martes, 14 de mayo de 2013


GÓMEZ DÁVILA,
EL EXACTO CONTRARIO DE GARCÍA MÁRQUEZ
Este 18 de mayo se cumplirán 100 años del nacimiento del colombiano Nicolás Gómez Dávila, escritor y filósofo cuya obra, reunida hoy por primera vez en castellano, consiste en un ingente conjunto de aforismos –escolios los llama el autor, esto es, “notas que se ponen a un texto para explicarlo”– que alcanzan casi las 1500 páginas. Los publicó en vida en sucesivas tandas. Se lo pescó poco. Esta edición ofrece la oportunidad de conocer y abrumarse ante el que ha de ser uno de los pensamientos más poderosos y rudos del continente, y de los más concernientes (en el sentido del punctum fotográfico de Barthes, de “aquello que me punza”). Si a Gómez Dávila se le conoce poco y mal en el ámbito de habla hispana se debe en gran medida al carácter reaccionario e insolente de sus pensamientos, y a cierto provincianismo de los intelectuales del continente, pues su obra ya tiene suficiente crédito en otras partes. En los años 90 –para decirlo toda de una vez– Ernst Jünger expresaba ya su gran admiración por estos escolios.
Católico adinerado y sedentario ejemplar, Gómez Dávila se educó parcialmente en Francia, donde ayudado por una enfermedad larga estudió lenguas y literaturas clásicas. Luego volvió a Colombia, se casó, tuvo tres hijos y algunos amigos y se encerró en su biblioteca –30.000 volúmenes tenía en ella, y al centro el cuadro de una mujer con las tetas al aire– a leer y escribir, desarrollando, como dice Franco Volpi en su prólogo, “la biblioterapia como forma de vida” y trabajando en una obra que es el exacto contrario de la de su coterráneo García Márquez. Hay “dos maneras tolerables de escribir”, dice Gómez Dávila en sus textos de juventud: “una lenta y minuciosa, otra corta y elíptica”. Si García Márquez despliega su genio de la primera manera, Gómez Dávila lo hace, sin duda, de la segunda, en las antípodas de Macondo.
Llamó a sus aforismos Escolios a un texto implícito. El texto implícito debiera ser una obra central, y los escolios un poco lo que Parerga y paralipómena, de Schopenhauer, es a El mundo como voluntad y representación: la marginalia, las anotaciones, adiciones, enmiendas y puntualizaciones que orbitan dicha obra central. La diferencia, clara está, es que esa obra central, metódica, coherente, estructurada, Gómez Dávila se la saltó borgeanamente. Quizá saltar sea un verbo inadecuado. En un libro de ensayos de circulación restringida que publicó de joven (Textos) hay cuarenta páginas que son un “tratado de la reacción”, y hay quienes piensan que ese es el texto implícito al que sus escolios se remiten. Más bien, pienso yo, para Gómez Dávila el texto implícito al que se refiere su obra no es ya un tratado sobre el mundo sino el mundo mismo –“la totalidad de los hechos”, diría otro filósofo–. O bien lo implícito es una mirada sobre el mundo, una mirada tácita pues un tratado, por sus rigideces, no podría contenerla, a menos que se tratase –oh genialidad– de un tratado imaginario, es decir variable. Esto puede explicar el hecho de que muchos escolios sean, entre sí, contradictorios, excluyentes. Fueron escritos durante toda una vida. Si el mundo es cambiante y a menudo paradójico y el sujeto que lo observa es cambiante y a menudo paradójico, cómo no iba a serlo el pensamiento que por escrito pretende congregarlos. Cada página de este libro tiene en promedio unos ocho escolios. Por 1.400 páginas, da 11.200 escolios. Alguien podrá contarlos y rectificar la cifra, pero un dígito no cambiará el enorme alcance de estas miles de “gotas puras de lucidez”, expresiones de un pensamiento impertinente, demoledor, despreciativo en ocasiones e incluso humillador (cuando expone, en palabras de Volpi, “la dureza de aquello que nosotros no habíamos pensado”), hilarante también, virulento, afiladísimo, soberbio, iluminador, siempre estimulante, fino, irritante; todos estos adjetivos se hacen pocos, o demasiados, y como sea resultan inexactos –de los adjetivos dejó dicho el mismo Gómez Dávila que son algo así como meros sucedáneos del pensamiento–; quizá sea más apropiado entonces definirlo por negación. Nunca es fome. Nunca es blando. No es testimonial ni autorreferente, aunque su propia experiencia sea el sustrato de sus pensamientos, pero no su asunto. Nunca es tibio. Cálido sí, en la medida en que hace ver a la literatura como un refugio posible donde pasar nada menos que la vida casi entera, pero nunca tibio. En ocasiones es desatadamente arbitrario, nunca un latero ecuánime. Literario ante todo, siempre opera escrituralmente bajo el criterio de que ninguna idea es tan importante como para que no sea importante el cómo se la expresa.
Leerlo es ante todo una experiencia que sacude, se lo lea desde la coincidencia, la perplejidad o el furioso disenso. Aquí una digresión: le recomendé este libro a un amigo mayor, un lector muy agudo de literatura y filosofía, quien al día siguiente partió a comprarlo y a los dos días me llamó para decirme que este “huevón de mierda” lo tenía enfurecido y que quería poco menos que tirar el libro por la ventana, pues se sentía muy distante de su desprecio por el mundo y la calle, de su actitud altanera de erudito encerrado y platudo, de su postura de católico satisfecho. Le dije que yo jamás me desharía de un libro que tuviera sobre mí tal efecto. Un libro capaz de irritarme así, al contrario, lo pondría en el estante más a la mano, le dije. Estuvo de acuerdo, tras haberse desahogado. Creo que lo seguirá leyendo con furia, es decir con pasión, la que podrá mutar en placer.
¿Y contra qué despotrica, a todo esto, el malicioso Gómez Dávila? Aunque lo central no es contra qué sino cómo, con qué afilado poder de síntesis y sugerencia lo hace, habría que consignar entre sus principales blancos a la democracia, la modernidad y el progreso (“La sociedad del futuro: una esclavitud sin amos”), el marxismo (que “puso al servicio de los que no entienden las preguntas el más adecuado repertorio de respuestas”) y el liberalismo –pero en definitiva contra lo que arremete brutalmente son los clichés, las certezas y los convencimientos pagados de sí mismos que abundan en el mundo moderno, contra la imbecilidad, en fin–. Volpi lo llama en su prólogo un “Nietzsche colombiano” (y también sostiene livianamente que Gómez Dávila proviene de la nada, como si la cultura y la vida colombiana o latinoamericana fueran la nada y la europea el todo).
Ahora bien, en lo único que cree este Nietzsche cafetero es en Dios (“Todo fin diferente de Dios nos deshonra”). Todo lo que haya puesto el hombre entre el cielo y la tierra le produce sospechas. Es que la postura suya frente al mundo es la del ironista. Y dado que “la incertidumbre es el clima del alma”, lo que entiende Gómez Dávila por ironía no es una choreza baladí: “Si la ironía consiste en pensar que la verdad es precisamente lo contrario de lo que estamos pensando, pero que no basta invertir nuestro pensamiento para captarla –así como la acera de enfrente es aquella en que nunca estamos–, pido que se me admita como ironista”.
No recuerdo dónde leí que cuando a Borges lo increparon unos jóvenes, creo que en una conferencia en Chile, diciéndole que la palabra conservador con que se definía a sí mismo a ellos les daba asco, Borges respondió que con conservador quería decir simplemente escéptico. Gómez Dávila sería reaccionario (no conservador) en ese mismo sentido. “Pensar suele reducirse a inventar razones para dudar de lo evidente”, dice este cristiano contrariador en sus escolios, cuyo valor intrínseco es enorme, mientras que sus alcances e influencias dependerán de la capacidad de ponderación de quien lea: “Las frases son piedrecillas que el escritor arroja en el alma del lector. El diámetro de las ondas concéntricas que desplazan depende de las dimensiones del estanque”.
Estos escolios no se añejan, antes al contrario, y de hecho algunos se vuelven contingentes. Por ejemplo, a propósito de Antares de la Luz y su secta, este: “El mal que hace un bobo se vuelve bobería, pero sus consecuencias no se anulan”.


ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO
Nicolás Gómez Dávila 
Atalanta, 2012, 1407 páginas
Disponible en Metales Pesados



miércoles, 17 de abril de 2013

Ser niño "huacho" en la Camboya de Pol Pot
LOS JEMERECITOS ROJOS















1
Hace un tiempo –y durante un buen tiempo– estuve obsesionado con los jemeres rojos: con la historia, en detalle, de la guerrilla maoísta comandada por Pol Pot que, tras vencer en 1975 a la dictadura de Lon Nol, instaló en Camboya otra peor: la dictadura del jemer rojo, llamada Kampuchea Democrática, que duró hasta 1979 y que eliminó a 1,7 millones de camboyanos, niños incluidos, lo que representaba en ese entonces un tercio de la población nacional.  
Y ahora acaba de llegar a Chile La eliminación, un libro excepcional en varios frentes. Su autor es el cineasta camboyano Rithy Panh, que perdió a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus amigos, su casa, su infancia, el lenguaje, la ropa, todo menos la vida a manos de los jemeres rojos. Alejado de cualquier moralismo pero no de lo moral como horizonte de reflexión, Panh ha hecho un par de películas documentales –S21, la máquina de matar de los jemeres rojos está en youtube– y hace poco publicó este libro, La eliminación, que es un testimonio sobresaliente por sus cualidades narrativas y por sus múltiples alcances. Los cuatro años de los jemeres rojos fueron un periodo de la historia abundante en horrores, ensañamientos y sadismo, un genocidio que sorprende incluso a quienes tenemos inclinación por los textos que dan cuenta de los espantos y violencias del siglo XX, como el monumental Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, del historiador inglés Orlando Figes o, más a propósito, El régimen de Pol Pot: raza, poder y genocidio en Camboya bajo el régimen de los jemeres rojos, la apabullante investigación de Ben Kiernan que publicó hace dos o tres años en Buenos Aires la editorial Prometeo.
Los radicalmente antiburgueses jemeres rojos, hace notar Rithy Panh, estaban liderados por burgueses provenientes de familias acomodadas, formados en Francia, “donde estudiaron a Rousseau y Montesquieu, la Ilustración y la Revolución Francesa, y a veces a Marx”. En cambio, las milicias jemeres estaban integradas, en buena parte, por campesinos, muy especialmente por niños de entre 12 y 16 años, separados de sus padres y preparados en las montañas para eliminar, sin compasión, a todos los enemigos, con el objeto, nada menos, de “desmembrar la sociedad: desenraizar a los habitantes de las ciudades; disolver las familias; poner fin a las actividades anteriores, tanto profesionales como particulares; acabar de raíz con las tradiciones políticas, intelectuales y culturales y debilitar física y sicológicamente a los individuos”. Para tal propósito, los jemeres no se anduvieron con chicas: prohibieron palabras, generaron hambrunas, inocularon socialmente la delación, llenando Camboya de sapos, mataron a padres delante de sus hijos, a hijos delante de sus padres, prohibieron el uso de anteojos, el matrimonio por amor, la ropa de color, el pelo largo, el pelo rapado… ¿Por qué prohibieron usar anteojos? Por ser señal de aburguesamiento. Pienso que en el hecho de que las milicias las integraran niños puede encontrarse una explicación a que el terror haya sido aplicado con tal descomedimiento. Sólo niños-adolescentes adoctrinados perversamente, pienso, pudieron llegar al extremo de lanzar guaguas contra los troncos de los árboles.
La eliminación no es sólo un testimonio; es un libro que tiene cuatro patas –de ahí su solidez, su firmeza más bien– o cuatro cuerdas que bien tensadas lo sostienen: primero, el propio relato autobiográfico que hace Panh, que para ese entonces tuvo de 11 a 15 años, de la crueldad sin límites a que llegó ese régimen cuyos agentes eran en buena parte estos niños criminalizados (hay uno que tortura a su abuelo, otro que delata a su madre); segundo, los muchos y muy apabullantes documentos y datos que ha recabado Panh durante años; tercero, las reflexiones valientes y agudas en las que se interna; y cuarto, los extractos de las muchas horas de entrevista que, “sin miedo y sin odio”, el propio Panh le hizo hace poco a Duch, el jefe del S21, uno de los mayores centros de tortura y exterminio de los jemeres. Un Manuel Contreras camboyano (pero marxista, lo cual no es en rigor cierto. Los jemeres no eran marxistas sino asesinos desquiciados que incluso despreciaban a los chinos maoístas por blandos).
Estas cuatro cuerdas del libro no son cuatro capítulos, sino que están enmarañadas, intercaladas, a ratos fundidas. La pata testimonial, que debe ocupar menos de la mitad del libro, es sólida y no cansa como pasa a menudo con la testimonialidad básica, pues Rithy Panh tiene fina memoria, buena prosa, inteligencia y un gran sentido del corte y el ensamblaje (es cineasta). De los numerosos hechos de que da cuenta, tres me parecen inolvidables. Primero, uno no terrible: la vez que junto a otros sobrevivientes encuentra hachís cerca de un hospital y lo prueba, entrando en un largo delirio acompañado de carcajadas imparables, imparables incluso cuando el director del hospital, un severo jemer rojo, lo pilla y se enfurece. Segundo, el caso de unas mujeres secadas, es decir, mujeres a las que se les extrajo toda la sangre, para usos ignotos, dejándolas literalmente secas, muertas. Y tercero, la historia de un padre que, tras la muerte de su mujer, cuida a su hija de cinco años mientras trabaja la tierra. De pronto encuentra dos caracoles, los que le muestra a la niña con orgullo y felicidad, pues en plena hambruna constituían “un verdadero tesoro”. Pero fue cachado por un jemer rojo fondeándoselos en el bolsillo, lo que lo convertía en un individualista, esto es, en enemigo. Entonces lo golpearon y amarraron a un poste. “Pasaron las horas, la temperatura se volvió insoportable. El hombre gemía. Las hormigas trepaban por su cuerpo, a cientos y luego a miles. Invadieron su boca y su garganta, sus orejas y sus ojos. El hombre se retorcía y gritaba tanto como podía y se desplomó”, muriendo frente a la niña.
La parte documental, una pormenorización del proceso de exterminio no agobiadora (es de hecho la cuerda que menos espacio ocupa en el libro), incluye citas al “Cuaderno negro de Duch”, un registro que éste llevaba de cada uno de los interrogatorios a que sometían a los prisioneros del campo que dirigía, cuaderno en el que de su puño y letra anotó indicaciones bestiales sobre las torturas requeridas o las medidas a tomar con tal o cual prisionero. Con esos documentos, Pahn le encara sus contradicciones a Duch, que, a todo esto, hoy pasa sus días preso y convertido al cristianismo.
También queda documentada, fugaz pero suficientemente, la vinculación con los jemeres rojos de Jacques Vergès, el abogado del terror que, aparte de haber tenido una fraterna relación con Pol Pot, defendió en los tribunales a Khieu Samphan, un jemer del Comité Permanente, juzgado en Camboya hace poco. Vergès es conocido como el “abogado del diablo” por defender a tipos como el nazi Klaus Barbie (que se había fondeado en Bolivia), el serbio Milosevic…, si hasta se ofreció como defensor de Sadam Hussein, siempre enfrentando los juicios con defensas sólidas cuando no con sus famosas estrategias de ruptura –no reconocimiento del orden bajo el cual se es juzgado–. Y es célebre también Vergès por el documental que sobre su persona hizo hace unos años Barbet Schroeder (El abogado del terror). A Rithy Pahn no le causa gracia alguna este sujeto, menos cuando, durante una de las audiencias contra Samphan, y mientras el juez comienza a hablar, Vergès “le vuelve la espalda ostensiblemente y mira a la sala... ofrece un espectáculo. Burlas. Imágenes para la televisión. Provocación, ruptura”. Vergès impugna la teoría de que lo de los jemeres rojos haya sido un genocidio. Vergès es un provocador que, hay que decirlo, tiene una mente tan brillante como pérfida y es autor del legendario libro Estrategia judicial en los procesos políticos.
