de la ventana tras la cual estos transcurren, habla Fogwill de la muerte y de los cementerios, del mar y la navegación, así como de lo que es o podrá ser la literatura del nuevo milenio: “Bastará anotar la pregunta acerca de la gama de colores imaginados por un daltónico. Responderla exigiría enfrentar los enigmas de qué es la literatura de los comienzos del siglo XXI”.
El libro –“leve” según el acertado decir de un amigo escritor muy conocedor de Fogwill– tiene un lote de imágenes exquisitas, impactantes, como aquella del cementerio-piscina de cadáveres flotantes en formol, que “se sumergían desnudos y flotaban a media agua en grupos de tres a seis que, por efectos del viento sobre la superficie, se desplazaban en círculos y caprichosamente se sumergían”. También tiene otras levemente cerdas y/o muy divertidas, como esa donde una lolita de 14 años de la que se ha enamorado le sonríe “levantando con la punta de la lengua la prótesis flexible que componía la totalidad de su dentadura inferior”.
Pero, ya está dicho, más que sueños relatados tiene este libro apuntes y pensamientos en torno a los mecanismos oníricos (habla por ejemplo de “sueños de retorno” para referirse aquellos en que uno vuelve a instituciones como el colegio). También de ciertas manos, modos y usos que en los sueños se dan. O cuando alguien, con sólo pasarle el dorso de su mano por la frente, le lee el pensamiento. Eso puede perfectamente suceder en los sueños, y con toda naturalidad, y Fogwill sabe transmitirla: no sólo enunciarla, sino transmitirla, esa naturalidad.
Creo que lo que pude echar en falta en una primera lectura es cierto desenfado fogwilliano, y no me refiero tanto a sus invectivas ni a sus atrevimientos temáticos: no al desenfado en lo que predicaba sino al de su castellano. Pero esto, pienso al releer los textos, es más bien una mera primera impresión, un espejismo o engaño, pues en estos textos, si bien menos salvaje, más sutil (no diré más maduro), Fogwill resplandece, como siempre, tanto por algunas de las ideas puestas en la página como por su estilo único, lleno de encanto, de dos puntos (:), de salidas inesperadas y “anomalías sintácticas” como aquella con que Neruda cierra su poema “Entrada a la madera”, donde uno al leer, como bien ha indicado Federico Schopf, esperaba otro verbo y el poeta descoloca metiendo el sustantivo “campanas”: “… y hagamos fuegos, y silencio, y sonido, / y ardamos, y callemos, y campanas”. Ese tipo de sorpresas brinda siempre Fogwill.
Cogotéandole el título al cineasta Michael Gondry, y teniendo a la vista que Fogwill alude ya en su título a una ventana, podría decirse que lo que por sobre todo hay este primer libro póstumo suyo es el eterno resplandor de una mente desquiciada, en el sentido de fuera de quicio, considerando que quicio según la RAE es, en primer término, la “parte de las puertas o ventanas en que entra el espigón del quicial, y en que se mueve y gira”.
Puerta o ventana que gira desquiciada, asomarse a la de Fogwill puede conducir a todas partes, a cualquiera, pero nunca a ninguna parte o al mero mundo de la fantasía ya que “tal vez los sueños sean lo social en estado puro”.


LA GRAN VENTANA DE LOS SUEÑOS
Fogwill
Alfaguara, 2013, 132 páginas

miércoles, 19 de junio de 2013

GIMNASIO

Presentación 
del libro
A mano alzada
de Germán Carrasco
la Chascona
Santiago
mayo del 2013





