domingo, 3 de febrero de 2013

AFINAMIENTO MAYOR DE LOS NERVIOS

 


En una galería santiaguina de libreros viejos, o compravendedores de libros de segunda mano según me corrigió hace años uno del rubro, di con Escritores contra escritores, un libro publicado en España por El Aleph Editores en 2006 y que, al parecer, por estos lados no pegó comercialmente como habrá estado previsto que pegara un libro así, que ahora estaba en un mesón a dos mil pesos y disponible en un par de ejemplares. (También por dos mil pesos compré, en otro mesón, una maravilla inestimable: Humor honesto y vago, breves ensayos del incomparable Josep Pla, en la edición original, de 1942, de tapa dura, de la editorial Destino, que lo presenta como “José Pla”, no Josep como era su nombre sino José, como lo quería la franca España. En uno de sus textos, Pla se despacha esta observación sobre aquello que en parte subyace a las trifulcas literarias: “El odio de los artistas, es como el de los literatos, filósofos e investigadores, un sentimiento al rojo. Todos los historiadores de la revolución francesa están de acuerdo en subrayar el hecho de que el Terror fue una creación típica del hombre de letras”.)
Sin duda, en materia de querellas y detracciones literarias, el de la arbitrariedad es un arte muchísimo más rendidor que el de la ponderación (que puede funcionar mejor en géneros como el ensayístico o el memorialístico). Así lo muestra Escritores contra escritores, que compila cuñas y pullas entre literatos de todos los lugares y tiempos y que evidencia que no se puede ser tan democratacristiano, tan comedido y ecuánime, a la hora de definir posiciones en materia literaria. “Rilke es el mejor poeta lesbiano desde Safo”, escribió por ejemplo W. H. Auden. Pero tampoco se puede ser solamente ofensivo o violento, como ciertos escritores que trabajan de herejes internacionales, pues cuando no hay ingenio o ironía ni matices sólo queda la agresión, sin gracia. Nabokov es probablemente el nombre que más se reitera en estas páginas, en las que despacha, fuera de a Cervantes, Dostoievski y Beckett, nada menos que a todas las mujeres escritoras con la misma facilidad (y soberbia) con que construye una imagen perfecta en cualquier párrafo de sus novelas. Hay otros que saben bien cómo ofender a la obra y al autor en una misma frase, es el caso de Truman Capote: “Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad (de James Jones). Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”.
Dijo Mark Twain sobre Jane Austen: “Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia”.
Dijo Samuel Butler sobre Carlyle: “Dios fue muy bueno al permitir que Carlyle y la señora Carlyle se casaran el uno con la otra, y así hacer que dos personas fueran infelices en lugar de cuatro”.
Dijo Edith Sitwell sobre D. H. Lawrence: “Parecía uno de esos gnomos de escayola que se encuentran en cualquier jardín residencial, subidos a un hongo de piedra”.
Dijo Emerson sobre Swinburne: “Un perfecto leproso y un simple sodomita”.
Se dan curiosidades, además. El tiempo, que todo lo cubre, lo revuelve y lo entierra o resucita, le cambia el sentido, o el uso posible, a ciertos epítetos, y es así por ejemplo que aquello que Marcelino Menéndez Pelayo dijera años ha sobre “Las soledades” de Góngora, denostándolas, hoy se podría predicar de ese mismo o de algún otro poema (de Beckett por ejemplo) pero en sentido contrario, elogioso: “Una apariencia o sombra de poema, enteramente privado de alma. Solo con extravagancias de dicción intentaba suplir la ausencia de todo”.
Llama mucho la atención la alta representación chilena en este libro-cumbre de púgiles letrados, y eso que se limita a los nombres clásicos o más famosos. Siendo su antologador un “reconocido entomólogo y clarinetista catalán que, además, ejerce de crítico literario y musicólogo”, no podría hablarse de chovinismo chilenoide en la selección. Ya en la primera página del libro, dos de cuatro querellantes son chilenos. En la segunda, lo mismo. Neruda, Bolaño, Huidobro, De Rokha, Armando Uribe, Marcela Serrano (que aparece dándoles lo suyo a Ángeles Mastreta y Laura Esquivel) y varios más. Como se sabe, la llamada guerrilla literaria o cultural chilena fue, y a veces aún es (como lo son la argentina o la mexicana), intensa y virulenta y en ocasiones hasta indeseable pero, de todos modos, ha dado material para varios buenos libros recopilatorios de esos fuegos cruzados.
Ahora, en intensidad, la que se impone es la guerra de los Amis: Kingsley, el padre, y Martin, el hijo, se llevan el Gordo y el Guiness en un torneo de maledicencias, las que emprenden incluso entre sí, una y otra vez y siempre en términos, se diría, escasamente filiales: “Martin se ha vuelto izquierdista, y del tipo neutralista más asqueroso que hay”; “Nabokov es un completo galimatías que ha jodido a muchos bobos de aquí, incluyendo a mi pequeño Martin”, dice Kingsley; “Escribía sobre beber para aprovechar alguna de las horas que le dedicaba”, dice Martin. 
¿Por qué tanta pelea, de adónde tanta sensibilidad, qué pasa? El campo literario es un campo de batalla, definir posiciones e imponer líneas estéticas en él implica desplazar adversarios y reducir o subsumir alternativas, dirán las voces del propio campo cultural. Desde afuera, en cambio, las cosas se ven más en bruto o en sencillo, lo que por supuesto no quiere decir que tales lecturas anden descaminadas. La última alocución de este tipo que oí y que me hizo pensar en la materia es casi inconfesable. Y es del todo primaria, básica, pero me resultó sorpresiva en boca de quien la pronuncia, pues está bien formulada y resume de manera muy gráfica la mirada externa, no literaria, sobre las peleas literarias. La oí hace unos días viendo en youtube el extraordinario documental “Pinochet y sus tres generales”, grabado por la televisión francesa con la venia de la dictadura, donde los cuatro miembros de la Junta son seguidos en algunas actividades públicas y privadas. Específicamente, en un momento se les hace a cada uno, por separado, una entrevista íntima, en sus casas y acompañados de sus esposas. Hablan ahí de sus inquietudes e inclinaciones culturales (es incómodo y penoso ver a Mendoza tratando de dar un ancho que no da, y al almirante Merino hablando cabezas de pescado mientras su esposa lo observaba temerosa o, más bien, en un gesto como de pescado).
El General de la Fach Gustavo Leigh, a quien se supone que habría que considerar el menos despiadado de los cuatro golpistas, es, notoriamente, el más cultivado (lo que quizá explique lo primero, aunque conviene no engañarse: la cultura no hace mejores a las personas, o no directamente, y no blanquea; y por supuesto por Leigh, que a ratos podrá parecer un hombre sensato, no hay para qué poner las manos al fuego). La cuestión es que en el documental a Leigh se le pregunta por los escritores. “La poesía de Pablo Neruda en su primera etapa me gusta mucho”, dice, y yo pienso si no estará tal vez pensando concretamente en Residencia en la Tierra, tal vez en el poema “La noche del soldado”, tal vez en estos versos de ese poema: “Guardo la ropa y los huesos levemente impregnados de esa materia seminocturna: es un polvo temporal que se me va uniendo, y el dios de la substitución vela a veces a mi lado, respirando tenazmente, levantando la espada”. No lo creo. En un momento, el periodista le pregunta sobre la relación que han de tener el Estado y los escritores, a lo que Leigh responde que estos tienen la labor de ayudar a una sociedad a desarrollarse, colaborando “siempre con las autoridades en cuanto al desarrollo cultural del país en que viven”, merengue al cual el periodista francés contrapregunta si es que no piensa que los escritores “tienen un papel de oposición sistemática, como de mala conciencia de la sociedad en la que viven”, suscitando la siguiente reflexión del General del Aire:
“Mire, los intelectuales en general, no solo los escritores, son un poco temperamentales. Todos ellos, sin excepción. Yo, por la afición que tengo a la música y a la ópera, los veo actuar, y son difíciles, porque pareciera que todo hombre de gran desarrollo intelectual pasa a ser un poquito neurótico… Especialmente a mayor inteligencia, mayor neurosis, y a mayor desarrollo intelectual, afinamiento mayor de los nervios: los tienen como a flor de piel. Entonces usted no le puede pedir mucho a un escritor de categoría, o a un poeta, o a un artista, que sea un hombre condescendiente y vulgar como todos nosotros”.  