Volviendo a La eliminación, es la parte reflexiva la más sorprendente, por lo intrépidas y lúcidas de las posturas de Panh, por su entereza alejada de todo afán manipulador y de toda moralina barata. Se plantea en la siguiente postura: “Quiero comprender, explicar y recordar, y precisamente en ese orden”, “Mi combate ha consistido en entrar en los más ínfimos detalles y verificarlo todo”, a fin de que los hechos históricos no sean contestables; y al tiempo va citando, con letal efecto, pronunciamientos setenteros de Alan Badiou,  Chomsky y otros respecto a los jemeres rojos, ideas que hoy resultan patéticas, extraviadas, como lo fue en general, a su juicio, la postura de la intelectualidad francesa respecto al régimen de Pol Pot. Y sobre todo se opone Pahn al “sentimiento contemporáneo de que todos somos verdugos en potencia, ese fatalismo teñido de inteligencia”, dice.
Al leer eso recordé una columna que el 2009 publicó Cristián Warnken en El Mercurio y en la que decía algo tangencial: “No fue el conscripto José Paredes Márquez el que mató a Víctor Jara. No. Lo maté yo y lo mataste tú, lector, porque preferiste no oír sus desgarradores gritos en el Estadio Chile, que segaron su voz cantora para siempre". La tesis de la banalidad del mal yo me la he comprado siempre, pero que todos hayamos sido asesinos de Víctor Jara ya es otra cosa, para mí una cabeza de pescado. ¿Por qué? Porque como dice el mismo Pahn, existe o puede existir también una “banalidad del bien”, de hecho es la fórmula con que él se refiere (y homenajea) a su padre, que sin ser crítico, héroe o mártir resistente, simplemente “se encerró en el lenguaje”: comenzó a murmurar, luego dejó de hablar, de comer, y murió. “En nuestras sociedades democráticas, el hombre que cree en la democracia nos parece ordinario. Incluso aburrido. Por ello, en mi despacho tengo ante mí un retrato un poco amarillento de mi padre: que haya una poderosa banalidad del bien. Esa será su victoria”. No resistir no implica necesariamente complicidad ni menos culpabilidad; no cooperar, no sumarse, en cambio, sí constituye un acto moral, de baja intensidad pero moral. No todos eventualmente aceptarían manejar, está diciendo en el fondo Pahn, esas maquinarias de eliminación humana que son los totalitarismos. No siempre, cree, todo se debe a simples cumplidores de órdenes, menos en los niveles de un Duch (o de un Eichmann, o de un Marcelo Moren Brito, por tirar una línea chilena). Sin ahondar demasiado –todo hay que decirlo–, Pahn toma así distancia de lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal, aunque reconoce la posibilidad de estar acotando (simplificando diría yo) los valientes y agudos alcances de lo que Arendt expone en Eichmann en Jerusalén. Lo siguiente es, comprimido, lo que Pahn argumenta: “La banalidad del mal: la fórmula es atractiva y permite todos los contrasentidos. No me fío. Es cierto que el hombre banal de Arendt banaliza el mal con sus palaras y su visión. Entiendo por ello ‘banalización del mal’, como si sólo hubiera funcionarios o eslabones en el proceso de exterminio. Como si sólo hubiera oficinistas. Como si no hubiera responsable ni proyecto (…) No niego que algunos verdugos puedan ser ordinarios o que un hombre ordinario pueda convertirse en un verdugo. Creo, sin embargo, en la unicidad del individuo”.
Pienso que Arendt no apuntaba a exculpar al individuo, sino más bien que indicaba y describía y examinaba –reportaba, informaba– la banalidad que puede haber tras los grandes operadores del mal, como Eichmann, y en este sentido también como Duch. Lo que Arendt indica entonces es la evidencia de que muchas veces tras esa maldad infinita no hubo voluntad ni decisión ni nada sino, ante todo, una terrible banalidad, “ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”. Yo pienso que Rithy Pahn no se rebela tanto contra la sólida tesis central de Arendt cuanto contra la consecuencia de ella. Es decir, se rebela contra esa impotencia del pensamiento y las palabras frente a tal banalidad. Y por esa rebeldía, justamente, es que Panh hizo lo que hizo con Duch: entrevistarlo en largas sesiones, conocer sus razones, encararlo. Pero Panh piensa que piensa otra cosa: “Ni sacralización ni banalidad del mal. Duch no es ni un monstruo ni un verdugo fascinante. Duch no es un criminal ordinario. Duch es un hombre que piensa. Es uno de los responsables del exterminio”. Como sea, el acercamiento cámara en mano que hace al verdugo es, por lo muy pronto, bastante inédito. Alguien podría decir que es similar a lo que, para no ir tan lejos, Carmen Castillo hizo con la flaca Alejandra o con Osvaldo “Guatón” Romo en sus valiosos documentales, y sí, es similar en la medida en que hay un verdugo extremo entrevistado por una víctima (o cuasi víctima en el caso de chileno), pero la diferencia radica en la conciencia que hay detrás, que en el caso de Rithy Panh es crítica, filosófica, mientras que en el caso de Castillo es insoportable, con un buqué a superioridad y posicionamiento histórico que genera distancia, lata.
Estas cuatro vetas o fuentes están articuladas en el libro de Pahn con excelente trabajo de montaje (supongo que en esto, así como en la prosa convenientemente lacónica, jugó un rol importante el novelista francés Christophe Bataille, colaborador en la autoría del libro). Del trabajo de montaje, aunque refiriéndose al documental que hizo sobre Duch más que al libro mismo, dice Panh: “Duch tiene un punto flaco: no conoce el cine. No cree en las repeticiones. Ignora que el montaje es a la vez una política y una moral”.
Respecto al lenguaje en los tiempos jemeres, Pahn se muestra particularmente sagaz a la hora de observar lo que sucede. De partida el lenguaje facial era elocuente: cuando asumen, dice Panh, lo más inquietante fue que “los revolucionarios no sonreían. Pronto vi sus miradas, sus mandíbulas apretadas, los dedos en los gatillos. Ese primer encuentro me asustó sobremanera por la total ausencia de alma”. Luego toma nota (mentalmente) de cómo los jemeres comienzan a usar neologismos, a remplazar los nombres por números y códigos, a desarrollar una “lengua sin diálogos, sin intercambios, una lengua derivada, violenta”. Y cómo, en un giro que el mismo Pahn califica de genial, los jemeres rojos le dieron a la clase odiada y enemiga, la burguesía, “un nombre cargado de esperanza”: la llamaron nuevo pueblo, en contraste al antiguo pueblo, vinculado a la antigua civilización jemer y compuesto únicamente por campesinos y obreros. Ahora bien, como los dirigentes jemeres eran burgueses, enrejados en su propio lenguaje debieron inventarse una curiosa nomenclatura para no quedar automáticamente en el bando del nuevo pueblo: se denominaron “técnicos de la revolución”, tercera y última vertiente social del pueblo antiguo.
Como “en el marxismo jemer todo se basa en la lengua”, los jemeres no escatimaron creatividad a la hora de crear consignas y cantos, algunos muy rabelesianos: “La gente del nuevo pueblo no aporta más que su vientre lleno de mierda y su vejiga llena de meados”.