A mano alzada se abre con la sección “10 intentos de encuadre para Ti”. Me parece que esos diez textos –estampas, notas, crónicas, aguas-suaves, qué importa– se pronuncian y desenvuelven, en primer término, en un espacio de bruma, en una cierta oscuridad, pero no entendida como hermetismo ni zona turbia o porque sí inentendible sino, simplemente, como espacio donde el pensamiento avanza –a tientas– en lo incierto, pero avanza, eso sin duda, iluminando tenue pero precisa y preciosamente suelos nuevos y señalando puntos de fuga hasta entonces impensados. “Oscuridad –gimnasio del instinto”, se lee en “Calas blancas”, poema del mismo Germán Carrasco incluido en su libro Calas (del 2001). En ese gimnasio creo que se trabajaron estos intentos de encuadre. Donde esto quizá sea más claro es en el último de ellos, “Burnt Norton, una historia de amor”, donde nunca nada puede o quiere quedar del todo claro, y el lector no pisa suelo firme, pero a cambio ejercita –hacen gimnasia– ciertas intuiciones, por ejemplo la vieja intuición de que el tiempo no es una flecha que avanza sino una totalidad que se pliega y se repliega y se expande, y que la prosa puede funcionar también así, y que una mujer en un motel puede ser anciana y niña y joven a la vez.
En esta parte está también “Explico dos poemas”, ese texto donde se trabaja –es mi hipótesis, no un hecho– una inversión, o más bien una torsión o vuelco, del poema de Baudelaire “A una paseante”, donde el poeta se deslumbra ante la belleza de una mujer que pasa fugaz y lo mira. En la nota de Carrasco, en cambio, el paseante es el poeta, que se deja seducir y se detiene ante el espectáculo de una mujer mayor que riega la vereda casi fundida con la escena, un espectáculo “discreto, fino y sencillo”, para decirlo en palabras de Violeta Parra.
Estos textos, los diez primeros y casi todos los demás del libro, incluso los prólogos incluidos sobre otros autores, están escritos en primerísima persona, no tanto por ser autobiográficos, que en buena medida lo son, cuanto por el lugar desde dónde se los produce. Recuerdo cuando hace años entrevisté a Pablo Oyarzún y dijo algo respecto a la escritura en primera persona que yo extrapolaría, con ni tanta necesidad de acomodo o matices, al trabajo de Germán, algo relativo al trabajo de o desde un subjetivo. Decía Oyarzún: “Quisiera pensar que las más de las veces escribo a partir de mí: el ‘yo’ que acostumbro a emplear en mis textos (tiendo a hacerle el quite al ‘nosotros’ del filósofo, que incluye a todos sus auditores sin haberles consultado) es la marca de una pasión, de un enjambre de afectos, de un pensamiento que más funciona por su cuenta de lo que yo pueda obligarlo a hacer”. Hasta aquí la cita de Oyarzún, de la que yo subrayaría la reivindicación del subjetivo, entroncándola con un poema de Ruda, de Germán, que aboga por “una subjetividad sin alharaca” –y abogar es un verbo alharaco–. Oyarzún hablaba del yo como de “la marca de una pasión, de un enjambre de afectos”. Y creo que en las prosas de Germán opera un enjambre de afectos similar y, bueno, claro, también de desafectos. Es que nada de lo que está ubicado entre el suelo y el cielo le es indistinto, o entre el asfalto y el smog, al menos. Mucho le pica, harto le enchucha, otro tanto lo emociona. Por ello sus textos tienen, no siempre pero sí a menudo, un componente rosquero. No rockero, que es un adjetivo que yo no ocuparía para referirme a él, sino rosquero, en el sentido harto literal del que busca o produce atados. Es un elemento del que hablaré altiro para luego ir a lo que más me importa, porque una cosa es clara: ese ingrediente rosquero puede, para distraídos o lastimados, comerse o tapar lo más relevante de estas prosas, que estoy cierto no es eso, sino otra cosa. Pero primero voy a las roscas. Esto no es misa: no hay para qué –no hay cómo– comulgar con todas las distancias ni con todas las cercanías de Germán Carrasco, pero se puede disfrutar a veces, tanto en un caso como en el otro, de su exposición; cuando contra lo que Carrasco se lanza es contra el cliché, contra el acomodamiento mental y contra ese pensamiento que agudamente ha definido como brochagordismo. Un poco a la manera de Mellado, la pendencia funciona como delatora de falsas moralidades, de imposturas, de patudeces como la de “la sarta de frescos de los años setenta chupando champagne en París, Suecia, Alemania y desvalijando a