martes, 22 de enero de 2013


El otro sendero de Mariátegui
UN ENSAYISTA LUMINOSO

Leí con inesperado placer y curiosidad los recién reeditados Ensayos literarios de José Carlos Mariátegui, peruano de vida breve (1895-1930), pensador marxista de primera magnitud (fundador en su país del Partido Socialista, tras su muerte convertido en Partido Comunista, y autor de esa frase de la cual tomó su nombre la sanguinaria guerrilla maoista peruana: “El marxismo leninismo abrirá el sendero luminoso hacia la revolución”) y escritor de reflexiones literarias –su real sendero luminoso– que no han perdido vigencia intelectual o, al menos, belleza. Lector pionero, Mariátegui supo detectar, relevar y celebrar casi simultáneamente a su aparición obras tan complejas y exigentes como las de Joyce, Radiguet, Breton y las vanguardias, sin rendirle pleitesía acrítica sino, al contrario, cuestionándolas por varios flancos, a tal punto que, como bien dice en su nota el encargado de esta reedición, “puede leerse a Mariátegui, al mismo tiempo, como un observador crítico del campo cultural europeo y como un revolucionario del campo literario latinoamericano”. Asimismo supo, con una agudeza que ilumina aún hoy, dar cuenta de cuestiones estéticas acá por entonces no muy cotizadas, como el freudismo en la literatura o los alcances del arte de Chaplín (por el que siente un entusiasmo algo desbordado, pero la exageración es una licencia lícita en el ensayo).
Leyendo estos ensayos, a los que hasta hoy nulo acceso se tenía siendo su autor una figura clave de la intelectualidad del continente, recordé que cuando el año pasado Alan Pauls vino a presentar su espléndido libro de ensayos Temas lentos (Udp) dijo algo así como que él jamás habría armado ese libro por iniciativa propia, que le daba pudor hacerlo y le agradecía la idea y ejecución a los editores. Aunque la supongo movida por la modestia, la encontré una declaración equívoca porque, primero, Temas lentos es probablemente su mejor libro o uno de sus dos mejores sin duda y, segundo, porque hace rato (siglos, de hecho) que el ensayo, así como la crónica, la crítica e incluso la entrevista, no tienen por qué estar siendo tributarios ni pudorosos parásitos editoriales de otras producciones, preferentemente de las del ámbito de la ficción, para tener derecho a existencia, a circulación, a conformar libro. Esto, por cierto, es una perogrullada. Pero no tanto en Chile, pese al trabajo de sellos como Hueders, UDP, Metales Pesados, UAH, Catalonia o Cuarto Propio. Hasta hace algunos años, los escritores en Chile eran principal, si es que no exclusivamente, otros: los narradores, los novelistas muy en especial. Quienes ejercían la crónica, el periodismo no noticioso, la crítica e incluso el ensayo eran tirados para la cola por la “vieja estimativa literaria” (expresión de Mariátegui). Absurdo de proporciones por el cual en Chile todavía se oye hablar de Escritor y poeta, Escritor y cronista, Escritor y periodista, Escritor y ensayista, pero nunca de Escritor y novelista o Escritor y cuentista, porque eso implicaría redundancia. Volviendo a Mariátegui, que no escribió ficción pero es un escritor de tomo y lomo, sus ensayos están escritos con una prosa que deleita y poblados de palabras que, aunque algunas en triste desuso, no han perdido ni un pico de encanto y efectividad.
El libro consta de tres secciones. Una recoge sus ensayos sobre autores como los ya mencionados y también Drieu la Rochelle, Tolstoy (sic), Zola (al que desdeña) y Rilke (“Rilke es sólo lírico. No ha empañado los cristales de su arte el hálito de la revolución”). Ahí, sin renegar de su instrucción marxista pero tampoco tributándola cándidamente, Mariátegui se muestra como un formidable crítico de poesía, proponiendo categorías, relaciones y cruces que, incluso aunque ya no tengan mucha operatividad, siguen siendo placenteros de leer y propiciadores de nuevas ideas.
Una segunda sección compila sus pensamientos sobre las vanguardias y sus ismos; y una tercera, llamada “Critica cultural y entrevistas”, depara aún más sorpresas, como el texto “El artista y la época”, que es una excelente muestra, quizá la mejor, de su prosa certera y fina y, sobre todo, de su inteligencia inquieta y libre, reacia a comodines y comodidades. Ahí hace un examen, en apenas cinco páginas, de la relación del artista con su tiempo, repasando la permanente insatisfacción que muestra ante la sociedad y luego las razones del efectivo desdén de ésta, para entonces referirse a lo reaccionaria que, de todos modos, es la protesta de los artistas que, resentidos con el orden de las cosas, se ponen a añorar épocas pasadas, donde la aristocracia, a diferencia de la burguesía, habría sabido darle esplendor a la cultura, lugar común que Mariátegui también demuele. A continuación dice que el artista se queja del trato de la prensa, burlándose de la relación inocentona y romántica que aún mantienen los creadores con los medios, para a renglón seguido arremeter contra la prensa que, efectivamente, “tiene siempre muy en cuenta el gusto de su alta clientela”. Y no es que Mariátegui no tenga posturas (de hecho era marxista y el marxismo es, entre otras cosas, una narrativa del mundo y una articulación de posturas ante él): las tiene, pero está siempre dispuesto a revisarlas críticamente.
También se incluyen un par de entrevistas donde, con zarpazos de inteligencia, Mariátegui resuelve casi como en tuiteos cuestiones que, para una mente no tan preclara, demandarían, cuando menos, varias parrafadas. Y tiene un humor impropio, digamos, de un marxista rígido, pero es que él no lo era. Cuál es su concepto de la vida, le pregunta un día un periodista, y responde: “Esta es una pregunta metafísica, y la metafísica no está de moda”. Y cuando de la revista Perricholi quieren saber cuál es para él la figura literaria más grande que ha tenido el Perú, dice: “Nunca he sentido la urgencia de encontrar entre nosotros la figura máxima”.
Mariátegui perdió una pierna a los 29 años y la vida a los 35, pero no perdió nunca, aunque ello le costara pelear con sendas facciones de la izquierda, la lucidez, el sentido crítico, el humor y el amor al mundo por sobre cualquier idea acerca de éste que pudiera él mismo suscribir. Era superior su espíritu crítico a su espíritu marxista, por lo cual puedo suponer que habría hecho buenas migas con un hombre que iba a nacer, cuatro años después de su muerte, en otro lugar del mundo, en Bulgaria: Tzvetan Todorov, de quien acabo de pillar y leer un libro de ensayos formidables, La literatura en peligro, en cuya entrada cuenta, justamente, como fue que llegó al estructuralismo sorteando, como joven lector y crítico, los preceptos ideológicos con que el régimen comunista búlgaro obligaba a sus ciudadanos a asumir la literatura.



ENSAYOS LITERARIOS
José Carlos Mariátegui
Mardulce Editora, 2012, 172 páginas








domingo, 13 de enero de 2013


 LA REPETICIÓN DEL SUSHI
Villa Grimaldi en los '70, cuando fue centro de tortura. Foto: Kena Lorenzini