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Hace un tiempo –y durante un buen tiempo– estuve también obsesionado con el género literario de los testimonios, muy mirado a huevo por cierto sector de la academia por supuestamente correr con desventaja respecto a la ficción, como si la relativamente baja cantidad existente de testimonios con valor literario se debiera a las posibilidades y alcances de este género en sí mismo y no al hecho de que la mayoría de quienes lo practican son, cuando mucho, redactores amateurs o simples aficionados que dan cuenta de una experiencia equis, más o menos traumática. Pero resulta que cuando quien escribe posee un dominio de la lengua, una imaginación constructiva y sentido del detalle y las relaciones, y gracia y arrojo reflexivo, es decir, cuando quien escribe escribe, los resultados pueden ser excelentes, superiores a una ficción referida a lo mismo. Casos hay y no pocos. Primo Levi con Si esto es un hombre es una de las cimas más vistosas. Otro, El infierno de los jemeres rojos (Libros del Asteroide, 2010), de Denise Affonco, el testimonio duro, rudísimo, de una también sobreviviente de los jemeres que vio morir a su hija de hambre sin poder hacer nada. Una especie de Odisea negra del hambre. Terminado el régimen en 1979, Affonco volvió a Francia y muchos académicos e intelectuales de izquierda no le creyeron lo que había hecho Pol Pot, ese referente amigo.
La eliminación es un libro valioso e importante en la medida en que amplía los alcances, las posibilidades de un género, el de base testimonial, que sumando y sumando exponentes y variadores irá, de seguro, ganando espacio entre lectores y críticos, como ya lo ha venido haciendo, de hecho, entre los editores, y no, o no sólo, entre los mercachifles, sino también entre algunos de los mejores, que son los que se están haciendo cargo de publicar debidamente este tipo de textos, como Hans Magnus Enzensberger o Jorge Herralde.
Una cuestión más. Hay una historia, contada por Pahn en menos de una página, que da buena cuenta del tenor narrativo del libro y, también, de la locura extrema que se vivió en Camboya. Cuenta que, investigando, supo que ciertas minorías del norte del país huyeron del régimen fondeándose en la jungla, en la que ni los salvajes jemeres se atrevían a meterse: “Vivieron ocultos, olvidados por todos. Aprendieron a sobrevivir sin nada, a pesar de los animales salvajes, las serpientes y las arañas, a pesar del clima y de la humedad. Cultivaron cuanto pudieron, cazaron, comieron cortezas, raíces y pescados. Se curaron. Se casaron. Tuvieron hijos. Por supuesto, vivieron sin electricidad, sin agua potable, sin médicos, sin papel, sin libros. Sin nosotros, me atrevería a decir”. El 2009, uno de ellos fue a dar a un pueblo. “Se quedó estupefacto al descubrir que los jemeres rojos se habían ido”. Hoy, esos hombres y mujeres están en el difícil trance de reconectarse con la asombrosa modernidad y, cuenta Pahn, pasan enfermándose, “a pesar de haber sobrevivido treinta años en la selva”.


LA ELIMINACIÓN
Rithy Panh
Anagrama
2013, 220 páginas

jueves, 4 de abril de 2013


LÍNEAS CONTINENTALES

Cuando releo pedazos de la muy documentada “Parte de los crímenes” de 2666 de Roberto Bolaño y recuerdo los espeluznantes detalles a los que puede dar forma el ensañamiento humano (mujeres violadas hasta por el ombligo, que ha sido previamente tajeado, por ejemplo); cuando a instancias de un amigo demente me pongo a mirar las fotos y los videos del mexicano y sanguinario blogdelnarco.com, y también cuando me quedo pegado viendo algún capítulo de Pablo Escobar, el patrón del mal; cuando leo “Los muertos”, el poema de la mexicana María Rivera, pero sobre todo cuando en youtube la oigo a ella misma leyéndolo en el DF, con su vozarrón fuerte y duro pero a la vez provisto de una inmensa dulzura, ante una multitud crecientemente atenta: “Allá vienen / los descabezados,/ los mancos, / los descuartizados, / a las que les partieron el coxis,/ a los que les aplastaron la cabeza, / los pequeñitos llorando / entre paredes oscuras / de minerales y arena”; cuando leyendo a algunos de los mejores narradores latinoamericanos en activo, como el hondureño Horacio Castellanos Moya, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa o el brasilero Ferréz (o Rubem Fonseca, para mayor rotundidad), me entero de más y más minucias sobre las desatadas formas que puede tomar la violencia y el terror en el continente; cuando a propósito de los 40 años del 11 de septiembre de 1973 reviso algunos de los mejores libros testimoniales o documentales que sobre el periodo que siguió a ese día negro se han escrito (muchos de los cuales han sido reeditados en los últimos meses, siendo clave Tejas Verdes de Hernán Valdés); cuando, en fin, recorro literal o literariamente este continente de lado a lado o de arriba abajo –y sobre todo en su centro–, capto mejor, más hondamente, el sentido de ese formidable y exagerado poema de Rubén Darío en el que se refiere a América como a “una histérica / de convulsivos nervios y frente pálida”. El poema es de 1892, se llama “A Colón”, está incluido en El canto errante y termina así: “Duelos, espantos, guerras, fiebre constante / en nuestra senda ha puesto la suerte triste: / ¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante, / ruega a Dios por el mundo que descubriste!”. El punto de distancia con el desaliento rubendariano, eso sí, lo obtengo justamente porque esa “histérica de convulsivos nervios” ha engendrado, también, a Rubén Darío, Roberto Bolaño, Rubem Fonseca, Horacio Castellanos Moya, María Rivera, Juan Gabriel Vásquez, etcétera. 