los ingenuos europeos que pensaban que estaban colaborando con una causa cuando en realidad le estaban haciendo una kermesse gratis a una serie de barsas”. Va contra los calculistas. Y también hay un grado de refocilación en la invectiva. Él mismo dice algo en esta línea cuando escribe sobre el hip hop: “a veces simplemente hay algo hermoso en la camorra y en la expresión del malestar en un país tan escandalosamente asimétrico”. Pero, tomando distancia del engrupimiento hiphopero, dice luego: “creo que el camino es ser alegremente confrontacionales y no monótonamente quejosos”. En todo caso, hay que decirlo, no son los suyos diatribas ni enfrentamientos enteros contra alguien o algo, en general son menciones, repasadas y desdeñadas al paso, emanaciones de una prosa ladina, para ocupar el muy adecuado adjetivo con que Sergio Parra me comentó hace unos días este libro. También es cierto que en parte lo que Germán Carrasco hace es definir, por oposición, por contraste chocante, su propia poética, sus propias líneas de trabajo y exploración, en detrimento o menoscabo de otras. Y en eso deplora tendencias, revuelve. Pero, como ya decía, más allá o más acá o más arriba de las roscas hay, por cierto –por suerte–, otras cosas que hacen de esta mano alzada una a la que conviene atender. Por lo pronto, dos cuestiones. Primera, la plasticidad o gimnasia de esta prosa insinuante que cambia de velocidad con agilidad y se ralentiza o corre y cambia con fundidos, no con cortes ni a base de eso que el propio autor llama golpes bajos o golpes de estado. Segunda cuestión, el hecho de que estos textos, y en general todos los libros de Carrasco, contengan –y conviden, de hecho algunos yo los tomo aquí, ahora– muchos planteamientos, conceptos y puntos para pensarlos a ellos mismos, para criticarlos incluso. La cacareada autoconciencia, el metatexto y todo ese asunto, que aquí funciona ejemplarmente. Por ejemplo, el concepto que usa de emulsión sirve muy bien para describir, precisamente, lo que distingue a esta prosa: “la emulsión que lubrica el paso de un párrafo a otro, de una idea a otra, de una escena a otra”. Prima la emulsión, aunque en cualquier momento aparecen las ninjas en la página.
En la segunda parte de A mano alzada están los ensayos de corte más literario, de entre los que yo destacaría el que trata sobre la Mistral, otro paso en dirección a ese pensamiento que la Mistral misma puede originar –Patricio Marchant lo reclamaba, y también lo ejercía–. Un pensamiento sobre las cosas, sobre el mundo, pero que arranca en casos como este en el pensamiento de la Mistral misma. De la parte literaria del libro también habría que decir que da cuenta de la voluntad de Carrasco de no hablar de lo hablable, de no mirar derecho sino respetando su desvío del ojo, para renovar o ventear no tanto el espacio como lo que por él circula, no sólo comentando “sandías caladas”, opción que deplora explícitamente, sino hablando de todo. Del carácter casi aleatorio de su listado se puede dar cuenta mencionando de quiénes y en qué secuencia habla en esa segunda parte, llamada “Bloc garzón”: de Robert Creeley, de la Mistral, de la mexicana Carla Faesler, de Pezoa Véliz, de Gonzalo Rojas –a quien yo abiertamente considero que sobrevalora mucho al tiempo que sobrerechaza a Parra–, y de Shakespeare. Y al final cuelga una muy puntuda crónica sobre Méndez Carrasco y el feminismo.
Por cierto, como el hueveo es revuelto y no frito, no es esta la única parte donde la literatura es el tema; es solo que estos son textos de lleno abocados a un autor, pero en cualquier parte, por ejemplo en la cuarta, la materia, el asunto de estos textos, es la literatura misma (y el cine y la música), la literatura chilena muy especialmente, la que Germán encuentra últimamente muy asexuada, y razón no le falta.