José Labbé, 31 años, vicepresidente de la Juventud UDI, ex concejal de Nuñoa, aspirante a diputado e hijo de Cristián Labbé, dijo en estas mismas páginas, en la edición de la semana pasada, algo respecto al pasado que suele ser esgrimido en su sector político: “Yo no quiero hablar para atrás. Me da lata y se me empieza a repetir el sushi… Hay que mirar pa’ adelante”. Pero resulta que mirar para atrás y mirar “pa’ adelante”, como uno supondría que sabe cualquier hijo de vecino o soldado, son acciones igual de cruciales a la hora de desplazarse hacia lo incierto (el futuro, el “pa’ delante”). Menciono esto porque tengo exactamente la misma edad que José Labbé, pero tiendo con cierta frecuencia a mirar para atrás e incluso a quedarme pegado. Y es así que después de la obsesiva lectura de varios libros recién publicados que giran en torno a la dictadura, muy especialmente el segundo tomo de Las letras del horror. La CNI, de Manuel Salazar, veo que una entre muchas imágenes posibles sobre Chile se impone: la de este país, en los años ochenta, como un gran tranque, por la cantidad de sapos que hubo. Sapos Culiaos, según decía un intrépido rayado que recuerdo haber leído, con asombro pre-político, de niño, en 1990 o 1991, en las murallas del Regimiento Coraceros en Viña del Mar, en la calle 15 Norte –regimiento que hoy no existe; en cambio hay unas horribles torres y muchas palmeras rodeando una laguna artificial.
Sapos de todo tipo: soplones de jornada completa, informantes a trato, infiltrados de la CNI en grupos de izquierda y universidades, autoridades regionales prestas a delatar, hocicones de ocasión. Un país-tranque donde la delación (vecina de la felación) no solo era moneda corriente sino que además, como no podía ser de otra forma en este país leguleyo hasta el ano, era estimulada mediante figuras legales que convertían en delito su omisión, como el decreto de ley 2.691 que en 1978 (poco después de que la CNI le arrebatara una casona de calle República al Centro de Estudios Humanísticos de la U. de Chile para instalar ahí su central de espionaje) fue promulgado a fin de agravar ciertas penas y crear, cuenta Salazar, “un nuevo tipo delictual: el de la omisión de denuncia, que buscaba institucionalizar la delación y el soplonaje, las ansias de venganza y el desquite”. Siempre pertinente, Roland Barthes escribió que el verdadero fascismo no consiste en obligar a callar sino en obligar a decir.  
Lo que hace Manuel Salazar –coautor, junto a Óscar Sepúlveda y Ascanio Cavallo, de otro libro clave en la materia y que fuera también reeditado hace poco, La historia oculta del régimen militar (Uqbar Editores)– en Las letras del horror es impagable no por la novedad de las informaciones ofrecidas (que a veces la hay); no por su prosa asombrosa ni por su ritmo trepidante (que con frecuencia lo tiene); tampoco por tener una estructura que deslumbre ni por ofrecer grandes conclusiones (no las ofrece afortunadamente). Las letras del horror es un proyecto-libro impagable porque viene a ordenar y comprimir la ingente información habida, ponderándola con rigor y narrándola con cronológica inteligencia, de manera tal que hoy leyendo poco puede conocerse mucho: “los intramuros de los aparatos represivos”, esto es, cómo operaron las dos policías secretas de Pinochet, la DINA y la CNI, que junto al DINE, el Comando Conjunto y la DICOMCAR llevaron a cabo las bestialidades que los informes Rettig y Valech dejaron documentadas con una validez no cuestionada hoy más allá de los penales Punta Peuco y Cordillera y de calle Suecia 286, Providencia.
Salazar se lo ha leído todo o casi todo en la materia, desde expedientes judiciales hasta cientos de investigaciones y libros como Crimen imperfecto, de Jorge Molina Sanhueza, del cual en parte se nutre para narrar la siniestra muerte del siniestro Eugenio Berríos, que apareció enterrado en 1992 cabeza abajo en una playa uruguaya, con las manos amarradas con alambre y la cabeza previamente baleada dos veces. Puede verse de todo en esta suerte de bestiario que son Las letras del horror: a agentes CNI cantando “Arriba en la cordillera” de Patricio Manns alcoholizados en peñas a las que iban precisamente a sapear; los detalles de ese desigual western lluvioso que fue la Operación Machete en la selva valdiviana; la nota estridente puesta por las protestas de 1983; a Francisco Javier Cuadra prestándole ropa a la CNI al referirse, como vocero de Gobierno, a los acribillamientos que siguieron al atentado a Pinochet con estas palabras: “Tengo la impresión de que en este caso está jugando el procedimiento típico de purga dentro de los grupos marxistas”; a los CNI haciendo un asado dos o tres días después de acometida la brutal Operación Albania; a Corbalán como un abstemio con ínfulas culturales y políticas y con una gran debilidad por la Fanta y la Orange Crush; y a varios agentes robando como gatos de campo, a ciega imagen y semejanza del Capitán General, atemorizados por el advenimiento de la democracia. De hecho, en el tomo I se indica que tempranamente la DINA usurpó, para mover platas sucias, la identidad de aquellos a quienes habían hecho desaparecer días antes). Eso y mucho más hay (quizá habría venido bien la inclusión de más fotos como las que ilustran las portadas, una de las cuales reproducimos aquí en grande).
Con todo, el de Salazar no es un libro que abunde en relatos de torturas, hechos de sangre, acribillamientos y desapariciones. Los tiene, cómo no (se informa incluso de la infamia extrema de un niño de tres años puesto encima de su padre mientras éste es sometido a choques eléctricos en la parrilla), como asimismo se da cuenta de las tantas otras formas “menores” de violencia de Estado, como las muy desgraciadas relegaciones (en 1978, por ejemplo, se confinó a diez dirigentes de Chuquicamata a Chonchi, en Chiloé) o los amedrentamientos (los de los gurkas, esos matones especializados de la CNI que iban a romper protestas y reuniones a punta de manoplas y pateaduras, palos y linchacos). Pero el centro de este libro no está en narrar casos, no es un memorial ni un informe, sino una síntesis o relación histórica que busca identificar estructuras: modos de operación, jerarquías, contactos internacionales, redes civiles, usos, prácticas y otras cuestiones concurrentes para “mantener vigilada a la población y evitar cualquier intento de disenso o rebelión”. La frialdad de los agentes, en todo caso, no le quita espacio a su idiotez, cuestión de la que este libro también da cuenta. 

***

Este 2013, un año de elecciones inciertas, estará doblemente agitado porque, además de los problemas vigentes, vendrán a revolotear los mal llamados problemas del pasado, pues se cumplen cuatro décadas del Golpe y este es un país muy dado a la efeméride; y para colmo han aparecido, aparte del segundo tomo de Salazar, varios libros que permiten, leídos con cierta continuidad, armar una historia clara, y bastante precisa, no ya de “lo que pasó” en Chile, que eso ya está suficientemente establecido desde hace rato, sino “cómo” pasó todo aquello que pasó durante esos 17 años de gobierno de Pinochet y la derecha (también se cumplen 35 años desde que la juventud derechista subiera a Chacarillas para homenajear a Pinochet y ser homenajeada por Pinochet en un acto colmado de relato y de emprendedores).
La mayoría de estos libros recién publicados son periodísticos: desde la reedición de La conjura (Ed. Catalonia), donde Mónica González establece cómo y entre quiénes se organizó el Golpe, hasta La trampa (Lom), ágil crónica donde Víctor Cofré cuenta una desconocida y desde todo punto de vista innecesaria infiltración de la CNI en el MIR, a finales de la dictadura, para formar la “R”, una célula mirista de liceanos cuyo cabeza era “Miguel”, un CNI infiltrado cuyos oficios de sapo le costaron la vida a dos de los ilusos jóvenes en un falso enfrentamiento, pasando por La danza de los cuervos de Javier Rebolledo (que contó lo que había dos o tres metros más abajo si se seguía escarbando en el pozo del sadismo chileno, esto con un tono personal que, guste o no, refrescó las formas del periodismo sobre la dictadura) y Asociación ilícita de Mauricio Weibel, que documentó los movimientos de la DINA. (Estos dos últimos autores han denunciado recientes hostigamientos y amenazas, que según Weibel podrían ser A) coincidencias leídas paranoicamente, B) ex agentes desorbitados tratando de operar sin inteligencia y sin fuerza, o C) inteligencia actual del Ejército queriendo llevar a cabo no se sabe qué desinteligente plan.)
Pero no solo libros periodísticos sobre la materia se han estado dejando caer en librerías de un tiempo a esta parte. También el 2012 fue un año abundante en libros testimoniales. Si a mediados de los 90 hubo una cierta explosión de éstos, hoy hay una réplica: se han reeditado hace poco testimonios clave, como Una mujer en Villa Grimaldi de Nubia Becker, Tejas Verdes de Hernán Valdés y La parrilla de Adolfo Pardo. Estos y otros testimonios, dicho sea de paso, permiten discutir la tesis de que, para dar cuenta de determinada experiencia o realidad (la dictadura chilena, en este caso), el testimonio es inferior a la ficción pues tiene menos herramientas y posibilidades, menos alcances, tesis que encuentra un defensor en Grínor Rojo, quien sostiene lo siguiente en su prólogo (de 1985 y revisado en 2010) a los brillantes cuentos breves de José Leandro Urbina reunidos en Las malas juntas: “Las virtudes revelatorias de una buena ficción son a menudo más grandes que las del mejor de los testimonios”. Acierta Rojo cuando esgrime, para dar cuenta de la superioridad o de la mayor “virtud revelatoria” de un texto, “la maña que se da para detectar connotativamente los mecanismos de poder que se agazapan por detrás de la experiencia y que son los que hacen de ella lo que ella es”. Pero acierta menos cuando señala que eso es casi privativo de lo ficticio, argumentando que “el texto testimonial tiene limitaciones evidentes, le falta movilidad, su cercanía respecto de los hechos es excesiva, el rango de su penetración escaso, etc.”. La ficción ciertamente tiene ventajas –como las que Rojo muy bien indica– para abordar y dar cuenta de ciertas realidades. Pero también tiene sus complicaciones. Y, por su parte, al testimonio en muchos casos no le falta en lo absoluto movilidad o penetración, ni menos le juega en contra su “cercanía excesiva” con los hechos, cercanía que bien procesada puede ser –ha sido– fuente de grandes resultados, como es el caso de lo escrito por Primo Levy o Denisse Affonco o la anónima diarista de Una mujer en Berlín que Hans Magnus Enzensberger rescató hace unos años del olvido. No hay que desatender la voz de “los que susurran”. Los que susurran, por cierto, es el perfecto título de esa obra monumental en la que el historiador inglés Orlando Figes rescata y articula las voces, los testimonios, los susurros e incluso el silencio de quienes crecieron y vivieron sin heroísmos la macabra y asfixiante y larga represión estalinista durante toda su vida. Hace constar Figes que susurrantes en lengua rusa puede aludir “a alguien que susurra por miedo a ser oído” o “a la persona que informa a espaldas de la gente a las autoridades”. Mejor, pues, prestar selectiva atención a los testimonios. A los de ambos lados. Porque hay de todo, incluso unas Anécdotas de mi General: las que viví y… las que me contaron (Editorial Asesorías Comunicacionales), libro del exjefe operativo de la CNI Álvaro Corbalán cuya propuesta consiste en traer sucintamente a la memoria episodios sueltos, como ese en que Pinochet viene de vuelta de la cuesta El Melocotón, poco después del atentado de FPMR, y su edecán no puede evitar en el interior del auto “una deflagración digestiva bastante pestilente”, la que para salir del paso achaca a la descomposición de un perro en la carretera, por lo que al repetirse el olor minutos después Pinochet lo insta a mirar hacia atrás porque, le dice, “parece que el perro nos viene siguiendo”.
En cuanto a la ficción, en estas lides la narrativa chilena también ha rendido lo suyo, aunque esperar una Gran Novela de la Dictadura puede ser una gran huevada nomás. Germán Marín, Pedro Lemebel, José Leandro Urbina, y también Arturo Fontaine y Nona Fernández y Álvaro Bisama, entre otros, han indagado ese Chile. En una entrevista, a Bolaño se le preguntó si le parecía posible escribir la novela de los detenidos desaparecidos. “Es posible –dijo–. El problema es quién y cómo... Para escribir sobre esto sería necesario que el novelista se planteara, dentro de la misma novela, el actual vacío en el discurso de la izquierda o la necesidad de reformular ese discurso. Ahora bien, ¿cómo se va a reformular ese discurso de izquierda si la izquierda, por ejemplo, sigue apoyando a Castro, que es lo más parecido que hay a un tirano bananero? En realidad, en este aspecto estamos en pañales”. Hasta aquí Bolaño, que por supuesto también dio lo suyo.
De todos modos, mientras se espera al Tolstoi de Pinochet, se puede encontrar en los dos libros de Salazar muy bien cuajada una historia que se lee como un policial rápido, bestial y provisto, por ser los crímenes tan cercanos, por quedar este tranque o Rue Morgue tan a la vuelta, de momentos de verdadero miedo y asco y, lo más sorpresivo, de un par de pasajes donde la risa, incómoda aunque no tanto, se hace espacio, como la suscitada por el pasaje en el que Humberto Gordon, director de la CNI, le para los carros a un pedigüeño Álvaro Corbalán en estos términos: “¿Cómo te atrevís a hablar de plata, sinvergüenza de mierda? ¿No te acordai lo que te gastaste, con fondos del servicio, con la Maripepa Nieto en Viña del Mar?”. 
La poesía chilena, por supuesto, también se ha metido en estos asuntos y, pese a los cacareados peligros de lindar poesía con política contingente, lo ha hecho con espléndidos resultados: desde Parra y Lihn, pasando por Gonzalo Millán y Elvira Hernández o José Ángel Cuevas y Hernán Miranda, hasta Bruno Vidal (sería muy interesante hacer una comparación entre la portada del Libro de guardia de Vidal y la del tomo I de Las letras del horror, y que ilustra este artículo: entre esas dos tapas, o entre esos dos relatos, sucede la tragedia de Chile). Y también Raúl Zurita, cuyo reciente libro llamado Zurita agarra, alternando lo personal con lo nacional de manera alucinada y alucinante, ese Chile de la dictadura pero no se acota a él sino que lo proyecta en demenciales cuadros hacia el presente y hacia el pasado, hacia la naturaleza y hacia el vacío, o hacia el infierno, porque quizá, tras Purgatorio y Anteparaíso, Zurita, el libro, sea el Infierno.
Con tanto libro así circulando y con la efeméride de las cuatro décadas del golpe clavada “pa’ delante”, este año con seguridad a varios se les va a repetir el sushi.




