miércoles, 20 de marzo de 2013


LA FIESTA BRAVA DE MARIO BELLATIN




No se sabe ni se sabrá nunca con seguridad si el mexicano Mario Bellatin es un autor autobiográfico o no, o hasta qué punto lo es y desde qué punto es un elucubrador, un simulador de autobiografías posibles e imposibles, casi siempre terribles. Más relevante es lo que puede haber tras esa voluntad de confusión. Alan Pauls, en su ensayo “El arte de vivir en arte”, toma el trabajo de Bellatin, de César Aira y de Héctor Libertella para ejemplificar lo que entiende por “literatura expandida”: aquella que, echando mano al cruce y la confusión con la vida y con otras artes, rehuye a toda costa la suficiencia o el ensimismamiento literario. Una obra que se opone a cualquier tesis posible acerca de la especificidad de la literatura, liberándola “del cepo de lo propio para arrojarla a un más allá donde se disuelva por fin en la vida”. Una literatura, pues, de avanzada, que reorienta los esfuerzos por hacer y por comprender el arte literario: “¿Qué es lo que le importa a Bellatin de la literatura? No ‘las palabras en sí’, dice; no el ‘contenido de las historias’, sino definir las ‘reglas del juego’ de un sistema del que las obras serán apenas manifestaciones accidentales”, escribe Pauls.
Y efectivamente, si bien con frecuencia Bellatin da indicios para pensar que él y su vida son la materia de sus libros, una lectura más atenta indica que a su propia biografía más bien la despedaza, la exagera, la deforma: la mutila en función de esas reglas que quiere establecer. No le interesa el autor al autor. O le interesa pero para difuminar su identidad o, derechamente, para desintegrarlo en la obra. Hay una escena en su novela Damas chinas que, no siendo ni de lejos la más brutal ni llamativa suya, nunca se me ha olvidado: una mujer viaja junto a su marido en barco y al segundo día un tripulante grita que se han caído al mar dos vacas de la bodega: “Estaban, más o menos, a diez metros del barco. Nadaban moviendo las patas delanteras rápidamente. Algunos pasajeros propusieron que el barco se detuviera para rescatarlas. Nadie les hizo caso. Aquel espectáculo duró cerca de quince minutos. Pasado ese tiempo, las vacas no eran sino dos puntos en la lejanía”. Algo así hace Bellatin en sus libros con su biografía y con su identidad; a medio camino las deja ir, convirtiéndolas, también, en dos puntos en la lejanía, no importantes. Habría que agregar, eso sí, que Bellatin puede volver –vuelve– en cualquier momento por esas dos vacas.
Pienso en todo esto a propósito del último libro que Bellatin ha dejado caer desde Sexto Piso Editorial: El libro uruguayo de los muertos. Pequeña muestra del vicio en el que caigo todos los días. ¿Qué novedad puede tener el libro número cuarentaitanto de Bellatin? Por lo pronto es el más extenso que ha publicado. Y aquel donde, de alguna manera, están incluidos o al menos referidos, guiñados, casi todos sus anteriores trabajos. Pero, mucho más que eso, Bellatin demuestra aquí que tiene muñeca para seguir girando, en cualquier sentido o contrasentido, la tuerca de la que pende su incomparable universo narrativo –“los misterios se hacen cada vez más insondables”–, porque eso sí que se puede decir con toda seguridad: Bellatin es creativo en grado superlativo y es, también, un soberbio constructor de eso que se suele llamar universo literario: un horizonte de posibilidades narrativas amplísimo y en permanente ensanchamiento. Y no se trata de un universo cuyos puntos cardinales estén dados por temas y personajes, lugares y estilos (como en García Márquez u Onetti, por poner dos casos admirables), sino por aires (o auras) y condiciones.
No se me ocurre en Latinoamérica un autor vivo cuyas tramas sean más difíciles de referir que las de Bellatin. Quizá porque el principio rector de su obra sea aquello que el narrador de este nuevo libro le dice a la misteriosa interlocutora a la que se dirige durante las casi trescientas páginas que le escribe: “La realidad es inmanente y se viven en simultáneo todos los tiempos y todos los espacios”. Tal vez esto explique o fundamente las flagrantes reiteraciones, las constantes reversas y desmentidos o contradicciones, las mínimas variaciones de lo mismo o los saltos que se pega a cada rato el narrador de Bellatin, que en este y en todos sus libros es ambiguo en su perspectiva y en su relación con los hechos y dilata los límites entre lo raro y lo fantástico, lo sagrado y lo banal, lo extraordinario y lo común, a tal punto que, por ejemplo, son los elementos infiltrados del mundo real los que producen extrañamiento en la lectura: descoloca la mención de marcas como Coca Cola, Converse All Star o Mayonesa Hellmann’s, pero no la existencia de realidades paralelas ni el hecho, por ejemplo, de que una antigua escuela de música siga produciendo sonidos años después de haber sido cerrada. Un efecto parecido producen los cuentos de Silvina Ocampo, por tirar una posible línea continental. Las subyugantes atmósferas de extrañeza que pueblan sus libros (“una realidad fantasma. Un espacio donde las normas eran otras”, se lee) se parecen a aquellas que hay en las novelas que integran la Trilogía involuntaria de Mario Levrero, especialmente la última, El lugar, por tirar otra posible línea continental.
Bellatin lleva al lector con frecuencia a retroceder en la lectura para hacer memoria y conectar hechos, sujetos, formas o libros. U obliga a parar simplemente para rumiar lo leído. Es más: es una escritura que puede agotar al lector, hervirle la cabeza, pero jamás aburrirlo, una escritura que busca (que a veces necesita) ser leída de una manera distinta al corriente método “de principio a fin”. Una literatura que lleva constantemente a reparar. Por ejemplo a reparar en que lo que se está leyendo ha sido leído, idénticamente o apenas con ligeras variaciones, dos, cuatro o doce páginas antes, en el mismo libro, pero con otro sentido, un poco a la manera en que distinto sentido tenían las mismas palabras de los Quijotes de Cervantes y de Pierre Menard que Borges compara en un famoso cuento. Obra permanentemente reflejada y refractada en sí misma, la narrativa de Bellatin parece una telaraña cosida por una mano natural y otra artificial. Además, es una obra especialmente autoconsciente, preocupada siempre de ir visibilizando cómo se va sosteniendo. El mismo narrador no solo se detiene y piensa en lo que está narrando y sobre todo en cómo narra lo que narra, sino que además se antepone a las elucubraciones del lector: las propicia, las matiza, las burla. O las corrobora, a veces. La lectura de El libro uruguayo de los muertos puede resultar agobiante si no se está mínimamente habituado al autor y quizá no sea, por lo mismo, la mejor puerta de entrada a Bellatin. O quizá sí lo sea –¿cómo saberlo si ya no se le entró por ahí?– porque el libro tiene una serie de escenas que están entre lo mejor que Bellatin se ha despachado (como la de su abuelo, sin brazo a causa de la diabetes, manejando una moto Vespa). Y el largo aliento de este libro tiene el efecto distintivo de hacer resonar más duraderamente lo narrado en la cabeza de quien lee, socavando por un espacio de tiempo mayor su sentido de realidad. Y es pródiga en imágenes novedosas, sorprendentes, unas pocas cómicas: “Un auto convertible lleno de psicoanalistas mediocres en su interior”.
Siendo su título un elemento más de la incertidumbre reinante, El libro uruguayo de los muertos contribuye, como dice el propio narrador respecto a cierto alcance del sueño de un niño musulmán, a “mantener el espíritu de la fiesta brava”. Ese espíritu tiene que ver con la explosión de los sentidos (en el sentido de facultades perceptivas y en el sentido de direcciones lógicas), una fiesta brava y explosiva en la que abundan la violencia, los sueños que replican la realidad, los animales, los amigos escritores latinoamericanos y ciertos muñecos perturbadores como el que ilustra la portada de este libro, fotografiado por el propio autor.
En su afán por llevar la literatura y sus alcances a puntos impensados, Bellatin ha realizado congresos con escritores falsificados, impresiones artesanales de sus propios libros, apropiaciones de textos y timbres ajenos. En el caso de este nuevo trabajo ha engendrado un “libro-fantasma”. En la faja que cubre la edición se informa que quien quiera recibir un “libro-fantasma” de El libro uruguayo de los muertos debe escribir a tal correo. Lo hice y a los pocos días me llegó un mail (“Le adjuntamos el libro fantasma. Que lo disfrute”, decía) con un pdf con textos del libro y fotos de lo referido en él. Nuevamente Bellatin ha hecho del asunto editorial, supuestamente externo a la literatura, una parte clave de ésta. Si ya con los Cien Mil Libros de Bellatin había puesto en cuestión la circulación del libro como algo ajeno a su condición de obra, ahora lo que hace, según escribe él mismo en este libro-fantasma, es que la editorial, “en lugar de aprisionar la información, convirtiéndola en un coto cerrado, sirva como verdadero vehículo de aceleración y distribución real de las ideas”. Invasión artística de la vida, esta fiesta brava no termina nunca. 