Pero es precisamente después de esos prólogos, en esa cuarta y última parte, donde están aquellos textos que mejor podrían adecuarse a esa simple pero precisa definición de crónica como un relato personal del mundo hecho desde un sitio siempre específico: el que se pisa mientras se piensa y se escribe la crónica misma (hay una por ejemplo en la que Carrasco aparece, indeleblemente, tecleando encima de un balón de gas en un pasillo mientras sus sobrinas duermen). Ensayos en terreno, por llamarlos de otro modo. Es esta cuarta, también, la parte más abundante: ocupa, de hecho, casi 2/3 del libro, tres o cuatro dedos de la mano alzada, uñas incluidas, y admite lecturas a saltos o en uno solo plano secuencia. Poco, quizá nada, en el fondo, diferencia esencialmente los poemas de las crónicas de Germán. Decir esto puede rondar la nadería (o hundirse en ella plenamente), en tanto que de muchos que cruzan de género podría predicarse tal cosa fácilmente, pero me asisten en este caso particular, para hilvanar dicho pensamiento, varios hilos recios, de los cuales mencionaré dos o tres. Uno, el hecho de que una de las prosas de la primera parte, “Acerca de la muerte de dos perros guardianes y la congregación de quiltros”, originalmente esté incluida en Calas (2001), donde no desentonaba ni mucho menos sino que se fundía perfectamente (como la anciana esa que se mimetiza con su jardín regándolo) con el conjunto de poemas, pasando piola en esa fiesta como uno más. Quizá esa pura prosa permite suponer que este libro, que esta vertiente prosística de A mano alzada estaba ya contenida en el trabajo de Germán desde un principio, ya en el lejano brindis inicial.
Un segundo hilo posible para parar la tesis de cierta igualación o mismidad o semejanza radical entre prosa y verso en el trabajo de Germán lo deja caer él mismo en uno de los textos de A mano alzada que se llama “Cine, desempleo y cimarra”, y donde hacia el final, y de la nada, se lee: “tengo la tentación de separar las próximas frases en verso”. No lo hace, pero podría perfectamente hacerlo con los versos emprosados con que continúa, tal como lo hace en ese poema que en Ruda se ofrece, a modo de espejo biselado, con ligeras deformaciones, en una página en prosa y en la de al lado en verso: “Improvisación”, se llama ese poema, y da cuenta de lo inesenciales que pueden ser los intercambios de género en esta obra.
Y la tercera cuestión (hilo) a la que yo echaría mano a la hora de demostrar esa relación de vecinos con puerta abierta que mantienen sus escritos en prosa y verso, o esa relación de fachada continua y vericuetos interiores, para decirlo en imágenes suyas, es el tipo de comparaciones e imágenes que en sus crónicas utiliza, que están muy en línea con las de sus poemas. Pienso, por ejemplo, en aquella donde especula con el futuro de los malls, dando una imagen que perfectamente podría estar en sus poemas: “quizás van a ser fantasmas en los que solo se va a sentir el golpe de las tablas de skate sobre el suelo haciendo eco”. Bueno, este tipo de comparaciones alargadas no sólo me hizo pensar en su poesía sino en la de Lihn, que era muy de ese tipo de comparaciones, hechas como al paso pero que producen el duradero efecto de un fierrazo en la lectura. Es poco novedoso señalar aquí esta influencia, pero es inevitable, pues de allá en buena parte viene esta mano que se alza.
Este libro junto a Ruda me parece que hacen un díptico sobresaliente dentro de la obra de Germán Carrasco, una suerte de versión a escala de, justamente, ese poema reflejado de Ruda del que recién hablé. De A mano alzada me gusta la mixtura de su aire –que incluye de todo: pacos, libros, hospitales, manos, ropas, caballos, aviones, gimnastas, niñas, portadas, amigos (Raúl Zurita aparece a la vuelta de cualquier página, Juan Carreño en cualquier cerro), hay también veredas, avisos clasificados, oro y plata, lo mapuche, el aprovechamiento de lo mapuche, la infame remodelación de una casa Kulczewsky, etcétera–. Destaco su pesadez y su no pesadez, su vocación de deriva, su humor, como cuando habla de “esas imágenes con cámara que se mueve como culo de reggetonera”, o cuando dice: “Ni hablar de la famosa clase media, a la que todos dicen pertenecer… (En Chile) Nadie es de clase alta ni baja, suena feo al parecer (y encima la clase media no existe”). A propósito, aprecio mucho su concernimiento respecto a este país, “azotado por sismos y fascismos”, como dice. Ni panfletario ni capitalizador, simplemente destaco que sea, como he sostenido que Lihn lo fue, un poeta concernido, que piensa en y a y desde y hasta contra su país y su tiempo; admiro cómo su prosa divierte al tiempo que “refresca la gramática” y, en fin, considero importante lo que se acomete en A mano alzada, un libro desordenado (en sentido argentino), pues lo que se acomete es nada menos, pienso, que aquello que en sus mismas páginas respecto a otra cosa se indica: se amplía, en el ámbito literario nuestro, “el territorio, la reflexión y la fiesta”.