LAS LETRAS DEL HORROR       
I. La DINA / II. La CNI
Manuel Salazar
Lom, 2011 y 2012
347 y 339 páginas
 


miércoles, 5 de diciembre de 2012

CALIDAD DE IMPUTADOS

EL ORIGEN 
DEL NARRADOR

Actas completas 
de los juicios a 
Flaubert y Baudelaire
Mardulce Editora
 2012, 194 páginas


Documenta. Eso hace este libro, El origen del narrador. Documenta los procesos penales contra dos escritores que han sobrevivido ya un siglo y medio a sus acusadores. Documenta eso pero también permite una lectura más: las actas completas de los juicios en que se incriminó a Gustave Flaubert por Madame Bovary y a Charles Baudelaire por Las flores del mal se pueden leer no como una novela –decir eso sería caer en lugares comunes: de novela tiene poco– sino como unos documentos cuyos alcances teóricos, cuya relevancia histórica y crítica, cuya recreativa incrustación de citas y cuyo montaje editorial lo convierten en un ensayo literario de máximo interés actual, con la gracia extra, aunque impropia del ensayo para una visión conservadora, de no ser unívoco sino armado con varias voces.
La mera posibilidad que propicia de retomar la discusión en torno a la moral y la literatura –bien lo advierte en su prólogo Damián Tabarovsky al relevar el interés de “seguir planteando ese merodeo sobre la situación de la literatura en la sociedad y en el mercado, sobre la posición del autor frente al libro y del narrador en el texto”–, una discusión que hoy suele ser desdeñada por el viento de la época, por un cierto amodorramiento escéptico que la da por superada; esa mera posibilidad hace de este libro uno de mucha mayor incumbencia literaria que, por ejemplo, las lamentaciones pseudocríticas que ocasionalmente emite el otrora perspicaz Ignacio Valente, a quien pudo verse en El Mercurio del domingo antepasado quejándose por el bajo nivel mostrado por la actual poesía y por la actual crítica de poesía en Chile. Valente, en su plañir desactualizado, muy de tía epatada, se asemeja a Ernest Pinard, el fiscal imperial que con tanto brío lleva adelante la acusación contra Flaubert primero y, poco después, contra Baudelaire. Muy inteligentes ambos, de todos modos el fiscal francés y el sacerdote chileno al oficiar sus peroratas incurren en aquella práctica “crítica” que Lytton Strachey, en uno de sus formidables Perfiles críticos (recién publicados por Ediciones UDP), deplora, con injusto aunque apreciable énfasis, en el trabajo del doctor Samuel Johnson: “Él juzgaba a los autores como si fuesen criminales en el banquillo, responsables por cualquier infracción a las reglas y regulaciones establecidas por las leyes del arte, las mismas que él tenía el deber de administrar sin miedo ni favor. Johnson nunca inquirió qué era lo que los poetas estaban tratando de hacer”. Es una lástima que Valente prefiera repetir, con la producción actual de poesía y crítica en Chile, el gesto desdeñoso que en los 80 tuviera con Enrique Lihn y otros, en vez de hacer expiación y reiterar mejor la agudeza con que en su momento supo reconocer la belleza de “La cruz” de Nicanor Parra: “Por ahora la cruz es un avión / una mujer con las piernas abiertas”.
También colabora para una lectura placentera de El origen del narrador la alta calidad expositiva de buena parte de los textos que integran ambos procesos, tanto los alegatos del fiscal acusador Pinard como los de los defensores y jurados. La baja calaña gramatical y conceptual a la que puede estarse acostumbrado con las producciones textuales provenientes del mundo del derecho en este libro no hallan refrendación sino, al contrario, refutación: son prosas peculiares, punzantes, irónicas, nada burocráticas. Y también, naturalmente, se tiene la sensación de estar leyendo una obra literaria (y no meramente un conjunto de documentos de interés relativo) por la inclusión, en anexos, de un ensayo de Baudelaire sobre Madame Bovary escrito tras el juicio en que esta novela fue absuelta y poco antes de que sus propias Flores del mal fueran condenadas, y de cinco cartas que, a propósito de todo esto, Baudelaire y Flaubert cruzaron.
Podrá llamar hoy la atención que las defensas de ambos acusados –harto menos sintéticas y vivaces, todo hay que decirlo, que el alegato del conspicuo Pinard– se hagan desde adentro del argumento moral de la Fiscalía, y más aún, desde adentro del cristianismo, dedicándose a desmentir las ofensas a la moral y a la religión en vez de procurar defender de pleno modo la autonomía de la literatura y su derecho para ejercer, incluso, la ofensa gratuita a las buenas costumbres y a la religión. Pero claro, estamos a mitad del siglo XIX, en la Francia imperial (mala época para un James Ellroy o un Rubem Fonseca), y no se puede caer en el anacronismo de juzgar lo entonces acontecido con los parámetros y usanzas de lo que acontece hoy.
La defensa de Madame Bovary, llevada a cabo por Monsieur Sénard, se centra en que se trata de un libro que, exponiendo en detalle las manifestaciones y formas de la vida licenciosa en provincia, finalmente provoca rechazo, y no amor, al vicio. Es divertido ver al abogado defensor diciéndole al fiscal cuestiones como esta que recuerda las arremetidas del narrador de Thomas Bernhard: “Usted se asustó al encontrar las palabras corsé, ropas que caen, ¡y se quedó en esas tres o cuatro palabras, corsé y ropas que caen! ¿Quiere que le demuestre cómo un corsé puede perfectamente aparecer en un libro clásico, y justamente muy clásico?”. Así a veces, pero otras justificando más que defendiendo, el abogado de Flaubert logra que el tribunal lo absuelva. Dice la sentencia: “Aunque la obra merece una severa reprensión, pues la misión de la literatura debe ser la de enriquecer y recrear el espíritu elevando la inteligencia y depurando las costumbres mucho más que la de inspirar horror al vicio presentando el cuadro de los extravíos que pueden existir en la sociedad”, se la absuelve porque “no está suficientemente probado que Laurent-Pichat (el editor), Gustave Flaubert (el autor) y Pillet (el impresor) se hayan hecho culpables de los delitos que se les imputan”.
Luego –en el libro, en 1857– viene el juicio a Baudelaire por Las flores del mal. Se trata de un caso que por su resultado adverso es más famoso aún que el de Flaubert, pero a cuyas actas completas, en castellano, no se tenía acceso, o no íntegramente. Leerlas es darle espacio a pensamientos de total vigencia. Pinard, el fiscal persecutor, se nota lesionado de entrada con el revés que tuvo, pocos meses antes, en el juicio contra Flaubert. Así comienza, de hecho, en clave retórica, su exposición: “No es el resultado de la acusación lo que me preocupa, sino únicamente la cuestión de saber si tiene o no fundamento”. Y poco después pregunta: “¿De buena fe creen ustedes que está permitido decirlo todo, pintarlo todo, ponerlo todo al desnudo, con tal de que en seguida se hable de la repugnancia producida por el exceso y se describan las enfermedades que lo castigan?”. Pinard fustiga que Baudelaire en ciertos poemas muestre al cuerpo humano “envilecido o palpitante bajo el abrazo del libertinaje”, y cierra su acusación señalando que los poemas de Baudelaire, al haber alcanzado la forma de un libro, con la perdurabilidad que éste ostenta en contraste con la fugacidad de la prensa, pasan a ser “un peligro siempre permanente”. Ha pasado un siglo y medio y el adjetivo peligroso, el mote de “peligro siempre permanente”, ya lo quisiera hoy cualquier escritor oír proferido en relación a su trabajo: un libro peligroso, un libro que socava el piso del sujeto que lo lee en vez de afirmárselo.
La defensa de Baudelaire, llevada a cabo por otro abogado que el de Flaubert, pierde. Su planteamiento, desde el punto de vista intelectual, es algo pusilánime, aunque litiga astutamente al intentar imponerse mediante la alusión constante a la autoridad de otros casos literarios en los que infracciones semejantes se cometieron por montón: Molière, Balzac, D’Aurevilly, Lamartine, Musset, Gautier, Rabelais, La Fontaine, Voltaire, Rousseau y Montesquieu y más. En su momento de mayor sagacidad, la defensa señala que Baudelaire “nada ha dicho en favor de los vicios que ha moldeado tan enérgicamente en sus versos”. Pero ni esa preclara lucidez de considerar inimputable al autor por los dichos de quien habla en los poemas (“El poeta es un simple locutor / Él no responde por las malas noticias”, escribiría más de un siglo después Nicanor Parra), ni eso ni las alusiones a las “indecencias” escritas antes por magnas figuras de las letras francesas consiguieron que Baudelaire fuera absuelto: hubo de eliminar seis poemas del volumen y pagar 300 francos de multa (el editor y el impresor, por su lado, debieron pagar cien cada uno). 
Varios de las discusioness sobre la literatura que proliferaron en el siglo XX y que perduran hoy ya bien entrado el XXI, discusiones sobre el autor, sobre el lector, sobre las formalidades y alcances del texto, están en este libro no solo esbozados sino a veces muy encaminados, si bien con puntos de vista hoy abandonables y siempre bajo la forma de la litigación, de manera tal que termina proyectándose, en la mente del lector, una larga escena dramática donde el efecto literario es tal que, estándose como naturalmente se está del lado de Flaubert y Baudelaire (el lugar de la libertad, el lugar de la literatura, que bien puede ser un lugar de la moral), en un momento dado las posiciones de Pinard se vuelven hipnóticas, empáticas, al punto de producirse el espejismo de un horror vacui moral: todas las posiciones convencen, lo cual, ahora sí, suele ser un efecto de toda gran novela, efecto que aquí al final se difumina, felizmente. El ultraconservador Pinard termina su alocución contra Madame Bovary diciendo que el problema, o el delito, en rigor, no está en que se “pinte las pasiones: el odio, la venganza, el amor –el mundo solo tiene vida en ellas, y el arte ha de pintarlas–, sino porque las pinta sin freno y sin medida. Sin una regla, el arte dejaría de ser arte; sería como una mujer que se quitara toda la ropa”.