Marzo 2013.

EL LIBRO URUGUAYO DE LOS MUERTOS
Pequeña muestra del vicio en el que caigo todos los días
Mario Bellatin
Editorial Sexto Piso
2012, 276 páginas

jueves, 14 de marzo de 2013


FONTANARROSA Y EL ESCALÓN









Supongo que como todos quienes consideran que los relatos de Fogwill se cuentan entre los más extraordinarios que se han escrito en Argentina (por no decir en este continente entero), me llevé una sorpresa al leer en la edición de sus Cuentos completos (Alfaguara, 2009) que el prologuista, el crítico argentino Elvio Gandolfo, reconociendo por supuesto dicha superioridad, sitúa a Fogwill en un parnaso –el “primer escalón” de la cuentística argentina– que compartiría con Borges, Arlt y –para mi sorpresa– Roberto Fontanarrosa. Desconcertado por esa alusión a quien yo sólo tenía como maestro del humor gráfico argentino, creador de Boogie el aceitoso y del genial Inodoro Pereyra, pero no como un cuentista al que se le pudieran prodigar celebraciones tan elocuentes, me puse a pesquisar más referencias. Y en esos afanes encontré un texto del crítico Daniel Link que reitera el énfasis gandolfiano: “Es en el relato breve, que cultiva prolijamente, donde Fontanarrosa (como Quiroga, como Borges, como Aira) brilla sin límites en el firmamento de las letras argentinas”. Y luego pillé tres alusiones más, ya no de críticos sino de narradores. La primera era de Guillermo Saccomanno, que atinadamente comparaba su figura literaria con la de Mark Twain. La segunda, un elogio al paso proferido por César Aira en el remoto tiempo en que ejerció despiadadamente la crítica literaria. Y la tercera, la más importante para mí en cuanto quien la profería era nada menos que el grandísimo Fogwill, era el siguiente comentario suyo recogido en el diario La Voz del Interior: “Fontanarrosa es uno de los mejores narradores argentinos del siglo 20. Pienso que hay unos diez relatos que son obras maestras, de lo mejor que se escribió en la Argentina”.
Ahí paré de buscar: ya no eran precisas más referencias, que de hechos las había, sino evidencias, es decir los libros de Fontanarrosa propiamente tal, que no los había porque ya no circulaban, ni las ediciones originales publicadas por De la Flor ni la compilación en dos volúmenes que hizo Alfaguara hace una década. (Esto debido en parte a un litigio aún vigente entre el hijo y la viuda de Fontanarrosa, un jodido gallito judicial en el que está metida también la ex editorial del autor y que, entre otros coletazos, tenía en punto muerto la reedición de su obra e inédito el libro de cuentos en el que Fontanarrosa trabajó hasta su muerte: Negar todo. Para quien se interese en los pormenores del caso, la prensa argentina en internet ofrece una buena cobertura. Lo que incumbe aquí es que, mientras se lleva a término el largo pleito, ha surgido, por una movida del hijo del autor, la ocasión de entrarle de lleno a la narrativa de Fontanarrosa, pues acaba de llegar El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos, su primer libro de relatos, publicado originalmente en 1982 y cuya reedición marca el arribo a Chile de la Biblioteca Fontanarrosa de editorial Planeta, la que incluirá sus tres novelas y sus nueve libros de cuentos, de los cuales ya han llegado los dos primeros: el susodicho y No sé si he sido claro, de 1985.)
El libro El mundo ha vivido equivocado debe su título, como gustaba el autor, a uno de los cuentos que lo integran: el primero, de hecho, y quizá el mejor o, al menos, uno de los que más placer provoca en su lectura y de los que más resonancias y risas deja dando vueltas en la cabeza. En una entrevista que puede verse en youtube, Fontanarrosa dice que originalmente era el capítulo primero de una novela que no pudo o no supo o no quiso seguir y que optó, pues, por convertir en un cuento. Un cuento sobre la amistad, un diálogo lleno de detalles finos y de afilada crítica a través del humor y la levedad.
Quizá el mayor reparo que se le puede hacer al conjunto es, justamente, lo disconjunto, lo disparejo que resulta el total de 29 cuentos que lo integran, pero la verdad es que Fontanarrosa, más que articular libros de relatos en torno a algún eje, publicaba simplemente cada tanto colecciones de los cuentos que se le iban acumulando en el escritorio, sin mayor orden ni concierto que la cercanía temporal entre ellos (Fogwill, de hecho, también dijo que Fontanarrosa “tenía una especie de obcecación futbolera en no reflexionar sobre lo que había hecho en literatura”). Como sea, este primer libro ofrece un par de cuentos sobresalientes, brillantes, que se alinean muy bien a la hora de acreditar lo dicho por Fogwill, Link y Gandolfo, como es el caso del corrosivo y borgiano “La columna política” o del brevísimo e ingenioso “De la literatura nipona”. Y hay que decir que, aunque descuidado algunas veces, hay momentos en los que Fontanarrosa logra un fraseo, una prosa formidable en su aparente sencillez. Por ejemplo: "De un primer vistazo a vuelo de pájaro el buen entendedor puede arribar a conclusiones más que contundentes con el solo recurso de apelar a un elemento del que tan bien ha hecho uso siempre el notorio caudillo de los movimientos centristas: la omisión".
Hay otros cuentos decididamente menores, más o menos divertidos, como algunos de los cuentos sobre fútbol que incluye. Pero, entre sobresalientes y menores, hay muchos otros, de hecho hay una variedad tal que uno puede encontrarse, incluso, con uno o dos relatos que parecen comprimir en pocas páginas mucho de lo mejor de César Aira: la imaginación desatada, el humor insólito y la desafección por lo verosímil, como “Revelaciones de un antiguo pleito” o “Mi personaje inolvidable”. También hay parodias divertidísimas, como “Una vida salvaje”, que puede ser leído como una tangencial burla a Truman Capote, y un par de estampas narrativas donde lo bienpensante es sometido al escrutinio de la mordacidad.
Mención aparte merecen los tres “Testimonios” incluidos, textos en los que Fontanarrosa, como narrador, juega a oficiarlas de editor, ofreciendo el monólogo de un adicto a los inhaladores, luego el hilarante relato de una mujer que fue amante del “Abominable Hombre de las Nieves” y por último la entrevista que le hace un comisionado norteamericano especialista en investigaciones ufológicas a una niña de nueve años que habría tenido un encuentro cercano del tercer tipo. En este último relato hay momentos desopilantes, maravillosas muestras del humor de Fontanarrosa (un observador sagaz de la grandeza y la pequeñez humanas), como cuando la niña declara que el extraterrestre, un ser lumínico que aparece en el pasillo de su casa una noche, le habló únicamente para decirle: “Soy San Francisco de Asís. Tendrás un cuis y le pondrás Garufa”.


PD: Meses después de haber escrito esta reseña di con este pensamiento de Mario Levrero, recogido en sus Conversaciones con Pablo Silva (Lolita Editores, 2012): "Hay un tipo que mete un chiste atrás de otro, pero lo hace de tal forma que mantiene la calidad literaria todo el tiempo: Fontanarrosa. Nadie lo considera como escritor, y sin embargo es uno de los mejores de la Argentina".