martes, 4 de junio de 2013


Lihn, gallinas y monstruos




















Foto: Alejandro Olivares

La gallina es un ser.
Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada.
CLARICE LISPECTOR

Ahora que se están por cumplir 25 años de la muerte de Enrique Lihn y algunos se preguntan qué hacer con él, pienso que, dada la creciente incumbencia de su trabajo, llegará pronto el día en que alguien se partirá la cabeza inventariando la enorme presencia del reino animal en su obra: lombrices, monos, leones, perros, gatos, tigres, vacas y camellos se pasean de ida y vuelta por sus páginas. Un conteo exhaustivo y una clasificación inteligente estoy seguro que darían cuenta de las coincidencias o semejanzas, en un punto casi esopianas, que este poeta supuestamente indiferente a la naturaleza veía entre las conductas, acciones y reacciones de animales y hombres, incluido él mismo, por cierto. En su cuento “Huacho y Pochocha”, por ejemplo, el narrador dice: “Siempre ha de ser más feliz un perro de la calle, entregado de lleno a su naturaleza, que un perro de circo condenado, en dos patas, a impugnarla”. Nadie podría pensar que Lihn fuese inocente o aleatorio a la hora de armar sus metáforas y de elegir los elementos de sus comparaciones.
En esa línea zoológica, abundan especialmente en sus textos los gallos y las gallinas, los que aparecen con las más diversas y extravagantes significaciones y funciones. Por lo pronto, Lihn tiene no uno sino dos excelentes poemas titulados “Gallo”, en uno de los cuales se lee: “Canta este gallo, el mismo, y yo: ¿soy otro?”; en el cuento “Los secos y los húmedos”, incluido en La República Independiente de Miranda, la desigual isla donde acontece todo se llama Gallina; en uno de los últimos poemas que escribió en su Diario de muerte, el poeta, que no andaba cómodo en las arenas confesionales, escogió una figura plumífera nada menos que para definir su posición frente a la muerte: “Todavía aleteo / con el pescuezo torcido y las alas en desorden”. También se me viene a la cabeza “Las gallinas”, una de sus tantas obras teatrales, que no llegó a estrenar ni publicar, dejándola olvidada en la casa de Gustavo Meza hasta que hace seis años su hija Andrea la desempolvó para montarla en el teatro de la Universidad de Chile. Por lo que vagamente recuerdo, las gallinas ahí no eran gallinas sino mujeres –chilenas– que se desplazaban al interior de una casa; eso sí, como gallinas cluecas en el gallinero.
Mucho más que el cisne rubendariano, la gallina lihneana nos concierne. ¿Y por qué gallinas? No lo sé. Me llama la atención nomás su recurrencia, le conjeturo algunos alcances. Quizá podría indagarse a partir de una pista que ese hombre concernido que fue Enrique Lihn dejó caer en una entrevista que en 1986 le hizo Pablo Azocar. Ahí, para hablar de la situación del país, Lihn ocupa el término monstruosidad, indicando algo que asombra hoy por su vigencia, al punto de parecer adivinación (poietomancia se le llama a esto), y que puede dar, además, algún indicio acerca del alcance de su fijación gallinera: “Aquí muchos de los monstruos son de cuello y corbata. Son monstruos que no se reconocen como tales, monstruos con la apariencia de amables y distinguidas personas, que hablan en los diarios y aparecen en la televisión. Sin darse cuenta, están en un sistema que les permite conductas aberrantes. Y lo hacen con toda alegría, por así decirlo. Chile, en definitiva, hoy es eso: una gallina con cuatro patas”.
“Se ha abusado de la palabra abuso”, llegaría a decir un cuarto de siglo después un representante de esos monstruos cuando la gallina de cuatro patas se hartó de estar regida por su ley del gallinero y empezó a mostrarles el pico. Ahora sólo falta que los monstruos se comporten como gallinas. Parecería una de esas esperpénticas obras teatrales de Lihn.