miércoles, 21 de noviembre de 2012



TURISTEL AL ÓLEO


Cuando hace dos o tres semanas Marcela Fuentealba me escribió para invitarme a presentar el nuevo libro de Hueders –todas las crónicas que sobre Santiago ha escrito Roberto Merino–, le respondí altiro que sí, que feliz pues para mí ese libro –estaba yo pensando en Santiago de memoria– tenía una fuerte carga biográfica porque cuando llegué a Santiago, en 1998, lo ocupé como guía para un quinceañero viñamarino –yo– que no cachaba nada más que el Panorámico y el Almac que había por ahí en Lyon (Almac del que Merino, por cierto, también habla en uno de estos textos). Conocí e historié las calles de esta ciudad leyendo ese libro. O sea que una buena parte de las crónicas que ahora conforman esta edición de Todo Santiago para mí tuvieron, muchísimo antes que un interés literario, un valor de uso y uno sentimental, una doble utilidad concretísima. Yo en ese entonces no tenía con la literatura relación alguna fuera de la estrictamente colegial, en la línea de Pachapulay. Pero mi abuelo, con quien me vine a vivir a los 15 o 16 años, sí, y tenía en su escritorio esa edición de Planeta cuyo lomo de letras vistosas llamó una tarde vagoneta mi atención: Santiago de memoria. Yo no conocía esta ciudad ni de memoria ni por datos ni de ninguna manera salvo por unas pequeñas excursiones o más bien penosas salidas a tientas (calles Lota, Suecia, Coyancura y Traiguén). Entonces, en esa inocencia, y sin tener la más remota idea de quién era ese hombre de barba espesa (“insolente sombra capilar” la llama él mismo el 2003) que salía fotografiado en la contratapa, supuse que se trataba de un libro tras cuya lectura/caminata uno quedaría conociendo Santiago de memoria. Y si bien, por cierto, ese no era ni es el propósito del libro, y tampoco necesariamente un efecto asociado, yo así lo leí y solo muchos años después vine a pensar que estaba equivocado, o no equivocado sino extraviado respecto a lo central, desorbitado. Pero por ese entonces fue para mí un turistel al óleo. Ese libro tenía un cierto orden, una disposición muy amable: iba grosso modo de poniente a oriente en la ciudad, y yo me dediqué más de una vez a leer dos o tres o cuatro crónicas consecutivas para luego partir caminando a conocer esas calles, esos circuitos, preguntando y siguiendo las difusas señales de ruta que el libro daba y apoyándome siempre en los excelentes mapas del Metro, que no siempre me bastaban como referencia, por ejemplo cuando, tratando de dar con la calle Lira, salí por Portugal a la Alameda y bajando, por no subir, no vi a la calle Lira hundiéndose, por lo que rápidamente fui a dar a la entrada del hotel San Francisco, donde de repente, al darme vuelta para no olvidar las señales para el retorno, vi de sopetón una construcción que, lo recuerdo perfectamente, me hizo decirme a mí mismo, y en voz no muy baja según caché por ciertas caras, “¡ahí está la huevá!”, refiriéndome al frontis de la iglesia San Francisco que Natalia Babarovic había ilustrado y que era la imagen que abría el libro, la única no vinculada a ninguna crónica específica y, por tanto, desconocida e innominada hasta ese momento para mí, iglesia cuya imagen se me había grabado en la cabeza por el extraño doblamiento de rodillas de la muchacha que junto a su novio la miraba (en la pintura).
Pasaron los años, me logré afianzar en esta capital, estudié literatura y di, calculo que hacia el año 2005, con el poema Transmigración, publicado por Merino en 1987 y que empieza así: “Mira: descubrí las luces del amor (que ya nadie puede esperar encender): eran unos tubos fluorescentes dispuestos en los umbrales más cercanos (y por demás infranqueables) del laberinto”. Quise leer más de Merino y entonces recordé mi lectura adolescente de Santiago de memoria, pero no estaba ya en ninguna parte ese libro, y yo ya no vivía con mi abuelo, a quien hube de hacerle una visita deshonesta para ya entonces, con el libro en la mano, detenerme, para decirlo en jerga urbanística, no tanto en lo señalado como en la señalética, esto es, no tanto en lo referido, las calles, noblezas e infamias de Santiago, cuanto en el lenguaje, en esa prosa radiante que hoy nos tiene aquí convocados celebrando esta reedición y que yo, si ha de tirarse una línea posible, pondría más cerca del tono o del temple de ánimo, por usar un expresión vieja, de algunos poemas de Eduardo Anguita, muy especialmente de “El verdadero momento”.
Pienso que esta edición que hoy presenta Hueders y que estuvo a cargo de Andrés Braithwaite soluciona muy bien las complicaciones propias de una compilación cuantiosa de crónicas y, para la tristeza del adolescente que fui, cancela por lo mismo las ediciones de Santiago de memoria y de Horas perdidas en las calles de Santiago, si bien esto no quiere decir que haya que desechar esas ediciones. Es solamente que, al estar reordenados y fundidos y ampliados de nueva y feliz manera esos libros aquí, y al habérseles extraído las ilustraciones de Natalia Babarovic y las fotos de Álvaro Hoppe, dejan de propiciar equívocos como el que referí al principio. Ya este libro es uno plenamente literario, en el muy simple sentido de que ya nadie, ni un provinciano quinceañero despistado, podría pensar que el protagonista real es Santiago. Que en un primer nivel lo es. Y en un segundo tal vez también. Como asimismo lo es el lenguaje: “Gran Estilo / Gran Velocidad / Gran Altura”, para citar, desprovisto de toda ironía, un conocido verso de Antonio Cisneros y oponerlo a lo que el propio Merino dijo hace poco: “No me interesa nada el estilo”. Como sea, pienso que el protagonista central aquí sigue siendo la memoria, y por lo tanto el tiempo, o su registro: el paso del tiempo, los repliegues del tiempo, los efectos terapéuticos del tiempo, los efectos destructivos del tiempo, el goce del tiempo, el despilfarro del tiempo, la pérdida del tiempo, el dolor del tiempo, la recuperación del tiempo, “la burla del tiempo”, que es como tradujo Nicanor Parra un verso del monólogo central de Hamlet, y hasta el aburrimiento del tiempo. Esto lo he visto parecidamente en la obra de Alan Pauls, con la que la de Merino tiene ciertas brumosas cercanías. A propósito, Pauls vino hace unos meses a presentar el espléndido libro de ensayos que la Udp le publicó: Temas lentos. No fui a la presentación pero leí un reporte que decía que Pauls había dicho algo así como que él jamás habría armado ese libro solo, que le daba pudor hacerlo. La encontré una declaración equívoca porque hace rato (mucho; siglos, de hecho) que el ensayo, la crónica, la columna incluso, no tienen por qué estar siendo tributarios editoriales de otras producciones, preferentemente de las del ámbito de la ficción, para tener derecho a existencia, a circulación, derecho a conformar libro. Hasta hace algunos años, recordemos –los años 90, los años en que se publicó Santiago de memoria–, los escritores en Chile eran principalmente otros: los narradores, los novelistas muy especialmente. Quienes ejercían la crónica, el periodismo no noticioso, la crítica, el ensayo incluso, eran sujetos o innominados o tirados para la cola en la corriente literaria. Absurdo de proporciones por el cual en Chile todavía se habla de Escritor y poeta, Escritor y cronista, Escritor y periodista, Escritor y ensayista, pero nunca de Escritor y Novelista, porque eso implicaría pleonasmo.
Todo Santiago trae un prólogo de Héctor Soto que describe muy bien los aspectos centrales de las crónicas de Merino y da en el clavo al decir que “su prosa está hecha de observaciones”, que “nada tratan de probar”, que “no exhudan ni una pizca de nostalgia” y que lo suyo “no es el anatema”. También deja caer Héctor Soto una cosa que me gustaría, digamos, complementar. Dice: “El día en que se funde en Chile de una vez por todas el Partido del Resentimiento, que es el único para el cual el país de ahora ofrece una amplia masa crítica, una cosa será segura: Roberto Merino no va a figurar ni en su militancia ni en su directiva, simplemente porque no es resentido”. Yo estoy plenamente de acuerdo, aquí no hay resentimiento ni odiosidad, pero diría también que la re-lectura de estas crónicas me deja en pie firme para decir que Roberto Merino tampoco militaría ni dirigiría el otro partido político cuya fundación vendría haciendo falta en Chile y para el cual también habría de sobra masa crítica: el Partido de la Complacencia. La verdad es que Merino no militaría en ningún partido. No está en la primera línea de la política, ni en la segunda, no está, por decirlo así, en la vereda de la política contingente, le da lata, no es un indignado, pero la irritación y la disconformidad aparecen dando sus buenos toques en varias esquinas de todo Santiago. En su libro En busca del loro atrofiado Merino da, al pasar, una definición posible del cronista como aquel que “se dedica a observar los fenómenos de la experiencia en sus manifestaciones reales, es decir, desprovistos de interpretación política”. Sé esto. Merino no es hermeneuta ni analista ni proselitista ni panegirista ni mucho menos opinólogo, pero esta distancia narrativa, sumada al hecho de que, no sé si a su contra o no, se ha ido perfilando como un sujeto con cierta predisposición lateada, puede propiciar la idea de que sería un hombre poco menos que ajeno a todo conflicto no individual, lo cual no me parecería cierto ni justo; Merino practica a veces una manera de egotismo, sí claro (en sus crónicas Merino se ha narrado a sí mismo incluso en la ducha o en la cama dando vueltas desvelado), y otras veces una forma de discurrimiento en paisajes más mentales que urbanos, por supuesto, pero también se lo ve irritado en varias cuadras de Todo Santiago con cuestiones que no le atañían directamente a él mismo.
En la lectura de Merino puede haber un efecto de extrañamiento que viene dado tanto por ciertas atmósferas mentales como por el uso de vocablos desusados o resignificados. Si yo estuviera en la universidad y lo fuese a estudiar tal vez centraría una tesis en el uso que hace del verbo “verificar”, al que toma no en su sentido de comprobar (como es usual en Chile), sino como sinónimo de acontecer, de ocurrir. Pienso que las crónicas de Merino están ahí verificando en la prosa lo que alguna vez se verificó en las calles de Santiago. Reportes ni melancólicos ni irónicos sino algo más difuso: algo así como reportes luminosos, pero de luz tenue, poseedores de cierta aura (mérito más de la prosa que de lo contado) y también de un efecto de linterna, de luz ya no tan tenue, iluminador de lo externo, de lecturas y de calles chilenas, como Jotebache –que es ambas cosas–, de barrios y tiendas, de olores y colores y pedazos de ciudad (como el recuadro de suelo santiaguino de la foto de portada).
Ni sucumbiendo al charco de la melancolía, pues, ni cediendo a la añoranza de otro orden de cosas, Merino hace, casi como quien no quiere la cosa, por acumulación, una singular anatomía de Santiago y los santiaguinos, de sí mismo y de la memoria que los une y los separa y los reúne, en cualquier momento, en Cumming o en Lyon o en la Estación Mapocho.      



Presentación en Feria del Libro de Todo Santiago. Crónicas de la ciudad. Editorial Hueders, 07 noviembre 2012