EL MUNDO HA VIVIDO EQUIVOCADO
Y OTROS CUENTOS
Roberto Fontanarrosa
Planeta, 2012, 260 páginas


viernes, 8 de marzo de 2013


El carteo entre Auster y Coetzee
PENSAMIENTOS COMO HACHAZOS

Este libro, Aquí y ahora, es levemente espectacular. Espectacular en la medida en que lo que ofrece es ante todo, o a primera vista al menos, un fascinante espectáculo, el del enfrentamiento, llevado a cabo mediante un vivaz intercambio epistolar en el transcurso de tres años, de dos inteligencias amigas y afines, ambas de alto vuelo y de firme paso, pero también muy distintas. Por una parte, la inteligencia de J. M. Coetzee, un autor que en la mayoría de sus libros (Desgracia, La edad de hierro, Esperando a los bárbaros, Mecanismos internos, Costas extrañas, Infancia, Juventud, Verano) es soberbio, demoledor, inclemente a ratos –y es quizá la misma admirable impiedad y sofisticación con que los urde la que, en este epistolario, lo hace aparecer como dueño de una inteligencia fuera de lo común, sin duda, pero también fría como sangre de lagarto–. Coetzee se muestra glacial como lo ha de haber sido la Mistral (quien, como dijo Piglia una vez, “se hacía la maestra caritativa para esconder su aridez despótica a lo Beckett”). Y, por otra parte, la inteligencia de Paul Auster, quien aparece como un observador agudo y un prosista fino, muy atento a los infinitos alcances y dobleces de lo particular, provisto de una brillante combinación de sentido común y distancia de todo lugar común y, también, provisto de calidez, no solo por las diversas y simpáticas expresiones de afectuosidad que muestra a su colega, sino también por su manera de relacionarse con los hechos del mundo y con los sujetos que los protagonizan.
Las líneas de Coetzee se cargan, sin dejar de contar fascinantes historias (como la de cuando se enardeció hasta el delirio jugando ajedrez), a la reflexión filosófica y a la abstracción, en tanto que las de Auster se inclinan, sin dejar de lado en ningún momento el pensamiento, a la narración de hechos (“caigo en la cuenta de que muchas veces respondo a tus observaciones con historias personales”, le dice a Coetzee), con especial debilidad por las coincidencias y los repliegues del tiempo. En términos generales, pues, puede decirse que Coetzee es no sólo más contenido y filosófico sino también más serio (cuando empieza a citar a Derrida, Auster le replica con Groucho Marx), y que Auster es mucho más demostrativo, vital y jocoso (se despide mandando abrazos, buenos deseos, “un sonoro jo, jo, jo” y, en más de una ocasión, hace chistes o bromas que lisa y llanamente son desatendidos en la siguiente carta de Coetzee), todo lo cual está en la raíz de la espectacularidad que ofrece el carteo entre ambos escritores, quienes tienen diferencias y sobre todo matices en buena parte de los asuntos en que se sumergen, pero no los ocultan sino que los ventilan y pelotean para que, como dice Coetzee, “podamos sacarnos chispas el uno al otro”. Y chispas hay. También cruces que agregan volumen, o imprevisibilidad, al perfil humano y literario de cada uno. Por ejemplo, Auster es, en la vida real, un reconocido “tecnófobo”, ajeno o resistente a los avances de la era digital (celular y computador incluidos), pero su obra narrativa abunda en celulares, emails y otras formas de conectividad moderna, mientras que Coetzee, en cambio, no es nada tecnófobo, pero rehuye incluir en su narrativa tecnologías de comunicación posteriores al teléfono (que es un invento decimonónico).
Con todo, ambos tienen, aparte de una amistad que va creciendo con el pasar del tiempo (lo cual puede comprobarse en el cambio de tono que las despedidas de Coetzee adquieren en las cartas del último año), puntos de encuentro relevantes, uno de los cuales es la pasión por Beckett, otro la animadversión hacia los críticos literarios, otro un diagnóstico algo alharaco respecto al sombrío estado del arte y la literatura actual, otro la equidistancia que toman respecto a las posturas de Israel y Palestina en el largo conflicto que sostienen.
El libro, que comienza con una carta de Coetzee de julio de 2008 y termina con otra, también suya, de agosto de 2011, carece de prefacio, notas o epílogo, e incluso de índice, y sólo por la información de la contratapa sabemos de qué manera surgió: luego de conocerse en persona el 2008 en un festival literario en Australia, Auster y Coetzee, por sugerencia de este último, decidieron iniciar un intercambio de cartas (enviadas de un continente a otro por correo y ocasionalmente complementadas por fax) en el que darían rienda suelta a sus pensamientos para abordar los asuntos que fuesen apareciendo en el camino, dándole así preponderancia a la espontaneidad en la elección de los temas, espontaneidad que luego no habrá de tener espacio alguno en el análisis y la concatenación de dichos temas, auscultados siempre con método, aun si con locura (como las demenciales nociones que respecto a su insomnio tiene Coetzee). El resultado de todo es un contundente lote de cartas, escritas con una frecuencia quincenal, en el que, con discusiones, obsesiones y omisiones y no sin equívocos y también momentos epifánicos, abordan, en el sentido marinero del término, asuntos hermanados por una sola cuestión: la pasión, positiva o negativa, que despiertan en ambos autores: la amistad misma y la literatura en primerísimo lugar, pero también el deporte (más que su práctica, su apreciación por TV y sus alcances mentales y sociales), la alimentación y los discursos y discursillos en torno a ella, la mierda que se pega en los zapatos, la importancia del fracaso y el curso de la economía global, cuestión esta última cuyo abordaje en el libro merece mención aparte, pues el carteo se produce en pleno desate de la crisis económica, crisis o derrumbe del que Coetzee sospecha hondamente, con una incredulidad análoga a aquella con que un niño no entiende cómo diablos es eso de que, en el cristianismo, Dios sea uno y tres a la vez. Uno y Trino.
La lectura de estas cartas ofrece algo así como la anatomía o el escudriñamiento mutuo de dos inteligencias, una seca y calibrada hasta en los detalles (Coetzee), otra cálida y desinhibida (Auster), pero sobre todo brinda, este libro, una lección de libertad: la de pensar cualquier asunto, incluso los ya archipensados, con atrevimiento y soltura (lo que por cierto no excluye el rigor ni la documentación), calzando muy bien ambos autores con aquel perfil del intelectual que Nietzsche, en boca de Zaratustra, reclamaba para el mundo: “Yo no estoy adiestrado al conocer como los doctos, que lo consideran un cascar nueces… Yo soy demasiado ardiente y estoy demasiado quemado por pensamiento propios”. Eso abunda en este libro: pensamientos propios y quemantes que obligan a pausar la lectura para digerir bien las ideas o, como dice en una carta Auster refiriéndose a la materia de que está compuesta la prosa de Heinrich Von Kleist, “pensamientos como hachazos”: duros, relucientes y abridores de nuevas formas para seguir dándole vueltas a las materias en las que, precisamente, Coetzee y Auster han clavado el hacha neuronal.



AQUÍ Y AHORA
Cartas 2008-2011
Paul Auster y J. M. Coetzee
Anagrama y Mondadori
2012, 265 páginas

domingo, 3 de febrero de 2013

AFINAMIENTO MAYOR DE LOS NERVIOS

 


En una galería santiaguina de libreros viejos, o compravendedores de libros de segunda mano según me corrigió hace años uno del rubro, di con Escritores contra escritores, un libro publicado en España por El Aleph Editores en 2006 y que, al parecer, por estos lados no pegó comercialmente como habrá estado previsto que pegara un libro así, que ahora estaba en un mesón a dos mil pesos y disponible en un par de ejemplares. (También por dos mil pesos compré, en otro mesón, una maravilla inestimable: Humor honesto y vago, breves ensayos del incomparable Josep Pla, en la edición original, de 1942, de tapa dura, de la editorial Destino, que lo presenta como “José Pla”, no Josep como era su nombre sino José, como lo quería la franca España. En uno de sus textos, Pla se despacha esta observación sobre aquello que en parte subyace a las trifulcas literarias: “El odio de los artistas, es como el de los literatos, filósofos e investigadores, un sentimiento al rojo. Todos los historiadores de la revolución francesa están de acuerdo en subrayar el hecho de que el Terror fue una creación típica del hombre de letras”.)
Sin duda, en materia de querellas y detracciones literarias, el de la arbitrariedad es un arte muchísimo más rendidor que el de la ponderación (que puede funcionar mejor en géneros como el ensayístico o el memorialístico). Así lo muestra Escritores contra escritores, que compila cuñas y pullas entre literatos de todos los lugares y tiempos y que evidencia que no se puede ser tan democratacristiano, tan comedido y ecuánime, a la hora de definir posiciones en materia literaria. “Rilke es el mejor poeta lesbiano desde Safo”, escribió por ejemplo W. H. Auden. Pero tampoco se puede ser solamente ofensivo o violento, como ciertos escritores que trabajan de herejes internacionales, pues cuando no hay ingenio o ironía ni matices sólo queda la agresión, sin gracia. Nabokov es probablemente el nombre que más se reitera en estas páginas, en las que despacha, fuera de a Cervantes, Dostoievski y Beckett, nada menos que a todas las mujeres escritoras con la misma facilidad (y soberbia) con que construye una imagen perfecta en cualquier párrafo de sus novelas. Hay otros que saben bien cómo ofender a la obra y al autor en una misma frase, es el caso de Truman Capote: “Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad (de James Jones). Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”.
Dijo Mark Twain sobre Jane Austen: “Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia”.
Dijo Samuel Butler sobre Carlyle: “Dios fue muy bueno al permitir que Carlyle y la señora Carlyle se casaran el uno con la otra, y así hacer que dos personas fueran infelices en lugar de cuatro”.
Dijo Edith Sitwell sobre D. H. Lawrence: “Parecía uno de esos gnomos de escayola que se encuentran en cualquier jardín residencial, subidos a un hongo de piedra”.
Dijo Emerson sobre Swinburne: “Un perfecto leproso y un simple sodomita”.
Se dan curiosidades, además. El tiempo, que todo lo cubre, lo revuelve y lo entierra o resucita, le cambia el sentido, o el uso posible, a ciertos epítetos, y es así por ejemplo que aquello que Marcelino Menéndez Pelayo dijera años ha sobre “Las soledades” de Góngora, denostándolas, hoy se podría predicar de ese mismo o de algún otro poema (de Beckett por ejemplo) pero en sentido contrario, elogioso: “Una apariencia o sombra de poema, enteramente privado de alma. Solo con extravagancias de dicción intentaba suplir la ausencia de todo”.
Llama mucho la atención la alta representación chilena en este libro-cumbre de púgiles letrados, y eso que se limita a los nombres clásicos o más famosos. Siendo su antologador un “reconocido entomólogo y clarinetista catalán que, además, ejerce de crítico literario y musicólogo”, no podría hablarse de chovinismo chilenoide en la selección. Ya en la primera página del libro, dos de cuatro querellantes son chilenos. En la segunda, lo mismo. Neruda, Bolaño, Huidobro, De Rokha, Armando Uribe, Marcela Serrano (que aparece dándoles lo suyo a Ángeles Mastreta y Laura Esquivel) y varios más. Como se sabe, la llamada guerrilla literaria o cultural chilena fue, y a veces aún es (como lo son la argentina o la mexicana), intensa y virulenta y en ocasiones hasta indeseable pero, de todos modos, ha dado material para varios buenos libros recopilatorios de esos fuegos cruzados.
Ahora, en intensidad, la que se impone es la guerra de los Amis: Kingsley, el padre, y Martin, el hijo, se llevan el Gordo y el Guiness en un torneo de maledicencias, las que emprenden incluso entre sí, una y otra vez y siempre en términos, se diría, escasamente filiales: “Martin se ha vuelto izquierdista, y del tipo neutralista más asqueroso que hay”; “Nabokov es un completo galimatías que ha jodido a muchos bobos de aquí, incluyendo a mi pequeño Martin”, dice Kingsley; “Escribía sobre beber para aprovechar alguna de las horas que le dedicaba”, dice Martin. 
¿Por qué tanta pelea, de adónde tanta sensibilidad, qué pasa? El campo literario es un campo de batalla, definir posiciones e imponer líneas estéticas en él implica desplazar adversarios y reducir o subsumir alternativas, dirán las voces del propio campo cultural. Desde afuera, en cambio, las cosas se ven más en bruto o en sencillo, lo que por supuesto no quiere decir que tales lecturas anden descaminadas. La última alocución de este tipo que oí y que me hizo pensar en la materia es casi inconfesable. Y es del todo primaria, básica, pero me resultó sorpresiva en boca de quien la pronuncia, pues está bien formulada y resume de manera muy gráfica la mirada externa, no literaria, sobre las peleas literarias. La oí hace unos días viendo en youtube el extraordinario documental “Pinochet y sus tres generales”, grabado por la televisión francesa con la venia de la dictadura, donde los cuatro miembros de la Junta son seguidos en algunas actividades públicas y privadas. Específicamente, en un momento se les hace a cada uno, por separado, una entrevista íntima, en sus casas y acompañados de sus esposas. Hablan ahí de sus inquietudes e inclinaciones culturales (es incómodo y penoso ver a Mendoza tratando de dar un ancho que no da, y al almirante Merino hablando cabezas de pescado mientras su esposa lo observaba temerosa o, más bien, en un gesto como de pescado).
El General de la Fach Gustavo Leigh, a quien se supone que habría que considerar el menos despiadado de los cuatro golpistas, es, notoriamente, el más cultivado (lo que quizá explique lo primero, aunque conviene no engañarse: la cultura no hace mejores a las personas, o no directamente, y no blanquea; y por supuesto por Leigh, que a ratos podrá parecer un hombre sensato, no hay para qué poner las manos al fuego). La cuestión es que en el documental a Leigh se le pregunta por los escritores. “La poesía de Pablo Neruda en su primera etapa me gusta mucho”, dice, y yo pienso si no estará tal vez pensando concretamente en Residencia en la Tierra, tal vez en el poema “La noche del soldado”, tal vez en estos versos de ese poema: “Guardo la ropa y los huesos levemente impregnados de esa materia seminocturna: es un polvo temporal que se me va uniendo, y el dios de la substitución vela a veces a mi lado, respirando tenazmente, levantando la espada”. No lo creo. En un momento, el periodista le pregunta sobre la relación que han de tener el Estado y los escritores, a lo que Leigh responde que estos tienen la labor de ayudar a una sociedad a desarrollarse, colaborando “siempre con las autoridades en cuanto al desarrollo cultural del país en que viven”, merengue al cual el periodista francés contrapregunta si es que no piensa que los escritores “tienen un papel de oposición sistemática, como de mala conciencia de la sociedad en la que viven”, suscitando la siguiente reflexión del General del Aire:
“Mire, los intelectuales en general, no solo los escritores, son un poco temperamentales. Todos ellos, sin excepción. Yo, por la afición que tengo a la música y a la ópera, los veo actuar, y son difíciles, porque pareciera que todo hombre de gran desarrollo intelectual pasa a ser un poquito neurótico… Especialmente a mayor inteligencia, mayor neurosis, y a mayor desarrollo intelectual, afinamiento mayor de los nervios: los tienen como a flor de piel. Entonces usted no le puede pedir mucho a un escritor de categoría, o a un poeta, o a un artista, que sea un hombre condescendiente y vulgar como todos nosotros”.