miércoles, 14 de noviembre de 2012


UNA NOVELA ESCRITA POR SUS PROPIOS PROTAGONISTAS

“Nuevo Buda de la prosa norteamericana” llamó Allen Ginsberg, en la dedicatoria de Aullido, a Jack Kerouac. Viniendo de un escritor budista, la declaración ha de tomarse como una expresión de enorme admiración literaria, sin duda, pero también de honda amistad. Y esa amistad y esa admiración no hacen otra cosa que desplegarse en las recién publicadas Cartas (Anagrama
2012, 589 páginas): desplegarse, sí, lo que incluye replegarse –porque en ocasiones se pelean o burlan–, profundizarse –porque se van conociendo, leyendo y queriendo a medida que pasan los días, los meses y los años– y expandirse –porque aparecen, ya como destinatarios anexos, ya como temas de conversación, otros amigos, como William Burroughs, William Carlos Williams, Neal Cassady, Gregory Corso, Peter Orlovsky y Gary Snyder–.
Casi veinte años (de 1944 a 1963) de correspondencia recoge este libro cuyo efecto de lectura fue definido pertinentemente por un crítico norteamericano como el de una novela dostoievskiana. Se asiste en estas casi seiscientas páginas al nacimiento y desarrollo de una verdadera amistad. Relatos de viajes, de introspecciones, de apuestas, intermediaciones y fracasos editoriales, discusiones en torno a lecturas, datos de drogas, intercambios de borradores, referencias a amigos y a enemigos, descubrimiento del budismo, palos de ida y palos de vuelta, favores concedidos y también favores negados, descripción de cuadros homosexuales, de tomateras, de delirios de escritura, de estrecheces pecuniarias, pelambres y recados íntimos. La vida misma, y su escritura, es la materia de este libro.
Making off de la médula de la literatura beat, Cartas puede leerse como un todo (como una novela dostoievskiana) o bien, naturalmente, por partes, a saltos, entrando y saliendo sin tapujos como Kerouac y Ginsberg pasaban sin tapujos de la vida a la literatura o, lo que para el caso es lo mismo, de la literatura a la vida. Veinte años de correspondencia no exigen, si bien lo resisten perfectamente, ser leídos de un tirón. Como sea, el libro deja para el lector una serie de ideas, anécdotas, experimentos con el lenguaje, risotadas y declaraciones de enorme interés, como aquella que en una carta de noviembre de 1952 Kerouac le lanza a Ginsberg tras haberle éste dicho que en su novela En el camino “podría haber demasiada verbosidad intrascendente”, una frase que hace pensar en las búsquedas que en los últimos veinte años ha emprendido Nicanor Parra en sus Discursos de sobremesa: “La literatura –le responde Kerouac a Ginsberg–, tal como tú la entiendes cuando empleas términos como ‘verbal’, ‘imágenes’, etc., y cosas parecidas, en fin, todo el ‘aparato’ de la crítica, etc., ya no tiene nada que ver conmigo, porque lo que me hace decir ‘asqueroso pendoncete entre los juncos’ es preliterario, yo ya pensaba así antes de aprender las palabras que utilizan los hombres de letras para describir lo que hacen”.
Cartas se suma a otros libros publicados en los últimos años, como Las cartas de la ayahuasca (entre Ginsberg y Burroughs), En la carretera. El rollo mecanografiado original (la versión felizmente no editada de En el camino), Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (divertida novela coescrita por Burroughs y Kerouac); esta sumatoria de libros recientes puede ser leída como una gran novela sobre la vida y los libros beat escrita por sus propios protagonistas.

junio 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012


LOS QUE SUSURRAN




La realidad es el único libro que nos hace sufrir.
Enrique Lihn

Es 2012 y acaba de ser reeditado La parrilla, un texto publicado clandestinamente en 1981 y cuyo autor es Adolfo Pardo. A propósito de este y de otros libros que pertenecen, por su carácter testimonial, a los llamados géneros referenciales, puede discutirse la tesis de que, para dar cuenta de determinada experiencia o realidad (la dictadura chilena, por ejemplo), el testimonio es inferior a la ficción pues tiene menos herramientas y posibilidades, menos alcances, tesis que encuentra un defensor en Grínor Rojo, quien sostiene lo siguiente en su prólogo (de 1985 y revisado en 2010) a los brillantes cuentos breves de José Leandro Urbina reunidos en Las malas juntas: “Las virtudes revelatorias de una buena ficción son a menudo más grandes que las del mejor de los testimonios”.
Acierta Rojo cuando esgrime, para dar cuenta de la superioridad o de la mayor “virtud revelatoria” de un texto, “la maña que se da para detectar connotativamente los mecanismos de poder que se agazapan por detrás de la experiencia y que son los que hacen de ella lo que ella es”. Pero acierta menos cuando señala que eso es casi privativo de lo ficticio, argumentando que “el texto testimonial tiene limitaciones evidentes, le falta movilidad, su cercanía respecto de los hechos es excesiva, el rango de su penetración escaso, etc.”.
La ficción tiene conocidas y grandes ventajas –como las que Rojo bien indica en ese mismo prólogo– para abordar y dar cuenta de ciertas realidades. Pero también tiene sus propias limitaciones. Así, mientras Rojo, en el año 1985, se centraba en las excelencias de lo ficticio en demérito del testimonio, la bibliografía chilena insta más bien, en honor a lo habido (que en todo caso no es mucho), a relevar las ventajas o posibilidades del testimonio, al que en varios casos no le falta en lo absoluto movilidad o penetración, ni menos le juega en contra su cercanía excesiva con los hechos, cercanía que bien procesada literariamente puede ser y ha sido fuente de grandes resultados.
La bibliografía en torno al Chile de la dictadura es copiosísima. Abunda en libros periodísticos y sociológicos, algunos ineludibles, otros solo consultables. En cambio, la literatura parece ser escasa o deficiente. Pero lo es menos si uno se abre a considerar o simplemente a apreciar y pensar textos que, no siendo ficcionales sino testimoniales, tienen sobrados caracteres para ostentar la (inútil) etiqueta literaria. También es cierto que una buena parte –la mayoría, de hecho– de los testimonios existentes en Chile sobre la dictadura son libros cuyo valor se debe exclusivamente a su carácter documental, al hecho de ser fuentes para la historia, re-presentaciones de lo realmente sucedido, pero que carecen de valor textual (por ejemplo el póstumo Desde el túnel. Diario de un detenido desaparecido de Manuel Guerrero). Es probable que esta abundancia, la mayor legitimidad de la que gozaba en los años ochenta el testimonio por sobre la ficción y el entusiasmo que produce la lectura de los cuentos de Urbina, hayan llevado a Rojo a su planteamiento. Pero han pasado veinticinco años y no abundaron los narradores como Urbina. En cambio, hay varios testimonios que se siguen dejando leer y que están siendo reeditados por méritos que no refrendan la tesis de Rojo. Un ejemplo es Una mujer en Villa Grimaldi, que circuló clandestinamente en los ochenta como Recuerdos de una mirista y bajo pseudónimo, hasta una edición del año pasado publicada con el nombre real de su autora, Nubia Becker, con el nuevo título y un prólogo de Raúl Zurita (“Nadie que abra este libro podrá salir indemne”, dice), quien deja indicados aspectos de un buen testimonio que, haciendo abstracción del caso puntual que los suscita, pueden ponerse en la línea de la discrepancia con Rojo: “Escrito con una fuerza y sinceridad que hasta hoy la narrativa que toca el mismo periodo está muy lejos de alcanzar, este libro es el registro de un heroísmo del amor y de la pureza, de un amor no traicionado, pero que es capaz de mostrarnos su propio miedo, sus titubeos, sus estremecedores raptos de alegría… Por su carencia de la más leve pose o estridencia, por la jerarquía de su escritura, en suma, por su verdad, es también una representación de la lucha que libran infinidades de seres humanos”.
Hace ya mucho tiempo que géneros como el testimonio (y las cartas y las autobiografías y los diarios, los cuadernos incluso) vienen siendo reivindicados por una crítica y por lectores que han sabido encontrar ahí alcances, relaciones, pensamientos, refutaciones, imágenes y signos que revelan o sugieren lo mismo o más que una buena ficción tanto del mundo y de la humanidad como de ellos mismos. Entre los testimonios chilenos de valor sobresaliente, dos casos clave son el implacable Chile, un largo septiembre de Patricio Rivas y Tejas Verdes de Hernán Valdés, uno de los relatos primeros y más feroces y, a la vez, descreídos (o no militantes) y, por lo mismo, agudos y de efecto más demoledor que se han escrito sobre la banalidad y el ensañamiento con que la tortura y la prisión se dieron en Chile bajo Pinochet –por más que Valdés mismo haya dicho en un prólogo posterior que ese libro fue “escrito al calor de la memoria, sin mayor elaboración literaria y sin otra pretensión que la de conmover a la opinión pública”–. Valdés, pienso, nunca, salvo quizá en las cincuenta primeras páginas de su novela Antes del fin, dio con una escritura mejor, más penetrante y sólida que la de Tejas Verdes.
El nuevo título de Una mujer en Villa Grimaldi Nubia Becker lo puso a modo de homenaje a otro testimonio, aplastante, y también obra de una mujer (pioneras del género): Una mujer en Berlín, recuperado por Hans Magnus Enzensberger hace unos años y escrito en 1945 por una anónima diarista que dejó rendida a buena parte de la crítica internacional, que supo indicar su sentido de los momentos culminantes, su increíble intuición lingüística y, en fin, su gran peso literario. Y no es una excepción. Hay, en el siglo xx, una tradición literaria de testimonios de enorme valor: Primo Levi con Si esto es un hombre es una de sus cimas más vistosas. O Hélène Berr y Ana Frank con sus diarios. Y una mujer que despunta en el género es Denise Affonço, autora de El infierno de los jemeres rojos, un testimonio espeluznante y a la vez muy fino sobre la represión comunista en la Camboya tiranizada por Pol Pot, cuya lectura deja temblando y devastado hasta al más gélido lector.
Puede pensarse entonces que la inferioridad del testimonio es, más bien, una cuestión de número, un factual: no se debe tanto a las limitaciones del género en sí como al hecho fortuito, y bastante natural en todo caso, de que la mayoría de quienes han escrito testimonios no han sido escritores, en el simple sentido de no ser sujetos con especial dominio ni del arte de la palabra ni de la palabra a secas: de ahí las precariedades, a veces extremas, que caracterizan a buena parte de los testimonios circulantes. Pero si –como en el caso de Primo Levi, de Denise Affonço o de Valdés– quien testimonia posee una escritura propia, y lucidez, valentía y amplitud para ver las cosas libres de todo lugar común y de toda estrechez ideológica, y tiene inteligencia e inventiva para estructurar su relato, pues entonces el testimonio no tiene nada que envidiarle, a priori al menos, a la ficción: simplemente peligra en otros lindes y opera con mecanismos alternativos, mejores o peores que los ficcionales según su uso, no según sus posibilidades. Todo al final –como dice Borges recordado por el propio Rojo en el mencionado prólogo– no son más que “versiones” acerca de la realidad, la “famosa rea-li-dad”, decía Bolaño.
El origen de La parrilla convierte al libro en un caso particular: en 1980 el escritor y editor Adolfo Pardo fue a visitar a su cuñado, preso político, a la ex-Penitenciaría. A la salida conoció a una mujer de diecinueve años que había ido a ver a su hermano, también preso político. Ella le habló de su experiencia reciente al ser detenida por la cni y Pardo le preguntó si aceptaba que le grabara su testimonio: el relato del día previo a la noche de la captura, la captura misma y lo que vino después. Ella accedió y, según ha dicho Pardo con posterioridad, “al principio se daba vueltas sin resolverse a largar su historia, pero luego, como en una catarsis, enhebró un espontáneo y detallado monólogo”. Y ese enhebrado y detallado monólogo se publicó al año siguiente, en 1981 y firmado por Pardo, que operó como un autor-editor: inquirió, descaseteó y, con pulimientos, cortes y arreglos, transformó un relato oral en una novela testimonial que Diamela Eltit –en el prólogo a esta nueva edición– incluye de lleno en la tradición literaria chilena, proponiendo una lectura suya como continuación de Palomita blanca, la novela publicada diez años antes (en 1971) por Enrique Lafourcade, pues, escribe Eltit, tras “precipitarse el desastre del Golpe, la paloma fue capturada para ser arrastrada al centro mismo de una pesadilla”. En La parrilla, las pertenencias, las militancias, las filiaciones (tanto de perseguidos como de perseguidores) son presumibles o –jodida palabra– presuntas: nada ni nadie ni ningún lugar aparece con nombre propio, por razones evidentes, cuestión que propicia un conveniente efecto difuminador en la lectura. Lo valioso del relato, lo que le da un interés que supera el de su valor documental, es su carácter no denunciante sino descriptivo, y su trama menos ideológica o maniquea que humana (demasiado humana), en la que el pánico inicial de ella da paso al pudor cuando le piden que se salga de la cama, y el pudor da paso a la astucia, y la astucia a una cierta (o incierta, en rigor) cercanía con uno de los agentes, cercanía que desdibuja parcialmente los límites entre buenos y malos (tal como celebra Rojo que ocurra en las buenas ficciones), sorprendiendo el relato, más que por los momentos de humanidad de un verdugo, por dejar en brumas si es estrategia, extrema militancia o pura cobardía lo que mueve al hermano de la protagonista en la siguiente escena: “Me hicieron sacarme la ropa y que mi hermano me tocara. / –Si no hablai huevón tu hermana va a cagar. La vamos a culiar. / –Culéensela –dijo él”.
Desdibujos y cercanías que no se traducen, en todo caso, en que ella en esta historia no deba pasar una temporada infernal que incluye, como es sabido, desorientación, golpizas, abusos, denigración verbal (“y cómo cuando te meten el pico no tenís ningún problema”, le dice un agente cuando ella se resiste a separar las piernas para ser amarrada a los bordes del catre) y un par de pasadas por la parrilla, ese muy denigrante y violento método de tortura predilecto de la dictadura chilena. Dado el punto de vista desplazado del narrador; dado el efectivo uso del carácter especular del lenguaje (el lenguaje se pone sucio en los testimonios cuando los mismos hechos se ponen sucios); dada la capacidad del autor de ubicarse en el lugar (narrativo) de los demás; dado todo esto es que el rango de previsibilidad en libros como los mencionados disminuye en la misma medida en que en una ficción trillada y voluntariosa puede aumentar y, de hecho, aumenta.
Una justa lectura y apreciación del género testimonial (imperdibles las Cartas de petición compiladas por Leonidas Morales) pueden servir también como provisión para hacerle frente a una ridícula recurrencia en el campo literario chileno: el reclamo por la falta de una Gran Novela de la Dictadura (así, con pretensiones mayúsculas), porque Casa de campo de José Donoso no logró serlo por su excesivo alegorismo. Los intentos sucesivos fueron, si bien algunos excelentes (como El palacio de la risa de Germán Marín), insuficientes o muy acotados. Entonces, mientras no aparezca en torno a Allende una novela rotunda como rotundo es el Agosto de Rubem Fonseca sobre la caída de Getulio Vargas en Brasil, mientras no haya en Chile tal fortuna, esa supernovela puede armarla el propio lector: es posible ir leyendo –en diferido– una combinación de testimonios como si fueran capítulos de una obra en curso, una novela de citas, barthesiana. También a esa novela-de-lector se le podrían incrustar, ya al alero de una polifonía desatada, un puñado de testimonios y anecdotarios (que a veces son falseamientos, pero en fin) del otro lado. Porque prosa testimonial hay de ambas partes. La del otro lado con toda seguridad refrenda la tesis de Rojo, pues ahí sí que se trata en todos los casos conocidos de textos pusilánimes, pedestres y planos, aunque algunos muy brutales o con efectos humorísticos negros o reveladores –a su pesar–. En este punto se puede pensar, por ejemplo, en la posibilidad de intercalar, con sentido irónico o como pie reflexivo tal vez, pasajes provenientes de Anécdotas de mi General: las que viví y… las que me contaron, libro del exjefe operativo de la cni Álvaro Corbalán, cuyo trabajo de escritura consiste en traer sucintamente a la memoria episodios sueltos, como ese en que Pinochet viene de vuelta de la cuesta El Melocotón, poco después del atentado del frente patriótico manuel rodríguez, y su edecán no puede evitar en el interior del auto “una deflagración digestiva bastante pestilente”, la que para salir del paso achaca a la descomposición de un perro en la carretera, por lo que al repetirse el gaseo minutos después Pinochet lo insta a mirar hacia atrás porque, le dice, “parece que el perro nos viene siguiendo”.
Desvaríos aparte, podría decirse –por último y con toda seriedad– que esa anhelada gran novela chilena de la dictadura puede leerse en el Zurita de Raúl Zurita, esas casi ochocientas páginas de narrativa demencial donde están todos los elementos estructurales, lingüísticos, estilísticos y temáticos y, si se quiere, todas las desmesuras y extravíos propios de las grandes novelas contemporáneas de trasunto real, como 2666, con la que comparte, entre otras cuestiones clave, la crucial utilización que ambos hacen del texto necrológico, por ejemplo. En suma, si se ha de creer en la necesidad o, más aún, en la venida de algo así como un gran relato sobre la dictadura, puede: a) armárselo leyendo –falta, más que un Nuevo Narrador Chileno, un Kenzaburo Oé que haga con Chile, guardando las proporciones, lo que el japonés hizo en sus Cuadernos de Hiroshima con los testimonios hiroshimenses: proyectarlos en admirable secuencia y prosa a la vista de muchos–; b) leérselo en Zurita; o c) esperárselo, pero tanto de la ficción como del testimonio, que de cualquier lado puede dejarse caer.
De cualquier lado puede dejarse caer. Lo saben hace rato los mejores editores, cuyos oficios se inclinan crecientemente a esa cosa llamada no ficción. Una mujer en Berlín sobreviviendo a decenas o centenares de novelas sobre la segunda guerra mundial es una buena prueba. En ese relato –en ese sótano donde pasan encerrados–, todos susurran. No hay que desatender la voz de los que susurran. Los que susurran, por supuesto, es el perfecto título de esa obra monumental en la que el historiador inglés Orlando Figes rescata y articula las voces, los testimonios, los susurros e incluso el silencio de quienes crecieron y vivieron sin heroísmos la macabra y asfixiante represión estalinista durante toda su vida. Hace constar Figes que susurrantes en lengua rusa puede aludir “a alguien que susurra por miedo a ser oído” o “a la persona que informa a espaldas de la gente a las autoridades”. Volviendo al caso de la Camboya comunista de los jemeres rojos, ha escrito el español Antonio Muñoz Molina que para Denise Affonço, que “sobrevivió cuatro años reducida a una especie de animalidad hambrienta y aterrada”, la mayor sorpresa no fue sobrevivir: “Fue comprobar que casi nadie quería escucharla”.
Ya sea por lo que dejaron escrito o por lo que les logró sacar un historiador, cronista o editor, los que susurran, en los dos sentidos antes señalados, y no solo los que cuentan cuentos, tienen mucho que revelar sobre los tiempos de oscuridad, sobre el mundo vivido en sótanos. Mientras se espera a su Homero, es mejor escucharlos.